Domingo 26 del T.O.
¡OJALÁ TODO EL PUEBLO PROFETIZARA!
Sería lamentable la carencia de dones espirituales en sectores amplios de la Iglesia. Aún es más triste que, cuando surgen estos carismas en otros, se levanten rápidamente los envidiosos apagavelas y bomberos con poca luz de Dios para ahogar las gracias que Dios está dando para renovar a su Iglesia.
Las faltas de discernimiento de los dones de Dios, vienen de muy antiguo. «Bajó el Señor en la nube, habló con Moisés y, apartando algo del espíritu que él poseía, se lo pasó a los setenta ancianos; al posarse sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar» (Nm 11,25). Pero sucedió que, dentro del campamento, Eldad y Medad también recibieron el espíritu de Dios, «que se posó sobre ellos y se pusieron a profetizar» (Nm 11,26c). Josué quiso hacer de bombero apresurado: «Señor mío, Moisés, prohíbeselo» (Nm 11,28). Moisés, con más luz de lo alto, le respondió: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el Espíritu del Señor!» (Nm 11,29). Un pueblo de Dios sin abundancia del Espíritu, es un pueblo religiosamente empobrecido; una Iglesia sin abundantes dones del Espíritu Santo, es una Iglesia lánguida, falta de visión y de vitalidad divina.
Al apóstol Juan le pasó ante Cristo casi lo mismo que a Josué: «Hemos visto uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir» (Mc 9,38). Algunos prefieren en la Iglesia que se ignoren los espíritus del mal, que se mire para otro lado y que se les deje trabajar a gusto para ruina de las almas. León XIII, después de largos años de Pontificado y de experiencia del mal, prefirió que la Iglesia pidiera al final de cada Eucaristía: «San Miguel Arcángel… lanza al infierno a Satanás y a todos los espíritus malignos, que andan por el mundo para la perdición de las almas». La respuesta de Cristo fue clara: «No le impidáis echar demonios, porque uno que hace milagros en mi nombre, no puede luego hablar mal de Mí» (Mc 9,39).
Sin espíritu profético no habrá fuerza para corregir con poder al pecado: al que escandaliza a uno de estos pequeños, «que le encajen en el cuello una piedra de molino y lo arrojen al mar» (Mc 9,42). «Más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al abismo» (Mc 9,45a). La Iglesia no puede enmudecer y prescindir del vigor profético del Espíritu en su predicación. Sin dones de Dios, la predicación se convierte en campana que resuena sin que nadie le haga caso. Se clamará: «¡Ay de vosotros, los ricos, llorad y lamentaos!» (St 5,1), pero nadie se convertirá; se dirá: «Os habéis cebado para el día de la matanza» (St 5,5), pero nadie ayunará.
Señor Jesús: Te pedimos una Iglesia llena de dones proféticos y milagrosos, que ayuden a la conversión del mundo y al crecimiento de la fe. Gracias por tus elegidos y profetas. Defiéndenos de los hombres de Iglesia miedosos y sin discernimiento, que apagan tus dones y empobrecen a tu pueblo. Danos, Señor, la abundancia de los dones, carismas y frutos de tu Espíritu.
«Yo os he dado mi Espíritu y os lo sigo dando con todos sus dones, carismas y ministerios. ¿Por qué no usáis más mis dones? ¿Por qué apagáis los carismas verdaderos? ¿Qué buscáis? ¿Una Iglesia falta de vida y de poder, o una Iglesia joven, vital y enriquecida con mis dones y gracias? Dejad que mi Espíritu se mueva en mi Iglesia».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.