La fidelidad a esta llamada y la diligencia en la respuesta han llevado a 19 hermanos de la RCCE a asistir a la segunda parte del curso de Dicción y articulación de la voz que, organizado por la Escuela Nacional de Predicadores, ha tenido lugar en Madrid en el Monasterio de las Benedictinas, los días 9 y 10 de octubre de 2010.
Entregamos al Señor nuestro tiempo y nuestra voz y El nos ofrece, a cambio, la sonrisa de un fin de semana estupendo en el que compartimos con hermanos, que se han desplazado desde diferentes lugares de España y que brindan un amor y una alegría tales que se diría que es el mismo Dios el que les sale por los poros.
Dios nos llama y nos preparamos para el servicio con responsabilidad, a sabiendas de que El allanará los caminos. Más allá de mejorar capacidades, multiplicarlas o adquirirlas, descubrimos en nuestro cuerpo dimensiones que nunca soñamos. Trabajamos la respiración y cantamos como los ángeles. Enfrentamos nódulos, prótesis, intervenciones quirúrgicas, enfermedades que dificultan la articulación de nuestra voz y brilla la gloria de Dios.
De repente el soplo de su Espíritu tomando posesión de nuestras gargantas infla globos de colores, que salen por la ventana para llevar su Aliento de Vida donde El disponga.
Contamos de antemano con los carismas ya que estamos seguros de que, al venir de la gracia, no faltarán señales y prodigios si proclamamos el Reino de Dios. A nosotros nos toca el tema de la santificación. Al final el Señor nos dice: «siervo bueno y fiel», como en la parábola de los talentos. Y nos vamos a casa más contentos que unas pascuas y dando las gracias a Nuestro Rey por permitirnos colaborar en la expansión de su Reino y por los lazos de cariño y hermandad que se crean en estos cursos.
Tenemos que hacer los deberes, practicar ejercicios para corregir lo que está mal y mejorar en todo lo que podamos. Experimento así cada día más la acción de Dios en mis cuerdas vocales y que mi laringe la controla Dios. Esto me lleva a afirmar rotundamente que soy Templo del Espíritu Santo y que Cristo vive en mí.
Gloria al Señor.
Teresa Mera