Sábado de la 17ª Semana
REO DE MUERTE
Juan el Bautista tampoco podía ser reo de muerte por reprender proféticamente al rey Herodes de su adulterio con Herodías, la mujer de Filipo, su hermano (Mt 14,3), y, sin embargo, fue decapitado por el rey (Mt 14,10). (Por lo visto, para algún mundano obedecer a Dios es delito e intolerancia, y obedecer a las pasiones y a los bajos instintos es rectitud y libertad).
Las pasiones humanas secundadas esclavizan a los hombres y terminan condenando a muerte a justos e inocentes como a Jeremías y Juan. Estos pecados claman al cielo, desde la sangre de Abel hasta la última sangre derramada del inocente que aún no había nacido o del postrer servidor de Cristo sacrificado por la injusticia de los hombres.
Para borrar tantos pecados de sangre y de crímenes necesitamos el perdón de Cristo, rey de los mártires. La Iglesia, como el antiguo Israel, acostumbra a proclamar cada cincuenta años un Jubileo para buscar la condonación de las culpas y de las deudas del pecado y para la restitución del perdón y de los dones de Dios para el pueblo pecador y reo de muerte eterna. «Santificarás el año cincuenta y pregonarás la libertad por toda la tierra para todos sus habitantes» (Lv 25,10), mandaba el Señor en el Levítico.
¡Ojalá que cada año de nuestra vida sea un año jubilar para destruir nuestros pecados y para recuperar cada uno la posesión deseada de los hijos de Dios (Lv 25,13)!
Bendice, Señor, a tu Iglesia y a los hombres en los años del Jubileo; pero haz también de cada día de nuestra vida una hora de gracia y de perdón. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.