Viernes de la 26ª Semana
PARA QUE DIOS HABLE
Dios quiere hablarnos por medio de su Hijo, su Palabra eterna y viva. Para que Dios nos hable es necesario el silencio del hombre; que éste se calle y deje hablar a Dios.
Para que Dios hable y le escuchemos, tenemos que abrir nuestros oídos a su Palabra escrita y profética, a los signos comunicadores del mensaje, a las inspiraciones y mociones del Espíritu de Dios: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3,10).
Si no escuchamos a Dios, «pecamos contra el Señor, no haciéndole caso» (Ba 1,17), y desagradamos al Señor nuestro Dios, «cuando no le obedecemos, al hablarnos por medio de sus enviados los profetas» (Ba 1,21).
Jesús habló con palabras y con milagros las gentes de Corozaín, de Betsaída y de Cafarnaún, pero ellos no abrieron sus oídos al mensaje de salvación (Lc 10,13-15), y Dios rechazó su soberbia y a sus ciudades. Para que Dios hable hemos de abajarnos y humillarnos, como María, la esclava del Señor, o como Francisco de Asís… Entonces oiremos con facilidad la voz del Señor, que ensalza a los humildes y resiste a los soberbios. Si nos humillamos ante Dios, Él también nos hablará a través de sus enviados y mensajeros: «Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha» (Lc 10,16), dice Jesús.
Si queremos que Dios nos hable tenemos que acercarnos a Él, tratarlo e invocarlo: «Se puso junto a Mí, lo libraré…; me invocará y lo escucharé» (Sl 90,14-15). Y nos escuchará porque nos ama. «Con ninguna otra nación obró así ni les dio él a conocer sus mandatos» (Sl 147,20).
Señor y Padre nuestro: que nunca pongamos obstáculos para escuchar tu voz y para cumplirla. Habla, Señor, que tus siervos escuchan y tienen sed de tu Palabra.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.