Domingo 11 de febrero

11.02.24

Domingo 6º del T.O.

ACUDID A LAS FUENTES DE LA SALVACIÓN (CICLO B)

Con el leproso que se acerca a Jesús y le suplica de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40), se han aproximado a Jesús millones de hombres y mujeres a lo largo de los siglos para experimentar su poder de perdonar pecados y de limpiar las lepras del alma y del cuerpo. Con el leproso del evangelio millares de personas se han acercado a Cristo y han quedado limpias (Mc 1,42). Miles de pecadores obedecieron las palabras de Cristo al leproso: «Ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo mandado» (Mc 1,44). Los sacerdotes de la nueva alianza, que han recibido de la Iglesia la facultad de absolver pecados, pueden perdonarlos en el nombre y con la autoridad de Jesús. Entonces, el penitente arrepentido recibe la reconciliación con Dios, recupera la limpieza del alma y la gracia santificante con el gozo de la salvación y el acrecentamiento de la salud y la fuerza espiritual para el combate cristiano.

Los sacramentos y la Iglesia nos comunican la gracia salvadora de Cristo. Por eso, «a Él acuden de todas partes» (Mc 1,45) las multitudes de los que recuperan su salud espiritual y se ven libres de la lepra del pecado.

Según la ley mosaica, los que tenían una erupción o mancha en la piel eran llevados a los sacerdotes para que los declararan impuros cuando tenían lepra (Lv 13,44). En cambio, a Cristo y a sus sacerdotes acudimos para que nos declaren limpios y santificados por la sangre redentora de Jesús. «Confesaré al Señor mi culpa, y Tú perdonarás mi falta y mi pecado» (Sl 31,5), proclamaba el Salmista.

Cuando la gracia perdonadora de Dios ha limpiado nuestras almas, después todas las acciones, hasta las más triviales, tienen, un valor, sagrado y contribuyen al fin supremo el hombre: la glorificación de Dios. «Ya comáis o bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Co 10,31). Pocas cosas glorificaran tanto a Dios como el esfuerzo constante de buscar el bien espiritual de los otros «para que todos se salven» (1 Co 10,33b).

Te ofrecemos, Señor Jesús, todo el trabajo, los sufrimientos y el dolor de la humanidad, unidos a los tuyos en tu Pasión y en tu vida, como satisfacción por nuestros pecados y como ofrenda ante tu trono de gloria, para que los hombres renazcamos libres de la lepra del pecado y como hijos amados del Padre, salvados por Ti, Señor nuestro.

«Acepto con agrado vuestras ofrendas por los pecados del mundo vuestros ayunos y penitencias. Los asocio a los míos en mi pasión y muerte. Así, vuestros sufrimientos se tornarán gloriosos y Yo seré glorificado en vosotros porque por Mí seréis salvos para siempre».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.