Bendigo de corazón a la parroquia de Kanyanza (Ruanda)

28.01.13

Ever Bendigo de corazón a la parroquia de Kanyanza  (Ruanda) en este año en el que celebra sus 75 años de existencia, por lo menos por tres razones: ella me dio la vida divina en el bautismo, me dio la alegría de ser sacerdote y me incorporó a la Renovación Carismática.

La Renovación Carismática llegó a Ruanda en el año 1973. Cinco años más tarde empecé yo el seminario menor. En los primeros años de la década de los ochenta, la Renovación ya tenía muchos miembros en mi diócesis. El lunes de Pentecostés era el día de la gran asamblea diocesana. Los carismáticos se pasaban la mañana en dinámicas de grupos en los terrenos de juego de nuestro seminario y celebraban por la tarde la misa en la catedral. Como el rector de nuestro seminario menor era uno de los misioneros que habían introducido la Renovación en Ruanda, él animaba a todos los seminaristas a participar en la asamblea diocesana. El lunes de Pentecostés era el único día del año que el rector nos mostraba su confianza y nos mandaba a la asamblea de la Renovación sin vigilancia de ningún formador. Y yo aprovechaba para escaparme a la ciudad o para preparar algún examen. En mis años de formación en el seminario menor no me asomé a la asamblea de la Renovación ni una sola vez.

Pero la Renovación seguía creciendo y llegando a las parroquias. La extensión de la corriente carismática se notó sobre todo en la renovación del cantoral. En la segunda mitad de los ochenta, siendo yo ya seminarista mayor, cuando nos íbamos de vacaciones, nos quedábamos asombrados por los cantos alegres que se cantaban en nuestras parroquias mientras que en el seminario seguíamos cantando una suerte de gregoriano adaptado a nuestro idioma. Mis siete hermanos formaban un hermoso coro y cada noche llenaban mi casa de nuevos cantos, con sus danzas correspondientes. Todo parecía hermoso y sobre todo muy alegre. Llegaron mis hermanos a rebelarse contra el rosario de después de cenar e impusieron un estilo de oraciones espontáneas que llamaban carismáticas en las que los tres tradicionales de la casa, mis padres y yo, nos quedábamos perdidos. Mi casa fue, pues, mi único lugar de contacto con la Renovación hasta que me ordené de presbítero y después me nombraron párroco de Kanyanza en agosto de 1994.  

Salíamos de un genocidio y de una guerra en la que se cometieron atrocidades que superan el entendimiento. En las colinas de mi parroquia yacían-literalmente-una cantidad enorme de huesos humanos secos. El pueblo manifestaba una enorme hambre de Dios. Todos tenían la intuición de que sólo el poder divino era el único capaz de sanar las heridas tan profundas que llevábamos por dentro. Los grupos carismáticos de mi parroquia crecieron en número y en dinamismo de una manera impresionante. Y yo, como su pastor, empecé a caminar naturalmente con ellos. Habría sido un desacierto pastoral dramático dejar sin acompañamiento  a esos fieles, jóvenes en su mayoría, que parecían tener una energía fresca y admirable. Desde el inicio me sentí muy a gusto con los grupos de la Renovación. Así que, por el hecho mismo de atender las necesidades de mi parroquia, me encontré metido en la corriente carismática y se empezó a hablar de mí como un cura carismático.

Descubrí con la Renovación la vertiente carismática de la gracia de Dios. Los grupos de mi parroquia eran bastante atrevidos a la hora de pedir los carismas del Espíritu. Se formó un grupo de oración por los enfermos y de liberación de los que estaban bajo la influencia del Maligno. Con una entrega sin igual, con ayunas y oraciones constantes, los miembros de este grupo llamado «Equipo de la Misericordia» acudían a cada casa donde les llamaban para rezar por una persona enferma o para destruir los altares y otros símbolos de las fuerzas oscuras. Se puede entender que no era nada fácil atender todas las llamadas si se tiene en cuenta que la parroquia tenía una extensión de más o menos doscientos kilómetros cuadrados. Un domingo al mes celebrábamos una misa por la sanación de los enfermos. Ese domingo la iglesia nos quedaba pequeña a pesar de que la misa duraba no menos de cuatro horas. El Señor confirmaba esta fe entusuasta y este ardor apostólico con signos. Nos alegramos particularmente de la sanación de dos enfermas mentales a través de nuestra oración.

Le estoy plenamente agradecido a la Renovación Carismática por haberme mostrado que el poder del Espíritu de Cristo sigue actuando en el ministerio y en el apostolado de sus discípulos actuales.

P. Ever

Bendigo de corazón a la parroquia de Kanyanza  (Ruanda) en este año en el que celebra sus 75 años de existencia, por lo menos por tres razones: ella me dio la vida divina en el bautismo, me dio la alegría de ser sacerdote y me incorporó a la Renovación Carismática.

La Renovación Carismática llegó a Ruanda en el año 1973. Cinco años más tarde empecé yo el seminario menor. En los primeros años de la década de los ochenta, la Renovación ya tenía muchos miembros en mi diócesis. El lunes de Pentecostés era el día de la gran asamblea diocesana. Los carismáticos se pasaban la mañana en dinámicas de grupos en los terrenos de juego de nuestro seminario y celebraban por la tarde la misa en la catedral. Como el rector de nuestro seminario menor era uno de los misioneros que habían introducido la Renovación en Ruanda, él animaba a todos los seminaristas a participar en la asamblea diocesana. El lunes de Pentecostés era el único día del año que el rector nos mostraba su confianza y nos mandaba a la asamblea de la Renovación sin vigilancia de ningún formador. Y yo aprovechaba para escaparme a la ciudad o para preparar algún examen. En mis años de formación en el seminario menor no me asomé a la asamblea de la Renovación ni una sola vez.

Pero la Renovación seguía creciendo y llegando a las parroquias. La extensión de la corriente carismática se notó sobre todo en la renovación del cantoral. En la segunda mitad de los ochenta, siendo yo ya seminarista mayor, cuando nos íbamos de vacaciones, nos quedábamos asombrados por los cantos alegres que se cantaban en nuestras parroquias mientras que en el seminario seguíamos cantando una suerte de gregoriano adaptado a nuestro idioma. Mis siete hermanos formaban un hermoso coro y cada noche llenaban mi casa de nuevos cantos, con sus danzas correspondientes. Todo parecía hermoso y sobre todo muy alegre. Llegaron mis hermanos a rebelarse contra el rosario de después de cenar e impusieron un estilo de oraciones espontáneas que llamaban carismáticas en las que los tres tradicionales de la casa, mis padres y yo, nos quedábamos perdidos. Mi casa fue, pues, mi único lugar de contacto con la Renovación hasta que me ordené de presbítero y después me nombraron párroco de Kanyanza en agosto de 1994.  

Salíamos de un genocidio y de una guerra en la que se cometieron atrocidades que superan el entendimiento. En las colinas de mi parroquia yacían-literalmente-una cantidad enorme de huesos humanos secos. El pueblo manifestaba una enorme hambre de Dios. Todos tenían la intuición de que sólo el poder divino era el único capaz de sanar las heridas tan profundas que llevábamos por dentro. Los grupos carismáticos de mi parroquia crecieron en número y en dinamismo de una manera impresionante. Y yo, como su pastor, empecé a caminar naturalmente con ellos. Habría sido un desacierto pastoral dramático dejar sin acompañamiento  a esos fieles, jóvenes en su mayoría, que parecían tener una energía fresca y admirable. Desde el inicio me sentí muy a gusto con los grupos de la Renovación. Así que, por el hecho mismo de atender las necesidades de mi parroquia, me encontré metido en la corriente carismática y se empezó a hablar de mí como un cura carismático.

Descubrí con la Renovación la vertiente carismática de la gracia de Dios. Los grupos de mi parroquia eran bastante atrevidos a la hora de pedir los carismas del Espíritu. Se formó un grupo de oración por los enfermos y de liberación de los que estaban bajo la influencia del Maligno. Con una entrega sin igual, con ayunas y oraciones constantes, los miembros  de este  grupo llamado “Grupo de la Misericordia” acudían a cada casa donde les llamaban para rezar por una persona enferma o para destruir los altares y otros símbolos de las fuerzas oscuras.  Se puede entender que no era nada fácil atender todas las llamadas si se tiene en cuenta que la parroquia tenía una extensión de más o menos doscientos kilómetros cuadrados. Un domingo al mes celebrábamos una misa por la sanación de los enfermos. Ese domingo la iglesia nos quedaba pequeña a pesar de que la misa duraba no menos de cuatro horas. El Señor confirmaba esta fe entusiasta y este ardor apostólico con signos. Nos alegramos particularmente de la sanación de dos enfermas mentales a través de nuestra oración. Le estoy plenamente agradecido a la Renovación Carismática por haberme mostrado que el poder del Espíritu de Cristo sigue actuando en el ministerio y en el apostolado de sus discípulos actuales.