XXI ASAMBLEA NACIONAL
La Última Asamblea Nacional del milenio: UNA SORPRESA DE DIOS
Mª Angeles GARCÍA DE ENTERRÍA
El Padre de la ternura y de las misericordias y su Hijo Salvador nos regalaron su Espíritu como en un nuevo Pentecostés. Hermanos de todos los rincones de España, reunidos en Madrid los días 2, 3 y 4 de julio, quedamos ungidos por el amor y la riqueza de sus gracias y dones, en la convivencia que celebramos por vez primera en el Pabellón Deportivo del Real Madrid, en el Paseo de la Castellana.
La Coordinadora Nacional, en nombre de toda la Renovación Carismática Católica de España (con la comisión organizadora compuesta por Alejandro Rodríguez y Fernando Gamero, ambos de la comunidad de » Maranatha»; Javier del Barrio, del grupo “Nuestra Señora del Buen Humor”, y Javier Entrena, del grupo “Emaús”, todos ellos de Madrid) llevaban muchos meses preparando y orando sobre esta Asamblea, que concibieron como un encuentro especial, “nuevo”. En el año que la Iglesia está dedicando al Padre, los líderes ya lo reflejaron en el lema escogido: «¡Abbá, Padre!». Y presentaron la Asamblea como la última del segundo milenio y la que habría de abrirnos las puertas del tercero. Se esperaba en ella una acción especial del Dios fuerte y poderoso. Y así fue.
Cuando llegó al momento de la cita, del encuentro de todos con todos y cada uno de los hermanos carismáticos, saltó la chispa de su presencia. “Dios está aquí”, «Se palpa la cercanía del Espíritu», se oía decir entre la multitud. Y el clamor de la alabanza brotó, estalló, en cantos desde lo más hondo del corazón de todos los allí congregados. El amor que viene de lo alto nos abrazaba a todos. Y tocaba nuestro corazón, donde percibíamos que “una fuente está brotando y está fluyendo como un río de alabanza y de adoración”. Por eso la muchedumbre, “grita hacia Ti, Señor, pidiéndote: ¡recíbelo!”. Era el ministerio de música, dirigido por José Monedero, cuya voz cálida y sonora nos envolvía e incitaba a la oración.
El escenario de la Asamblea era también nuevo, muy apto para congregar y crear comunidad. Todos los que estaban en la cancha y en los graderíos‑ desde el primer anfiteatro hasta la tribuna y palcos‑ de abajo arriba, nos podíamos ver los rostros unos a otros. La cercanía, como en torno a una mesa, creaba ambiente de hogar, de familia, de comunidad. Llegamos a ser cerca de cinco mil, y sin embargo todos nos sentíamos cercanos unos de otros. En la parte norte de la cancha se situaba el estrado principal, con un gran altar presidido por Cristo Jesús en la Eucaristía, vivo, foco y presidencia de toda la asamblea. A un lado, el ambón desde donde nos hablaban los oradores o se proclamaba la Palabra de Dios; y al otro lado, numerosas filas de sillas en las que se sentaban los miembros de la Coordinadora Nacional, o bien, los sacerdotes que en gran número concelebraban las Eucaristías. En la del primer día, viernes, sobrepasaron los ochenta sacerdotes, de toda España.
Como todo era nuevo, también este año la estructura de la Asamblea no respondió a la siempre repetida de otros años: un solo invitado de honor, sobre el que recaían todas las enseñanzas, conferencias, principal testimonio… y en tono al cual se montaban los tradicionales actos litúrgicos. Este año, en cambio, se concibió la Asamblea como un congreso típico, con varios invitados de honor para las diversas conferencias o seminarios, y‑ entremezclados‑ los actos centrales de la conversión y reconciliación, Eucaristía, testimonios… El resultado fue una mayor viveza y armonía, además de la riqueza de la variedad, como la vida misma.
Se advertía que el pueblo participaba con mayor fuerza y entusiasmo, como sobrecogido por la presencia de un Dios vivo, Jesús, que acampa entre nosotros. Este pueblo de la Renovación de España se sentía llevado, conducido por el Espíritu del Señor. El gozo y el poder de la alabanza que surgió desde el primer momento, sólo se explican por Aquél que mora en lo íntimo del corazón del hombre y que ora al Padre con gemidos inefables‑ como dice San Pablo en Rm 8,26‑. Esto explica el espectáculo que esta cronista contemplaba desde el lugar del recinto donde estábamos reunidos (por encima del primer anfiteatro enfrente del altar): Una multitud de santos‑ así los llama el apóstol‑ de pie y desde el llano de la cancha a las «cumbres» del graderío, con los brazos levantados mirando a Cristo vivo, el Cordero inmolado, aclamándole en lenguas extrañas que sólo él Espíritu conoce y por eso suscita, pues es Él mismo el que escruta los corazones de todos y sabe que su intercesión a favor de la Humanidad es según Dios. La presencia del Espíritu de Cristo en nuestras almas, nos hacía orar al Padre sintiéndonos hijos, mientras él mismo Cristo‑ Jesús intercedía por nosotros. Allí contemplé al mundo entero, tan roto por el desamor y las guerras, por el hambre y los egoísmos de los hombres; pero aquí, ahora, un pueblo de alabanza, un «resto» escogido por el mismo Señor, ponía el contrapeso y estallaba en acción de gracias, en aleluya; y en cantos de aleluya; los momentos fuertes, en ese canto en lenguas, tan rico y tan armónico, que se alzaba penetrando el cielo, hasta el trono de gracia de Dios‑ Padre. Era una oración con tanta fuerza que los oídos del Padre acogían con especial complacencia, sobreponiéndose a todo grito de violencia y de pecado de la humanidad de hoy.
El espectáculo que tenía delante era de sobrecogedora belleza, y de un empuje tal que me transportó a las escenas del arte paleocristiano que tantas veces había podido contemplar en Roma: La representación de la humanidad salvada por el Cordero que le sigue a Él en el Paraíso a donde quiera que vaya; y que, finalmente, el Apocalipsis recoge en el «hombre nuevo» que describe Juan: «Oí en el cielo como un gran ruido de muchedumbre inmensa que decía: ¡Aleluya!. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios… Y salió una voz del trono, que decía: Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y los que lo teméis, pequeños y grandes”. » Y oí como el ruido de grandes aguas y como el fragor de fuertes truenos. Y decían: ¡Aleluya!. Porque ha establecido su reinado el Señor, nuestro Dios Todopoderoso. Con alegría y regocijo démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado…»
Y mientras tanto, seguía teniendo delante esta multitud en alabanza, casi irreal, que cantaba impulsada por el Espíritu: «Y como brotan manantiales de la roca… Y como caen con su fuerza las cascadas, así manará mi boca en alabanza…». » Y luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva», sigue diciendo Juan. Y yo también lo vi desde mi escaño de arriba, la muchedumbre carismática, engalanada como una novia, ataviada para su esposo. “Esta es la morada de Dios con los hombres”. El Dios‑con‑nosotros es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, rotas todas las fronteras, inmersos en el gran pueblo de la Iglesia y del mundo entero, toda esta muchedumbre se extendía a lo ancho del mundo, acogiendo con Cristo Jesús todo dolor y toda herida, y elevándolo a lo alto ante el trono de gracia del Padre. El himno de esta Asamblea era precisamente el grito de “¡Abbá, Padre!, ¡Abbá, Padre!, ¡Abbá, Padre!, ¡Abbá eres Tú!”.
Enseñanzas y testimonios
El primer día de la Asamblea, abrió las enseñanzas Carmen Luisa Martín, de Canarias, de una comunidad de Santa Cruz de Tenerife, y miembro de la Coordinadora Nacional, en sustitución del matrimonio latinoamericano de Julio Cesar y Velkys, quienes ‑ pese a estar en el programa‑ no pudieron venir. El tema fue: «La parábola del hijo pródigo: el abandono de la casa del Padre» (Lc 15,13).
Un bellísimo canto en lenguas fue oración, tras expresar el miedo que sentía de hablar ante la asamblea y cómo el Señor se lo había quitado. Lee la parábola del evangelio del Hijo pródigo y subraya los datos más sobresalientes: «Padre, dame la herencia», «y se fue a un país extranjero, donde malgasta toda su herencia fuera del amor del padre», «y le mandaron a cuidar cerdos» … Carmen Luisa reflexiona: «Nosotros hemos venido aquí por muchos medios‑ avión, autobús, tren, coche‑ para
recorrer en este encuentro un itinerario espiritual”. E inmediatamente exclamó: «¡Esta parábola es mi propia vida!». Y comenzó su exposición testimonial, poniendo de realce, con fuerza asombrosa, su experiencia propia de ser una «hija no deseada» que va probando todo en la vida, hasta meterse en el mundo tenebroso de la brujería,
hechicería … y el intento de suicidio por un puente, hecho que impide en el instante más crítico un chico desconocido … que hoy es su marido. La parábola se va re‑escribiendo en los acontecimientos de su vida: En el «país extranjero, lejos del padre, dilapidando toda la herencia; su «volver en sí», y su regreso lento hacia la casa del Padre, entre luces y sombras. Su encuentro con la Renovación Carismática y el canto de «Vive Jesús, ¡vive, vive!» que le lleva a retar al Señor! «Si existes, dame una muestra de tu amor hacia mí». El Señor se la da, haciendo que una noche durmiera ocho horas seguidas tras veinte años de no dormir, gracia que todavía perdura. Le ha cambiado todo en ella, en su vida, en su familia: Sanó el odio, el desamor, etc.
Carmen Luisa acaba con una canción que ella misma ha compuesto salida desde lo más hondo de su alma: Es el canto del regreso, del amor de Dios, del encuentro con el Padre, “porque quiero que sepas que mi vida es mucho más feliz cerca de Ti, oh Dios”. Un canto vibrante, ungido, de acción de gracias.
La R.C.: el Espíritu Santo, protagonista
El P. Vicente Borragán inicia el primer seminario, con el tema: “Qué es y qué no es la Renovación Carismática”. Expone con una vitalidad desusada, con ímpetu, con libertad y con una fuerza tal que deja asombrado al auditorio. Todos estamos ávidos de escuchar a este especialista en Sda. Escritura, pero también experto en la Renovación en el Espíritu, oír al «vocero» más fuerte y hondo que conocemos sobre la alabanza. Su voz grave, profunda y viva, sencilla a la vez, de sabio sacerdote dominico que siempre nos comunica mensajes de hondo calado y que taladran nuestro espíritu, habla hoy de un modo conciso, pero al mismo tiempo incisivo y esclarecedor. Denuncia, interpela, y también estimula y empuja con la fuerza del Espíritu.
Define a la Renovación Carismática como una corriente de gracia dentro de la Iglesia, frente a quienes la consideran como «un movimiento». Sin estructuras, sin constituciones, sin leyes ni reglamentos, sin control alguno, al viento del Espíritu. Los miembros de la R.C. se sienten hijos que viven en libertad‑ que es el valor que hoy más se cotiza‑ y que es el propio de los hijos de Dios.
Hace un breve repaso de la historia de los movimientos carismáticos o pentecostales que siempre se han dado a lo largo de la historia de la Iglesia, queriendo conectar con el fuego de la adorable persona de Jesús y del poder de su Espíritu, llevados, de la nostalgia de aquella primera Iglesia llena de dones, carismas y gracias. Y cita algunos de estos avivamientos y despertares del Espíritu Santo a lo largo de los siglos: Y cuando se apaga esta llama, brota la pregunta: ¿Dónde ha quedado aquel poder y aquella alabanza de los primeros tiempos de la Iglesia?
Se advirtió que siempre que ha habido alguna efusión del Espíritu Santo, venía acompañado con el don de lenguas (en el Cenáculo, en casa de Cornelio, en Éfeso con Pablo…), y también con la imposición de manos. Uno de los primeros testimonios tras ser inundado por la efusión del Espíritu, se expresaba así: «Empecé a sentir como si ríos de agua viva surgieran de lo más hondo de mi ser». Y estalló en ese canto oracional. En el paso del anterior siglo al que ahora se está acabando (siglo XX) también constataron que junto al mensaje pentecostal o bautismo en el Espíritu ‑ solía venir unido el carisma de las sanaciones.
Más cercana a nosotros la corriente pentecostal que se había desarrollado ampliamente en las Iglesias cristianas protestantes‑, y ya dentro de la Iglesia Católica, podemos considerar como antecedente remoto al papa León XIIII. Este Pontífice escribió, a finales del siglo XIX, dos encíclicas sobre el Espíritu Santo; y él mismo quiso comenzar el siglo XX‑ en el instante mismo de su nacimiento‑ entonando el «Veni Creator», y consagrando el mundo al Espíritu Santo.
Más tarde será Juan XXIII el que convoca y prepara el Concilio Vaticano II, el más universal de toda la Iglesia, una oración ‑ que durante varios años todos los fieles repetíamos‑ pidiendo al Padre: “renueva en nuestros tiempos los prodigios como en nuevo pentecostés”. Se nos recordará más tarde que este Papa, antes de llegar a la sede pontificia, había conocido en una aldea checoslovaca (de unos 300 habitantes) que todos o casi todos habían experimentado los carismas de los que habla San Pablo en la carta a los Corintios: Profecía, don de lenguas, sanación, discernimiento de espíritus. Y los ponían en práctica, aprendiendo los jóvenes a vivir bajo el poder del Espíritu Santo. Estas manifestaciones se remontaban al parecer, seguir testimonio de una señora del pueblo, al siglo XI de nuestra era Patti G. Mansfield recoge este testimonio de labios de Anna Marial Schinid, del citado pueblo, sobreviviendo de la masacre nazi que acabó con la mayoría de sus habitantes.
El Vaticano II fue el preludio de la Renovación Carismática. Podemos decir: «El Vaticano II fue el Pentecostés oficial de los obispos, la Renovación Carismática el Pentecostés de los fieles”.
De hecho, meses más tarde‑ sin llegar a dos años‑ el nuevo pentecostés, vivido en el Concilio Vaticano II, comenzó a manifestarse, como una chispita insignificante, a punto de encenderse, en los Estados Unidos. El ámbito fue el de dos universidades católicas americanas: la de Duquesne, en Pittsburg (Pensilvania), y la de Notre Dame, en South Bend (Indiana). Un grupo de universitarios y algunos profesores ‑tras un tiempo de oración juntos invocando al Espíritu Santo‑ se reunieron en un retiro de fin de semana en una casa de espiritualidad situada en un bosque a unos 20 kilómetros de Pittsburg.
Las informaciones que tenemos sobre este retiro de Duquesne son muy abundantes. La mayoría de los que participaron en él viven aún y han testimoniado sobre lo que allí pasó. Una fuerza misteriosa‑ el sábado, 18 de febrero de 1967- desbarató todos sus planes, y algunos de aquellos jóvenes se sintieron atraídos hacia la capilla, como si alguien tirara de ellos. Y allí el Espíritu Santo se derramó abundancia. El Señor actuó en ellos de una manera admirable. Allí recibieron el bautismo en el Espíritu y los dones carismáticos: Allí estaba la alabanza, el don de lenguas, el de curaciones, la profecía, la palabra de conocimiento… Era la experiencia misma de Pentecostés la que se hacía presente en unos sencillos americanos del siglo XX, en una sociedad que hablaba ya de la muerte de Dios (!). Sus vidas se transformaron y empezaron a testimoniar de lo que les habrá sucedido. Así nació la Renovación Carismática Católica. Allí salió la chispa que está llenando de fuego por todo el mundo. Allí el único protagonista fue el Espíritu Santo.
En la Renovación Carismática no ha intervenido para nada la mano del hombre‑ siguió diciendo el Padre Borragán ‑. No ha sido inventada por nadie (ni por los Papas, ni por ninguna Conferencia Episcopal, ni por los obispos). Nadie puede reclamar su derecho de autor. No tiene fundador ninguno. No es un movimiento como los demás.
Es fruto de la acción del Espíritu Santo. Y sin embargo, hay quien está actuando para cambiar esta identidad de la Renovación. ¡Ay de quien ponga sus manos en ella para cambiar esta obra del Espíritu!
En este momento Vicente Borragán anuncia que suspende unos minutos su conferencia para dar paso a unos testimonios que confirman con su vida lo que intenta él explicar.
TESTIMONIOS
Hablan Pilar Camacho (casada y separada) y Francisca Martínez (Religiosa).
Son dos testimonios explosivos, contundentes. Dos vidas muy distintas: una casada y separada, dos veces madre, muy joven, no creyente hasta el año pasado. La otra, religiosa actualmente, tras recorrer un itinerario muy duro de odios y rencores, de pobreza y marginación, carencias de todo tipo, hasta llegar al intento de suicidio en el metro; y más tarde pedir el ingreso en un convento, donde, sigue la cadena de sufrimiento y de lejanía de Dios.
Ambas, finalmente, tienen un encuentro íntimo y profundo con el Señor, dentro de la Renovación. Es Él mismo el que les revela su amor apasionado por cada una, un amor desde siempre, pese a la falta de fe de la primera, y de la dureza de corazón de la segunda. Pero ante la presencia de su Salvador, se rinden y se abren a su Espíritu. Este Espíritu de Jesús es el que les ha dejado sentir el paso ardiente de un juego que ha transformado sus vidas. Son las dos lo que San Pablo llama “hombres nuevos”, que ha experimentado el “nacer de lo alto” de que habla Jesús a Nicodemo (Jn 3,3-4), ese “nacer de agua y de Espíritu”, un “nacimiento nuevo” que les convierte en nuevas criaturas, llenas de amor y de gozo indefinible al servicio de los demás. Sus raíces hacia abajo- antes de la conversión- se proyectan ahora (gracias al paso del Señor, a su cruz resucitada) en un espléndido crecimiento hacia arriba, hacia el Padre, por obra de su Espíritu.
Al concluir los testimonios nuestras hermanas Pilar y Francisca, el P. Borragán dijo: “yo, ahora debería callar”. Únicamente me permito, subrayar que la definición de la Renovación son dos palabras: el ser bautizados en el Espíritu, el bautismo en el Espíritu Santo. Es el mismo Espíritu del Antiguo Testamento, del Génesis, de Ezequiel, de los profetas, de la misma persona divina que actúa y hacia posible la Encarnación, el que conduce a Jesús, el que Jesús promete al mundo en la última cena cuando él se fuera… Es ese Espíritu del que nos habla Pablo, que gime, llora, intercede, el que ora dentro de nosotros y nos enseña a llamar Abbá a su Padre.
Se trata, pues, de ser sumergidos, bañados, penetrados, por el Espíritu Santo, y aunque esto lo vivimos en el Bautismo, necesitamos todos ser bautizados de nuevo “en el Espíritu”. Hay que renacer, nacer de lo alto, nacer del Espíritu.
La Renovación Carismática no aportará a la Iglesia grandes obras externas, pero puede presentar un caudal humano, impresionante, de lo profundo del corazón, que es lo más eficaz, para ayudar a interceder por cuantos sufren en el mundo, para que el Señor ilumine la noche de su dolor.
No podemos llevar a la Renovación Carismática – añade V. Borragán- de gloria, de triunfo en triunfo, de sanación en sanación. “No quisiera que la Renovación Carismática se convirtiera en una gran empresa religiosa. Tenemos que no olvidarnos que el Espíritu Santo nació para el mundo del madero a la Cruz. Sueño – dice- con una Renovación que se infiltrará en los corazones de católicos carismáticos renovados; infiltrada por todas las instituciones y todos los ámbitos, por todos los conventos, y monasterios, por todo el corazón del hombre, para que en ese momento la Renovación Carismática desapareciera: Ya sólo habrá una Iglesia de coraje, de dones y carismas”.
Testimonio de Simón
La Palabra de Dios viva, le saca de su noche y de sus rejas
Este hermano nuestro del grupo de “Maranatha” es de Camerún, donde vive su adolescencia y primera juventud. Viene a España a ampliar estudios, con un programa de siete años, incluida la Universidad, para volver como alto cargo de la Administración Pública de su país. Pero un amigo compatriota presenta una falsa denuncia contra él y le meten en la cárcel de alta seguridad de Soto del Real (sierra de Madrid), donde pasa seis años.
En este tiempo recorre un itinerario interior, que arranca de su antigua vinculación a la Orden de Rosa-Cruz, cuyas meditaciones hace en la cárcel, hasta que un día se decide – y logra ir sin ningún permiso- a un curso de bíblico que impartía en aquel centro Sor Mª Luz. Estaban con el profeta Isaías, capítulo 43 y 49. “Eres precioso a mis ojos y yo te amo. Estoy contigo, dice Yahvé” (Is. 43,3), “He enviado a hacer caer todos los cerrojos de las prisiones: así dice el Señor que os ha rescatado” (Is 43, 14). Insiste el Señor: “no temas, que estoy contigo” (43, 3-5), porque “os llevo tatuados en la palma de la mano” (Is 49,16). Son palabras que Simón siente como vivas y eficaces, y caen así en su corazón que empieza a conmoverse, en medio de su noche oscura entre odios, rencores y deseos de venganza.
En una noche total -la de su alma y la física de su celda sin luz- se enciende una luz brillante y potente. Más tarde sabrá que será la primera Efusión del Espíritu de Jesús. Es entonces cuando experimenta una liberación interior de todas sus cadenas (del pecado del odio y de la venganza), y se siente libre en la misma cárcel.
Comienzan los milagros, las acciones poderosas del Señor en su situación de prisionero. Se adelanta su liberación y se acorta su condena de un modo misterioso. Al fin le dejan en libertad, y no sabe adónde ir. Le acogen unos amigos. Y le buscan un trabajo como tutor de un Centro de drogadictos, sídosos y psicópatas… donde va viviendo un proceso de sanación en medio de ese mundo sórdido que tanto rechaza.
La Misericordia del Padre
La tarde del viernes se centró en la Misericordia del Padre Dios y en el arrepentimiento del hijo alejado. El P. Manolo Tercero invita al dolor por el pecado y al abrazo con el Padre en la reconciliación. Los 78 sacerdotes asistentes oyen decenas de confesiones durante más de dos horas. Predica Eucaristía el P. Manolo Tercero. O.F.M.: Los publicanos y los pecadores se acercaban a Jesús para oírle. Los fariseos, en cambio, le criticaban. La reconciliación nos sabe llevar al arrepentimiento de los pecados de murmuración en la Renovación Carismática. No puedo decir: yo no he murmurado nunca; no he condenado nunca lo que la Coordinadora ha hecho. Hay miradas murmuratorias, ¡Oh Padre, pon centinela a la puerta de mis labios!
Necesitamos la visión de una Renovación Carismática con amor. En nuestras discusiones deberíamos terminar con la palabra: Dios te ama. Soy amados de Dios, es el mensaje a los pecadores. Pero también tengo que decir: yo te amo. Es la mística del amor no murmurar, no condenar. Se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores. En cuanto el Señor me dé fuerzas, no voy a murmurar, y seremos reflejo de la Misericordia de Dios. Así reproduciremos la imagen del Padre en nosotros.
Y después vino la adoración a Cristo en la Eucaristía, durante quince minutos con canto en lenguas, con amor, con alegría, en medio de la gloria del Señor. Era el gozo del perdón de Dios, vivido en la Asamblea.
El regreso del Hijo Pródigo
El sábado estuvo dedicado al regreso del Hijo pródigo a la casa del padre. Juan José Gallego comienza su charla con unos versos cantados, para sentirnos hermanos de Dios: “Abbá, Padre, Abbá, Padre, Abbá, Abbá, Abbá. Mírame, Señor, llamo a tu corazón, yo soy tu hijo. Escúchame“. Juanjo levanta una chaquetita de niño tras sus manos ¿me va a mí?- Nooo. Dice el Señor que no hemos crecido en la fe y en el amor. A veces no crece la Renovación y no conocemos los caminos hondos del Señor. No conviene pararse en las cosas del amor. Dios ha hecho bodas con nosotros y quiere que crezcamos en el amor. Dios tiene hambre de abrazarnos. Quiere que crezcamos en su abrazo felices y llenos de paz. No se baila bien cuando se tienen distintos ritmos. Dios quiere que bailemos a su ritmo.
Cristo viendo la misericordia de los que el Padre quería abrazar le dice: “Aquí estoy yo para alargar tu abrazo”. Ellos se han hecho grandes y critican tu banquete, tu fiesta a mis hermanos, se alejan de ti Padre, pero Dios los quiere abrazar. ¿Qué hará? El Corazón trinitario, tridimensional, trieterno, triamante, tripotente, de nuestro Dios por nosotros, va a extender en el corazón de Cristo el abrazo del Padre. Y el Espíritu Santo nos mete en Él y nos sentimos tiernamente amados y felices. Somos una pequeña nada pero muy amada. Cuando el Padre y el Hijo Jesús se encuentran, pregunta el Padre: ¿Cómo vienes, hijo mío? – Todo se lo he dado a ellos, a los hombres. Pero ahora traigo el corazón partido, ahora la mitad de mi corazón es de Dios y la otra es tuya. Esto se arregla metiendo tu corazón en el mío, pues lo deseabas desde toda la eternidad. Venimos con corazones cianóticos, hinchados; el remedio lo tenéis en Cristo. Nos da primero el abrazo del Padre en el sacramento del perdón, yo he pasado dos horas y media confesando.
En segundo lugar tenemos el abrazo de Dios en la Eucaristía, Cristo y el Padre nos abrazan y nos queda en tercer lugar el abrazo de los hermanos, de ahora en adelante sé hasta donde he llegado con mi voz y con mi corazón. De ahora en adelante, Señor, dame tu corazón que no soy capaz de amar. Y llegaréis a conocer la altura, la profundidad, la anchura del amor de Dios y en plenitud. Abriros al abrazo tridimensional, trieterno, trisanto, trimisericordioso de Dios. Abbá, Padre, Abbá, Abbá, Abbá.
El mensaje a la juventud
El segundo seminario fue mensaje para la juventud. Carol Fee, de la Renovación de Nueva Orleans, trabaja con los jóvenes y con los matrimonios. Vino a hablarnos de su experiencia con la juventud. Trabaja con su marido Dart. Tienen un programa de matrimonios en la parroquia y ayudan a jóvenes matrimonios. Cada domingo se reúnen. Hacemos seminarios con ellos para que aprendan a ser uno en el Espíritu. Empezamos a trabajar con 20 jóvenes en la parroquia; ahora tenemos dos grupos separados de más de 100 jóvenes, desde quince a treinta años.
Para Carol, pureza no significa sólo limpieza; significa corazones no divididos. Se necesita pureza en la visión, en la mente, en el cuerpo y en el alma, y rechazar los pensamiento y actos que nos apartan de Dios y de sus mandamientos. Para vivir la pureza que Dios nos pide, se requieren, según Carol, tres cosas: dirección, disciplina y oración. Búscame con todo tu corazón, le dijo Dios a Carol. Así el corazón no estará dividido.
La pureza es un don de Dios, que es necesario para que podamos ser felices en cualquier relación. Hay una fórmula sencilla para acertar en las relaciones: perdón, más honor, más respeto, igual a amor. ¿Dónde descubrir el amor puro? En tres sitios: En los mandamientos, en la Biblia, en el Catecismo de la Iglesia Católica. Ahí aprenderemos a amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios les ama. No bajéis la guardia, no toméis la basura, amad la verdad, tened relación personal con Dios siempre.
Así sonaban las enseñanzas de Carol. Damos gracias a Dios por su experiencia en la dirección de jóvenes y de matrimonios.
Dejando que Dios nos sane
Patti Mansfield era una invitada esperada. Su enseñanza arranca de los hechos de la vida, como ya lo conocíamos en su libro “Más de Dios”. En su charla nos dice que no había comprendido el pasaje de la carta segunda de Timoteo 1, 6: “aviva en ti y avienta la llama del Espíritu” hasta que entró en el Pabellón de Deportes del Real Madrid. “Vosotros estáis avivando la llama del Espíritu con vuestros abanicos”.
Sólo en la maravillosa Eucaristía que hizo el P. Manuel al levantar a Cristo en la adoración vino su gloria. Y Cristo derramaba su Espíritu, y nadie movía los abanicos, Cristo avivaba el Espíritu. Cristo nos da dones carismáticos. Patti reconoce que le dio un don carismático extraño. (Un señor al comenzar su charla se quedó dormido y luego roncaba, cuando terminó se despertó y fue corriendo a Patti: te doy las gracias por tu charla. Patti se quedó extrañada por que había estado dormido. “Mira, soy un insomne y al comenzar a hablar tú tan suavemente después de mucho tiempo me dormí”. No sabía yo que había un carisma para dormir a la gente).
Hoy los dones carismáticos se han extendido por el mundo. (Patti explica largamente los comienzos de la Renovación y los carismas que recibieron desde el retiro de febrero de 1967, aquellos jóvenes universitarios. El Espíritu Santo cayó sobre ellos y sigue cayendo sobre nosotros cuando nos postramos ante el Santísimo Sacramento. Él todavía no ha terminado de darnos su Santo Espíritu.)
Hoy hay una gran primavera del Espíritu que se revelará en el Gran Jubileo, si los cristianos son dóciles a la voz del Espíritu Santo. Quiero retaros a abríros más y más al Espíritu Santo. “ Yo creo que aquí hay gente a la que Dios quiere dar muchos carismas”, no para nuestra gloria sino para que seamos como María que glorificó el nombre de Dios.
Es fácil para el Señor hacer en un instante a un hombre pobre, rico. Hace 25 años al P. Tardif le hizo rico para evangelizar y sanar en el mundo. En Pentecostés del 98 Juan Pablo II clamaba a todo el mundo: “Abríos con docilidad a los dones del Espíritu Santo, aceptad los carismas del Espíritu Santo”. No tengáis miedo, sed obedientes a la voz del Espíritu. Luego llegó la hora de la Intercesión y la Adoración, la petición de la efusión del Espíritu. Para los que venís por primera vez y no os sentís cómodos, os digo, Dios os ama y nosotros os amamos.
Hay nuevos dones de lengua que Dios está derramando; abríros a recibir una nueva lengua, como pasó en Fiuggi. (Un sacerdote americano recibió una nueva lengua. Una señorita a su lado le pregunta es usted maltés. – No. Pues ha dicho en maltés, nuestro Dios es un Dios misericordioso). Pedid el Espíritu con la secuencia de Pentecostés.
¿Qué tengo miedo de entregarle a Jesús, mi amigo? Piénsalo. Deja que Jesús sea el Señor y Maestro que ocupe el primer puesto. Extended las manos a Jesús sacramentado, con todo lo vuestro. Pedidle más de Espíritu de Jesús “ Más de ti, menos de mí”. Poned las manos sobre el corazón para que no sea duro como piedra, danos un corazón de carne; danos corazones nuevos. No tengáis miedo a las lenguas, hacedtad todos los carismas, también las lenguas como los niños: Abbá, Abbá, Abbá.
Dejarle que os ame, al alabarlo Satanás es echado de aquí. Jesús rompe ligaduras, y adicciones, liberando de espíritu de impureza, quitando el miedo de rendirse a él. El es victorioso y tuya es su victoria. Dios pone sus ojos en los que le servirán. Mira a los jóvenes que tienen que tomar una decisión especial en su vida. Oramos por vosotros, Jesús que no tengan miedo de rendirse ante ti, hazlos testigos de tu presencia. Y tú María, cuida de estos jóvenes. Tú que eres, la Inmaculada, dales una parte de tu pureza y que brillen con la santidad que viene de Dios. Amén.
Los sacerdotes que se pongan de pie y miren a Jesús, que el Espíritu Santo les dé lo mejor que necesiten para seguir en su ministerio sacerdotal (se ora en lenguas). Espíritu Santo, que oyes nuestras voces por los sacerdotes, bendícelos, más de lo que podamos pedir o imaginar. Dales la plenitud de tu amor. Dales salud de cuerpo y fortaleza. Robustece su vida de oración. Fortaleza el don de la predicación; que tus palabras abrasen sus corazones y sus labios con poder.
Se pide también por los que tienen una nueva misión para el nuevo milenio, para que el Señor les envié donde quiera. Al fin llega la bendición con el Santísimo. ”En quién me fijaré, en quién me fijaré, en Dios, en Dios, en quién mis ojos yo pondré”…… “Envíame a mí que dispuesto estoy”. Y Dios escuchaba la oración de su pueblo.
La misa de sanación. Carlos Malo de Molina
Carlos Malo, nuestro hermano de “Maranathá”, y del Templo –querido amigo- presidió la Eucaristía de sábado, 3 de julio. Era una gozada verle sacerdote en el altar y además con mucha experiencia del Señor y de su Iglesia; con mucho camino hecho con Él, acumulando gracias y carismas para dar a los demás.
En la homilía ya nos fue preparando con “flashes” que luego alumbraron en la oración de sanación. Dijo, por ejemplo: “A mí me gusta la parábola del Hijo pródigo, también por las palabras que el Padre dice al hermano mayor cuando entra indignado a casa: “Hijo, tú siempre estas conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Luego – dice el P. Carlos- todos los dones y carismas son míos: el don de profecía, liberación, sanación, etc. Y añadió: “Tengo el convencimiento de que el 90% de los sacerdotes que están aquí tienen el don de sanación, palabras de conocimiento… y todos los demás. Y tienen que decidirse a ejercerlos para bien de la comunidad”. Para ello hemos de prepararnos: hay que quitarse las máscaras, perdonar, besar al hermano que nos hace mal, reverenciarles…. y sobre todo hay que amar y abrirse al Espíritu, y de aquí vendrá todo lo demás.
De nuestro “sí” depende que se sanen muchos hermanos que están sufriendo, que se libere a nuestro mundo del espíritu de muerte; y dejar que pase la vida y resurrección de Jesús entre nosotros y en nuestros días.
De hecho, la presencia de Jesús, en la Consagración de cada Eucaristía era sensiblemente sentida, abrumadoramente celebrada: la asamblea, el pueblo entero rompía en aplausos que duraban 12 y hasta más de 15 minutos (cronometrados) – según los días- con aclamaciones de canto en lenguas o de adoración. Resultaba, cada tarde, una verdadera apoteosis de la Eucaristía: la PRESENCIA de Jesús se hacía cercana, viva, envolvente e íntima a la vez. También el sábado. Por eso, en este clima, y después de haber comulgado todo el pueblo, el P. Carlos Malo comenzó su oración de sanación.
Invocó una presencia especial del Espíritu Santo, para que de nuevo pudiéramos vivir – la asamblea en pleno- como un nuevo Pentecostés: porque nuestra debilidad necesitaba su fortaleza; nuestra enfermedad, su sanación, nuestra oscuridad, su luz; nuestro desamor, su amor, nuestro vacío, su plenitud: Haznos “hombres nuevos”, con tu Espíritu.
Hizo, asimismo, una oración de liberación con una notable fuerza.
Y comenzó en seguida con las palabras de conocimiento, proclamando los prodigios que el Señor había hecho, y aún estaba realizando, en esta asamblea. Era como una cascada de vida que se extendía entre el pueblo. Sólo Dios puede actuar así, con este poder que arrolla la mente, la enfermedad, los rencores, las desesperanzas…; y que cumple también los deseos que brotan hacia arriba (como las del joven matrimonio que ansiaba tener un hijo, y que El se lo anuncia para antes de un año).
Intervino también Patti G. Mansfield, con palabras de conocimiento de más sanaciones.
Todos salíamos gozosos de este paso del Señor tan patente. Muy pronto se ha podido confirmar ya algunos de las sanaciones anunciadas.
La acción de gracias surge espontánea, y de un modo especial por la obra del Señor en nuestro hermano Carlos Malo. Lo compararon con el Carlos de la primera época, cuando le conocimos. En espera de volver al seminario, porque no le veían todavía apto para el sacerdocio; y la larga espera que hubo de pasar hasta que, al fin, fue ordenado. Caminos del Señor, que saca del polvo al que quiere preparar para altas empresas dentro de su Iglesia. Algunos lo vimos también como una “herencia” que nos habrá dejado el P. Emiliano Tardif.
El banquete y la fiesta
El domingo fue el día para la fiesta y el banquete en la casa del Padre. El hijo menor, el arrepentido estaba invitado al banquete, al festín y al baile de la transformación en el Padre. Pero el banquete no estaba completo, sin la presencia del hermano mayor, que se creía bueno, pero tenía el corazón endurecido. El abrazo del Padre transforma también al hijo mayor. Ya puede entrar en el banquete. Ya puede dar Gloria a Dios con su hermano menor, ya pueden salir a evangelizar la unión y la felicidad y la transformación en el Padre. Ya son iguales al Padre, nos dice el P. Ceferino Santos. (Ver aparte).
La presencia de la Jerarquía
Preside la misa de clausura el Excmo. Cardenal Arzobispo de Madrid, D. Antonio María Rouco Varela. Nos alegra la presencia de la jerarquía en la Renovación Carismática. Y se goza también en Señor Cardenal de Madrid: “Me alegra el presenciar esta Asamblea, en la que el pueblo de Dios se ve reflejado con toda su variedad: presbíteros, sacerdotes, diáconos, seminaristas, ministros, enfermos, niños, jóvenes, mayores y adultos, consagrados y consagradas. Esto es la Iglesia; su aspecto más visible. Esto es el pueblo de Dios que aparece ante el mundo”.
Nada se escapa a la sagaz y observadora mirada de nuestro Arzobispo. “Este lema: Abbá, Padre, os ha sintonizado con el corazón de la Iglesia, con lo que la Iglesia quiere vivir este año”. “La Renovación Carismática es un Don para la Iglesia, es una gracia especial para la Iglesia de este tiempo, y ella debe de reconocer siempre y cada día, con más profundidad y más autenticidad cuál es el don y esa vocación suya al servicio de todos dentro de la Iglesia”.
El señor Cardenal pidió para todos con la colecta de la misa la experiencia de la verdadera alegría, que está conectada con la felicidad eterna y que se opone a la alegría fugaz del mundo. “Vuestro movimiento y toda su realidad está orientada por el Espíritu”.
“Os invito a renovar vuestra vocación como una ayuda para que toda la Iglesia se levante; vuestro movimiento ha puesto de manifiesto en la Iglesia, que toda la realidad está ya invadida del Espíritu”.
El movimiento Carismático, nos dice el señor Arzobispo, tiene también una vocación a la santidad. Para esto se nos ha dado el Espíritu. Pero la vocación a la santidad es también vocación a la felicidad eterna. Hasta aquí el Señor Arzobispo.
Al concluir la misa escuchamos la bendición del Papa Juan Pablo II para la XXI Asamblea. El Señor Cardenal nos bendice, y no tiene prisa en marcharse. Va bendiciendo uno a uno a cada niño de los que estaban en el altar. D. Antonio miraba hacia delante: estaba bendiciendo en cada niño a la Iglesia del futuro.
La “otra” asamblea
Son otros aspectos del Encuentro que creo que están en la cresta de la ola, pero que esconden una dimensión, humana no exenta de interés. Es la intensa vida que discurre por los grandes pasillos que bordean el inmenso, espacio de los “plenos”, cancha y graderíos, en los estrados y momentos de descanso. Son lugares y horas donde se producen los deseados, y a veces sorpresivos, encuentros de los hermanos de regiones distintas de España – año tras año – seguimos fieles a la cita. Explosiones, alegrías, diálogos que surgen espontáneos y a corazón abierto. Se oyen todas las lenguas de España, todo sin acento en amistosa armonía.
Fue entonces cuando me encontré con “Anastasio”, nuestro P. Anastasio, convertido en sacerdote, tras haber vivido su vida de Religioso de la Sda. Familia en “Maranatha” ¡que alegría!. “¿Estás contento en tu tarea de ahora en Barcelona?. “Mucho, satisfecho, feliz. Siempre hemos oído predicar que hay que florecer donde te destinan y así vivo”.
Allí también fue el “choque frontal” con Javier del Barrio, amigos de otros ambientes periodísticos, además de los carismáticos. Comentarios sobre el fenómeno de la Asamblea que estábamos viviendo, estremecido por la cercanía de Dios.
Al pronto y varias veces más -encuentros con los hermanos de Jaén, Mª Luisa y Tomasa: nos ponemos al día de las últimas experiencias en el seguimiento del Señor, andariegas ellas – incansables- por los pequeños pueblos de Andalucía, anunciando siempre la Buena Noticia.
Bares, cafeterías, chiringuitos de comida rápida, tiendas con objetos carismáticos de artesanía… Entre estos descubrí a la hermana Teresa de Murcia, la religiosa autora de los bellos llaveros y pins, que se renuevan cada año, y esta vez con la figura del Padre acogiendo con un abrazo al Hijo pródigo. Más puestos de camisetas, y de las más variadas iconografía.
Allí me encontré con el P. Juanjo Gallego, el Canciller, carismático, hermanos y amigo, que me empuja a orar con el por un matrimonio mayor para sanar sus heridas.
Allí nuestro hermano querido Juan de Dios, también de “Maranatha”, que salió de su actual residencia para acudir – en primera fila, en silla de ruedas- como invitada de honor en la cancha. Allí mismo acudió el Arzobispo de Madrid, Mons. Rouco, a darle personalmente la Comunión, dos y tres veces….
A Mamen la encontré “entre bastidores”, en medio de “los fogones” de la Asamblea, o sea en la Sacristía, llevando los hilos de las grandes celebraciones litúrgicas. Todo impecable, en la organización de los movimientos de casi un centenar de Sacerdotes, en las numerosas ofrendas de la Misa, en todo. Siempre en paz, sonriente en tal “diaconía”.
Al aire libre, en la parte norte del altar, José Camarillo – gran experto en estas “tecnologías de estas grandes superficies- tiene la bella librería de la Renovación Carismática, muy surtida de libros y de música. Allí estaba el CD de nuestro hermano Fernando Arbés, con su himno jubilar, del año 2.000 que es todo un prodigio, sólo explicable, por una “inspiración profética” que le invadió cuando, quiso responder al encargo que se le hacía para el inicio del tercer milenio.
Era como una feria jubilosa, una especie de “fiesta de los tabernáculos” en fin de siglo XX para saltar al siglo XXI. Todos nos acogimos mutuamente, y compartimos lo poco o mucho que teníamos. Sobre todo a las horas del “picnic” en pleno aire libre no demasiado umbroso, pero con las sobras de los suficientes árboles para compartir manteles. El descubrimiento de la zona más fresca, en los alrededores de la piscina y de las pistas de tenis, con su “elegantísima” cafetería y el salón adyacente con grandes sillones individuales para la siesta, hizo subir los quilates de nuestro refrigerio y descanso. El calor era casi africano.
En el “salón de actos” de la gran cancha y graderíos, oíamos a través de la excelente megafonía, a Manolo Tercero pedirnos valentía ante esta ola de calor. Me resultaba algo extraño que saliera de la boca de un extremeño, según él habituado al sol de su tierra, de sus dehesas… pedir tal cosa, cuando yo apenas lo notaba, siendo norteña. Me di cuenta del fenómeno físico – que no místico- que estaba viviendo al oír, comentar a Patti Mansfield, el espectáculo que tenía delante, tan típico de España: se refería a los abanicos que la mayoría de las mujeres estaban haciendo funcionar… para avivar –dijo – el fuego del Espíritu Santo. “¡Comprendido!” me dije a mi misma: en estas alturas donde estoy situada me llegará ya el aire movido por todas las hermanas de la comunidad, refrigerado por el Espíritu. Y pude respirar.
Hay que destacar en el espectáculo de la comida campestre, el grupo liderado por Sor Mª Luz con el gran grupo de hermanos internos en los mejores hoteles de alta seguridad, que rodean Madrid. Sor Mª Luz cuenta con la colaboración culinaria, exquisita cocina de la “Thermomix”, de Pilar Fraile – también de nuestro grupo de oración, año tras año, se pasa las noches casi enteras preparando las comidas de la Asamblea para este nutrido grupo. Los chicos y chicas que acuden, disfrutan a tope del amor fraterno con que se les acoge, y muchos encuentran allí su “hora” de conversión y liberación. El Señor utiliza toda clase de oración y de unidad (amor, en definitiva) para revelarse y sanar. Las conversaciones con estos chicos y, sobre todo, sus testimonios, así lo confirman.
La Enfermería ha estado en servicio permanente, con la asistencia de enfermeras carismáticas y algún médico. Y la Secretaría ha trabajado a tope, no sólo durante el día, sino también en horas nocturnas – que lo diga si no Beatriz Carrasco y Mª Jesús Casares- en sus tareas burocráticas.
En fin, no faltaba el servicio de “consigna” con Fidel al frente que, con paciencia y pericia patente guardó y vigiló todos los bultos, paquetes y maletas que allí le dejaron.
Todo ha ido sobre ruedas en esta Asamblea. Pero el secreto lo adiviné “entre bastidores”, “en el cuarto de máquinas”, de la organización que, gracias al “combustible” de la oración ante la Custodia, en el palco de arriba donde ininterrumpidamente se presentaba todo al Señor de la Asamblea. Era Él quien la dirigía, pero con la colaboración y entrega de tanto hermano.
El retorno a nuestras casa pudo ser así, gozoso y pleno, como los Apóstoles tras despedirse de Jesús el día de su separación y ascensión a los cielos. Habíamos visto al Señor en su gloria y en su poder. Y sobre todo en la gran fiesta de familia que con El formamos.
Nuevo Pentecostés nº 63 (julio-agosto 1999)