Domingo 1 de septiembre

1.09.24

Domingo 22 del T.O.

LA PALABRA QUE SALVA

Todo don perfecto viene de Dios (St 1,17). Entre esos dones perfectos reseñamos la palabra divina. La revelación nos enseña que hay una Palabra, que si la aceptamos dócilmente, cuando es plantada en nosotros, es capaz de salvarnos (St 1,21). No existe otra palabra tan grande como ésta. Es la Palabra de Dios con sus mandatos, que son sabiduría e inteligencia a los ojos de los pueblos (Dt 4,1). Gracias a ella tenemos vida en Dios (Dt 4,1).

La Palabra viva, definitiva y completa que nos salva, se concreta, sobre todo, en el Verbo de Dios, que tomó carne humana en Jesús y vino a salvar a los que le aceptan y creen en Él como Dios y Salvador. Cuando el ladrón moribundo acepta a Jesús en su cruz, Éste lo salva y lo introduce sin dilaciones en la vida verdadera: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» (Lc 23,43). Jesús es la Palabra de Dios, que salva a los que Le entregan sus vidas.

Tenemos que llevar la Palabra de Dios desde el oído y la mente hasta la práctica (St 1,22). A veces, es enorme la distancia de la mente hasta el corazón y la conducta. No pueden salvarnos las palabras y las normativas humanas. Las palabras de los fariseos y sus prácticas tradicionales no tenían fuerza salvadora. Por mucho que se lavasen sus manos antes de comer (Mc 7,3), no borraban sus pecados. No son las manos las que manchan al hombre, sino los malos propósitos que salen de su corazón (Mc 7,21). Son las maldades que salen de dentro las que hacen al hombre impuro (Mc 7,23).

No brota de nuestro interior la salvación y la vida. La Palabra que nos salva brota del seno de Dios, llega hasta nosotros y, cuando la aceptamos con fe y con amor, nuestro interior se transforma, cambia nuestro espíritu y somos hechos hijos amados de Dios.

Jesús, Palabra de Dios que nos salvas: queremos aceptarte como Salvador, creer en Ti, amarte y recibirte en nuestras almas para que vivamos de tu vida y cumplamos lo que cada día nos dice tu Palabra. Queremos como María guardarla y meditarla en nuestro corazón y, luego, cumplirla con fidelidad a tu divina Persona que nos redime y nos salva. Amén.

«Hijos míos: no me basta con que seáis oyentes atentos de mi Palabra. Os quiero oyentes que llevéis a la práctica mi buena noticia. Recibid y obedeced mis mensajes, María, Madre de mi Iglesia, os enseñará a vivir en vuestras vidas mi Palabra.
Aceptadla como Maestra de mi vida en vosotros».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.