Domingo 32º del T.O.
CON LÁMPARAS ENCENDIDAS
Tendríamos, tal vez, que hablar hoy de las lámparas encendidas por el Espíritu Santo en la Iglesia de Cristo. La vigilia de Pentecostés de 1996 se celebró en la plaza de San Pedro en Roma con el encendido en la noche romana de más de cinco mil antorchas. Querían simbolizar las llamas del Espíritu en el primer Pentecostés sobre los apóstoles y las que deberían arder sobre la frente de los nuevos creyentes en el futuro. El día en que las llamas del Espíritu se posaran y ardieran sobre todos los hombres, las tinieblas del mundo se convertirían en una gigantesca luminaria para la gloria de Dios. .
En la parábola del Evangelio de hoy sólo hay cinco vírgenes prudentes, que tenían en sus lámparas el aceite luminoso del Espíritu Santo, durante la espera de la venida del Esposo (Mt 25,4). Sólo una mitad de las invitadas estaba iluminada por la llama del Espíritu. Las otras cinco tenían sus antorchas apagadas y sin el óleo del Espíritu (Mt 25,3).
Necesitamos creyentes y comunidades iluminados con las antorchas encendidas del Espíritu. Necesitamos comunidades, ardientes con la llama del Espíritu, que transmitan y aviven en otros la llama del Espíritu. Necesitamos comunidades con discernimiento, que avancen con la luz del Espíritu y alejen las tinieblas de sus vidas.
Necesitamos grupos «cristianos, iluminados con la Sabiduría de Dios, que es radiante e inmarcesible (Sb 6,13) y que «nos salga al encuentro en todos nuestros pensamientos» (Sb 6,17), para que queden iluminados, sin tiniebla ni sombras. Necesitamos comunidades iluminadas por el Espíritu Santo, con sabiduría según Dios y con visión de futuro, para que no ignoremos los caminos de Dios y «nos aflijamos como los hombres sin esperanza» (1 Ts 4,12). Necesitamos comunidades prudentes, con la luz del Espíritu para penetrar en el futuro, «más allá de las nubes oscuras hasta el encuentro del Señor, en lo alto» (1 Ts 4,16a), de modo que «estemos siempre con el Señor» (1 Ts 4,16b). Son necesarias hoy las comunidades evangelizadoras, que saben trasmitir la llama de Espíritu a los demás, para que, ahuyentadas las tinieblas, llegue a nosotros el Reino de la luz.
Ilumina, Señor, nuestras tinieblas con las antorchas encendidas de tu Espíritu. Vence nuestras tinieblas y ayúdanos a caminar en la luz. Danos comunidades renovadas, que resplandezcan ante el mundo con el resplandor santificante de las llamas de tu Espíritu. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.