Domingo 15 del T.O.
CRISTIANOS EN ACTIVO
En la vida laboral existen hombres y mujeres en activo con un puesto de trabajo remunerado y hay hombres en paro, sin trabajo e inactivos. En la vida cristiana del creyente sucede algo parecido: hay cristianos dinámicos y activos y cristianos en paro total o encubierto. En el mundo se procura reactivar la producción y crear nuevos puestos de trabajo. En la Iglesia necesitamos algo parecido: reavivar la fe, convertirnos en cristianos dinámicos y eficaces, reactivar la práctica y la vida religiosa.
Casi todos los movimientos eclesiásticos modernos tratan de revivir la vida cristiana de la primitiva Iglesia y fomentar un nuevo Pentecostés eclesial. Se busca incrementar la experiencia de Dios y activar el plan de Dios, «que nos eligió, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef 1,4).
Dios nos quiere activos para que utilicemos los dones que Él nos dio desde nuestro bautismo. Los cristianos activos proclaman su fe y anuncian la Palabra de Dios, como San Pedro el día de Pentecostés, o como Amós, el profeta, que reconocía: «El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel» (Am 7,15). Sin embargo, la gente prefería que Amós estuviese callado y, sin dar el mensaje de Dios; deseaban mandarle al paro ‘profético’.
También los judíos y sus autoridades preferían que San Pedro y los apóstoles permanecieran callados, inactivos y mudos. Pero, desde su elección, Cristo los quería dinámicos y los enviaba de dos en dos con autoridad sobre los espíritus inmundos (Mc 6,7). Su actividad y su poder provenían del Espíritu de Dios. Cristo no quería creyentes en paro, sino activos y que se pusieran en camino con un bastón en la mano (Mc 6,8) para que predicaran la conversión, echaran demonios, ungieran a los enfermos con aceite y los curaran (Mc 6,13). Esta es la actividad que Jesús señaló a los suyos, y no sólo una presencia social en el mundo.
Los cristianos no podemos permanecer mudos y en paro eclesial, pues la mies es mucha y pocos los operarios. En la Iglesia abunda tanto el trabajo, que nunca pueden darse excedentes ocupacionales. Si hubiera cien mil apóstoles más, ninguno quedaría en el paro. En la Iglesia no hay nunca saturación de puestos de laborales.
Alabamos a Dios de todo corazón y con nuestros labios y con San Pablo decimos: «Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales» (Ef 1,3). Damos gracias a Dios por los dones recibidos para «ser alabanza de su gloria» (Ef 1,12) y utilizarlos en la Iglesia. Hemos de usar los dones que Dios nos da en favor de los pobres, los enfermos y los esclavizados por Satanás y por el pecado. Este trabajo no se concluye nunca. Aquí nunca hay paro laboral.
Señor y Padre: no permitas que seamos cristianos inactivos y vagos. Llama a nuevos trabajadores a tu viña. Que por nuestras obras y palabras conozca el mundo nuestra fe en Ti. Ayúdanos a dar en comunidad el testimonio de nuestra fe viva y repleta de buenas obras.
«Hijos míos: no estáis solos en vuestra actividad profética y evangelizadora. Yo trabajo con vosotros por medio de mi Espíritu. Uníos a mis obras y a la actividad salvadora de mi Hijo Jesús».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.