Domingo 28º del T.O.
LA INVITACIÓN DE DIOS
Es impresionante que nosotros, los hombres, a pesar de nuestra pequeñez y nuestros pecados, recibamos invitaciones del mismo Dios y del mismo Rey eterno de la gloria para su convite de manjares frescos y de buenos vinos (Is 25,6). Dios nos invita a todos. «Muchos son los llamados» (Mt 22,14), significa la «totalidad» de los humanos que reciben de maneras diversas la invitación del Dios que quiere que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tm 2,4). Dios nos invita a todos al banquete eterno de su gloria y de su amor.
Las respuestas a la invitación de Dios son muy variadas. Unos aceptan su invitación con alegría, con acción de gracias y pronta disponibilidad. Otros dan largas a la invitación de Dios y se dedican a otros menesteres y trabajos, según ellos importantes (Mt 22,5), aunque están equivocados. Sólo una cosa es necesaria: escuchar y obedecer a Dios. Muchos hay que se niegan a ir al banquete de Dios abiertamente lo rechazan. Algunos no sólo rechazan la invitación, sino que llegan incluso a asesinar a los mensajeros del Rey (Mt 22,6) con su fanatismo violento y antidialogante. Ellos mismos están firmando su sentencia de réprobos e indignos de Dios. Algunos aceptan el banquete del Rey, pero no cumplen las condiciones requeridas de limpieza (Mt 22,12).
Los enviados por Dios para dar a conocer la invitación a las Bodas del Cordero son numerosos; hombres y mujeres: niños y ancianos, doctos e ignorantes pueden transmitir el mensaje del Rey celestial, de palabra y por escrito, por los medios de comunicación social y, sobre todo, con el testimonio de fe y de santidad en sus vidas: «Son las lámparas que están ante el Señor del mundo» (Ap 11,4). Muchos sellarán su oficio de mensajeros de Dios con el rechazo de los hombres y con el mismo martirio. (Juan Pablo II recuerda frecuentemente el número ingente de mártires cristianos en este siglo XX que se jacta de una civilización global y universalista). ¡Dichosos son los que lavaron sus vestiduras con la sangre del Cordero y con la suya propia! Algunos trabajarán en la invitación del Reino a tiempo completo, como San Pablo, en abundancia y con hambre (Flp 4,12). Otros sólo parcialmente en horas disponibles.
El banquete de Dios ofrece manjares suculentos y vinos generosos. Se trata de manjares incorruptibles, imperecederos y eternos. Bebemos el vino de la sangre de Cristo que nos lava de todo pecado. Comemos el pan de la eterna Palabra de Dios y la carne de su Hijo amado, que da vida eterna a los que la comen. Disponemos del agua purísima y viva del Espíritu Santo, que nos bautiza, nos alivia, nos sana y nos da la vida eterna. El óleo santo de Espíritu divino condimenta los manjares del banquete de Dios, y los frutos y dones del Espíritu satisfacen todos los gustos de la felicidad sin término. «Quien a Dios tiene nada le falta», decía
Santa Teresa. ¡Dichosos los que ya nunca pasarán hambre y sed en el Banquete de Dios! Y desdichados los que rechazaron el banquete de Dios, porque pasarán hambre y sed para siempre.
¡Gracias, Padre de bondad, por tu invitación al banquete de las Bodas eternas de tu Hijo con nosotros!
¡Gracias por los dones y manjares de felicidad eterna que nos ofreces!
Padre amado, aceptamos tu invitación a tu eterna dicha y a tu banquete interminable y gozoso. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.