Domingo 11 del T. O.
VIVIR JUNTO AL SEÑOR
El creyente desea encontrarse con su Dios y tener la experiencia de su fe en Él dentro de los tres parámetros de la existencia humana: en el presente, en el pasado y en el futuro. Con San Pablo exclamamos: «Preferimos vivir junto al Señor» (2 Co 5,8).
Recordamos nuestras experiencias de fe en el pasado y le agradecemos a Dios los momentos especiales vividos en su fe y su amor. Repasamos los hechos pasados de la vida de Cristo y tratamos de revivirlos en la meditación, en la aplicación de sentidos y en la actividad contemplativa. Consideramos cómo el Señor plantó su rama más tierna en la montaña más noble de Israel, para que eche brotes y dé fruto y se haga un cedro noble, en donde habiten y se posen las aves de toda pluma (Ez 17,23). Y ese árbol que nos acoge a todos es Cristo.
El recuerdo de Cristo, que brotó de la noble raíz de Jesé, sigue atrayendo a lo largo de los siglos a hombres y mujeres de todos los países, que peregrinan al monte de Sión y al monte Tabor, o a la cumbre de la Ascensión de Cristo, para revivir su recuerdo en esta tierra que pisó con sus plantas. Así tratamos de vivir las maravillosas experiencias con Dios y con Cristo en el pasado.
Nos esforzamos en vivir por fe en cada hoy la presencia de Jesús, a través de su Palabra, de sus sacramentos y de su acción santificante en nuestro ahora. El Señor está echando la simiente de su vida divina en la tierra interior de nuestros corazones (Mc 2,46). Si no le ponemos impedimentos, esta simiente de vida divina crece en nosotros y da frutos de fe, de amor, de esperanza, de gozo y de paz. En el presente de cada uno debe darse la experiencia del Dios vivo dentro de nosotros y dentro de la Iglesia, que es el árbol divino que crece y nos acoge para que podamos gustar qué bueno es el Señor. Nuestro presente desde la fe puede estar habitado por Dios.
Con San Pablo sabemos que aún «vivimos desterrados lejos del Señor» (2 Co 5,6). Muchos, como San Pablo y Santa Teresa de Ávila, desean «desterrarse ya de este cuerpo para vivir junto al Señor» (2 Co 5,8) sin velos, de manera plena y definitiva.
El futuro y la inmortalidad del hombre están proyectados para el encuentro glorioso con el Señor Jesús. ¡Experiencia maravillosa y terminal la de los hijos con su Padre Dios! Y fracaso total el del hombre en una eternidad sin Dios como felicidad sin término.
Mientras caminamos hacia nuestro futuro destino, concédenos, Señor, que siempre «en destierro o en patria, nos esforcemos por agradarte» (2 Co 5,9). Amén.
«Yo soy el mismo ayer, hoy y siempre. Yo soy el centro del cosmos y de la historia, el Señor del tiempo y de la eternidad. Pasa pronto la figura de este mundo presente en el que estáis tan inmersos. Aprovechad santamente y con intensidad el tiempo de vuestro paso por la tierra. Dad limosna; acoged a los necesitados y Yo os acogeré a vosotros en las moradas eternas».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.