Domingo 17 de marzo

17.03.24

Domingo 5º de Cuaresma

LA HORA DE LA GLORIFICACIÓN

Al acercarse el momento de la Pasión de Cristo, llega también «la hora en que el Hijo del hombre es glorificado» (Jn 12,23) por su muerte y por su resurrección y por sus hechos magníficos. Cuando Cristo devuelve la vida a Lázaro desde el mundo de los muertos, actúa así para que los que creen «vean la gloria de Dios» (Jn 11,40). La victoria de Cristo sobre la muerte marca la hora de su glorificación. Él puede presentarse ya como «la resurrección y la vida» (Jn 11,25).

El Padre es glorificado por la obediencia, el sufrimiento y la consumación de Cristo (Hb 5,8-9). Toda la entrega sacrifical de Cristo se orienta a que el Padre sea glorificado por la destrucción del pecado de los hombres: «Padre, glorifica tu nombre» (Jn 12,28) por medio de la muerte y resurrección de tu Hijo Jesús. Jesús glorifica también al Padre porque, desde su muerte en cruz, «el príncipe de este mundo es echado fuera» (Jn 12,31). Y Jesús es glorificado por el Padre porque «se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de la salvación eterna» (Hb 5,9).

Cristo es glorificado en su muerte, pues, como grano de trigo caído en tierra, da mucho fruto (Jn 12,24), y los redimidos por Él son glorificación suya. Cristo recibe gloria, porque con su muerte y resurrección se cumple la promesa del Espíritu Santo (Jn 14,26), que viene para manifestar la gloria de Jesús, tomando de lo suyo para dárnoslo (Jn 16,14).

Desde su ascensión a los cielos, Cristo tiene la misma gloria que el Padre y la que tuvo antes de que el mundo existiera. Ahora sólo le falta a Jesús manifestarnos el resplandor de su gloria en compañía del Padre.

Dios, finalmente, será glorificado en nosotros a imitación de Jesús, cuando Él perdone nuestros crímenes y no recuerde nuestros pecados y nos dé, en cambio, conocimiento del Señor desde el pequeño al grande (Jr 31,34). Será la señal de una nueva alianza, grabada en los corazones (Jr 31,33), que glorificará definitivamente al Señor. No es bastante que el Padre glorifique al Hijo; también los hombres tenemos que glorificarlo cada día con obras y palabras buenas. La semilla de la gloria de Dios ha de estar en nosotros hasta que crezca y llegue a su eterna plenitud.

Esperamos estar en la gloria del cielo unidos a Cristo, Esposo glorificado y llevado a la consumación (Hb 9,5a). En la Eucaristía ya se nos ha dado una prenda de la gloria futura, que deseamos desde ahora. Por el don de la vida eterna seremos «gloria de Dios y de Cristo para siempre» (CatIC # 1992).

Señor Jesús: que todo en nosotros, gozo y trabajo, dolor y muerte «sirvan para gloria de Dios» (Jn 11,4). Auméntanos la fe, pues Tú dijiste a Marta que, «si creemos, veremos la gloria de Dios» (Jn 11,40). Apresura la hora de tu glorificación en el mundo para que muchos crean y Te den gloria.

«El Padre me glorifica. Dadme vosotros también gloria cada día con vuestra vida y vuestras buenas obras. Mi gloria crecerá en vosotros como una espiga hasta que el grano madure. A mis servidores el Padre los premiará (Jn 12,26), y mi gloria será vuestro premio».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.