Domingo 13º del T.O.
LA VIDA FECUNDA DE DIOS
La vida de los servidores de Dios es una vida espiritualmente fecunda, aunque hayan renunciado a tener una descendencia biológica. «El que pierde su vida por Cristo, la encontrará» (Mt 10,39), renovada y llena de vitalidad. El grano de trigo ha de morir en tierra para resucitar multiplicado en los granos de la espiga. Los hombres y las mujeres de Dios participan de la abundante fecundidad espiritual de la Iglesia, Esposa de Cristo.
A través de la intercesión de Eliseo, «hombre de Dios» (2 R 4,9), la mujer sumamíta, que le recibe en su casa, alcanza la bendición de la fecundidad y la descendencia no esperada: «El año que viene por estas fechas abrazarás un hijo» (2 R 4,16).
A través de Cristo, el Hijo Santo de Dios, nosotros que estábamos muertos por el pecado, al sumergirnos en la muerte del que es la Vida, renacemos a la vida de hijos de Dios y podemos «andar en una vida nueva» (Rm 6,4) y espiritualmente fecunda. Sólo Cristo nos puede hacer en Él vivos para Dios (Rm 6,11). Desde el bautismo nos incorporó a su vida, llena de fecundidad en el Espíritu. Hemos de anteponer esta vida de Cristo a nuestra propia vida; el compromiso con Cristo al compromiso con nuestra propia familia (Mt 10,37).
Cristo es plenitud de vida y de sanación para nosotros. A través de la muerte de nuestro yo mundano, alcanzamos nuestra vida nueva en plenitud y recuperamos nuestra vida enriquecida con la vida y la fecundidad de Dios. Unido a Cristo, que es la vid verdadera, todo hombre da frutos abundantes de servicio, de santidad y de amor. La vida de Dios en nosotros nos enriquece, nos bendice, nos hace espiritualmente fecundos.
El que acoge a la palabra de Dios se convierte en hermano, en hermana y en madre de Cristo y participa de la abundante fecundidad de la familia de Dios. El que acoge a los enviados de Cristo, acoge al mismo Cristo y a su Padre (Mt 10,40), Difícilmente puede ese tal sentirse estéril con tan prolífica familia de hijos de Dios y hermanos de Jesús. El Absoluto lo es Dios; nuestras vidas no son lo absoluto ni la vida verdadera y definitiva. Y Cristo es el que nos da su vida definitiva para siempre. ¡Bendito sea por los siglos!
El Pan de la Palabra dánosle hoy” Ciclo A – Ceferino Santos S.J.