Domingo 16 del T.O.
COHERENCIA ENTRE EL DICHO Y HECHO
«Del dicho al hecho va mucho trecho», dice el refrán castellano. Es una pena que suceda así, con frecuencia, en nuestra vida espiritual y que nuestras obras malas e imperfectas desdigan de nuestros rectos y sensatos discursos. Los apóstoles, al volver de su envío apostólico, «contaron a Jesús todo lo que habían hecho y enseñado» (Mc 6,30). Cristo les había instruido para que fueran coherentes en sus enseñanzas y en sus obras, para que no les sucediese lo que a los fariseos que no hacían lo que enseñaban: «No imitéis sus obras; porque ellos dicen, pero no hacen» (Mt 23,3). En sus vidas eran incoherentes con lo que enseñaban.
Jesús quiso hacerse servidor nuestro, siendo el Señor. Por eso, cuando fue a descansar un rato con sus discípulos (Mc 6,31), al encontrarse con la multitud que lo esperaba, «se puso a enseñarles con calma» (Mc 6,34) y a servirles, dándoles su tiempo y su descanso.
Los malos pastores no guardan coherencia con su título y su nombre de «pastores y vigilantes» de las ovejas, a las que no ofrecen buenos pastos ni buenos hechos. En vez de unificar al rebaño, los malos pastores «dispersaron las ovejas, las expulsaron y no las protegieron» (Jr 23,2). En cambio, Dios predica palabras de unidad y la construye: «Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas… para que crezcan y se multipliquen» (Jr 23,3).
Cuando Cristo habla de unidad, la realiza, derribando al odio, el muro que nos separa (Ef 2,15). Cristo habla de la paz y la construye en Él. «Él mismo es nuestra paz» (Ef 2,14). «Él vino y trajo la noticia de la paz» (Ef 2,17), efectuando la paz con Dios y con los hombres: «Reconcilió con Dios a los dos pueblos (judíos y gentiles), uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en Él al odio» (Ef 2,16). Jesús nos dice que nos renovemos en santidad y justicia y, a la vez, con su acción redentora nos hace criaturas nuevas y «un solo hombre nuevo» (Ef 2, 15b), nosotros, unidos a Él y a los hermanos en el amor y en la fe. Sólo Cristo es verdaderamente grande en obras y en palabras.
Concédenos, Señor Jesús, acoger tus palabras y vivirlas. Danos coherencia entre lo que decimos en tu nombre y lo que hacemos. Haz que lo que decimos dé gloria a tu Padre Celestial, porque se corresponde exactamente con nuestras buenas obras. Modélanos parecidos a Ti, Jesús, que hacías las obras buenas que predicaste. Amén.
«Amigos míos: Yo siempre os prediqué más con mis ejemplos que con mis palabras. Yo amo la Palabra viva, que es actuación y hecho. Por eso, amo vuestras acciones santas. Mis palabras son hechos salvadores. Que vuestras buenas palabras concuerden con vuestros buenos hechos y vuestras vidas con mi doctrina salvadora».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.