Domingo 4º de Adviento
EL TEMPLO DE LA DIVINIDAD
David quiso construir un Templo para Yahveh, digno y majestuoso (2 S 7,5), pero ningún templo de mármoles, maderas preciosas y piedras macizas es suficiente para la divinidad del único Dios. Sólo es digno de Dios un templo indestructible y no hecho por mano de hombres, sino por la mano de Dios. Un templo humano se concluye en unos años. El Templo de Dios estará en construcción continuada hasta el final de los tiempos.
Es Dios quien nos construye una casa para siempre (2 S 7,16) y hace de nosotros piedras vivas para el Templo de Dios. En la Santa Humanidad de Cristo se comenzó el Templo indestructible para Dios. Cristo es la piedra angular y el cimiento firme que integra a la Jerusalén celeste. Jesús es el Santo que va a nacer y que se llamará Hijo de Dios (Lc 1,35). En él mora la divinidad del Verbo de Dios; Él es el nuevo Templo de Dios en construcción desde el seno de María. En Él mora el Espíritu Santo. Hoy no bastan los templos de piedra si no están habitados por el Hijo de Dios.
En María Virgen se está edificando también el nuevo Templo del Señor, invadido con la sombra y la fuerza del Espíritu de Dios (Lc 1,35) y habitado por el Hijo del Altísimo (Lc 1,32). María es Templo purísimo de Dios.
Nosotros tenemos que convertirnos en piedras vivas del Templo del Señor, edificadas como templo del Espíritu (1 P 2,5) desde el día de nuestro bautismo. Somos piedras imperfectas, manchadas, en continua reparación y limpieza renovadora, mientras llega el día de la eterna Jerusalén. Mientras tanto, pedimos con María a Dios que en nuestro templo «se haga según la Palabra de Dios» (Lc 11,38). Rogamos que Dios «fortalezca según el evangelio» (Rm 16,25) nuestro templo interior; que en él «se revele el misterio mantenido en secreto durante siglos eternos (Rm 16,25b), hasta que sean «atraídas todas» las naciones a la obediencia de la fe» (Rm 16,26) por Jesucristo y se dé «al Dios, único sabio, la gloria por los siglos de los siglos» (Rm 16,27).
Paso a paso, se irá construyendo así el maravilloso, cósmico y definitivo Templo de Dios. La santa humanidad de Jesús y de María, su Madre, son ya dos piedras brillantes y santísimas en este Templo en construcción. Admítelos, Señor, como piedras vivas y santas en tu Templo. Amén.
“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.