Domingo 25 de febrero

25.02.24

Domingo 2º de Cuaresma

LA GLORIA DE JESÚS

Jesús es el Ungido del Padre, como su Hijo bien amado (Mc 9,7), con supremos poderes sacerdotales, reales y proféticos, para realizar así su misión salvadora entre los hombres. En la transfiguración apareció la gloria divina de Jesús. Él es superior a Moisés, el legislador, (Dt 18,18). Él es el gran Profeta, mayor que Elías, con quien conversa en la montaña santa (Mc 9,4) y donde vive el desvelamiento de sus divinos poderes sacerdotales, reales y proféticos.

Nosotros, que participamos desde el bautismo de la vida de Cristo y de su sacerdocio real y profético, y hemos sido revestidos de Jesús, tenemos que vivir como sacerdotes, profetas y reyes imitándolo y siguiéndolo. No podemos permanecer inmóviles y quietos en el monte (Mc 9,5). Hay que bajar de la montaña (Mc 9,9) para comprometerse con la misión y la suerte de Cristo, Maestro y Salvador de los hombres. A Él el Padre le ha concedido poderes sacerdotales para que realice nuestra redención y se entregue como víctima a la muerte por nosotros (Rm 8,32). El Padre le entregó también poderes reales para resucitar de entre los muertos y estar como Señor de todo a la derecha de Dios (Rm 8,34b), intercediendo por nosotros. Él tiene poderes judiciales para absolvernos de nuestros pecados y para que nadie nos condene (Rm 8,34a).

Gracias a los poderes proféticos de Cristo recibimos una enseñanza salvadora y llena de autoridad, por la cual el Padre nos dice: «Éste es mi Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Todos los poderes que recibimos de Cristo han de ser puestos al servicio de Dios, pues Él los reclama para sí, como exigió a Abrahán la entrega de lsaac, el hijo de la promesa (Gn 22,2).

En la entrega a Jesús, el Unigénito de Dios, todos quedamos bendecidos (Gn 22,17) con la fecundidad espiritual, que enriquece a la Iglesia con nuevos hijos de Dios y les da poderes reales, proféticos y sacerdotales para «conquistar las puertas de las ciudades enemigas» (Gn 22,17b) y para vencer las sutiles fuerzas del mal. Como pueblo sacerdotal ofrecemos a Dios un sacrificio de alabanza, invocando su nombre glorioso (Sl 115,17); y como pueblo profético podemos anunciar al Dios que nos justifica (Rm 8,33) y nos da todos los dones de salvación en el Hijo (Rm 8,32).

¡Gracias, Padre, por habernos enriquecido y revestido con los maravillosos dones de tu Hijo Jesús! Ayúdanos para que seamos fieles colaboradores en la misión sacerdotal, profética y regia de Jesús.

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.