Domingo 26 de enero

26.01.25

Domingo 3ª Semana (Ciclo C)

LOS UNGIDOS DE DIOS

Cristo es el Ungido de Dios, el consagrado con su Espíritu: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido» (Lc 4,18). En su bautismo en el Jordán Cristo fue ungido como Maestro y como profeta, como Señor y hacedor de milagros, como Sumo y eterno Sacerdote. Recibió la unción del Espíritu para dar la Buena Noticia a los pobres y anunciar a los injustamente oprimidos la gracia de la libertad (Lc 4,19). Los ungidos de Dios pueden actuar como verdaderos libertadores de los oprimidos por la fuerza del Espíritu de Dios. Para liberar a los hombres, nosotros los cristianos tenemos necesidad de una fuerte y honda efusión del Espíritu de Jesús.

En el Cuerpo místico de Cristo todos sus miembros hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo (1 Co 12,13). Todos somos ungidos del Señor y tenemos que actuar como tales. Los diversos ministerios de apóstoles y profetas, de maestros y milagros, de curaciones, de lenguas y de gobierno (1 Co 12 19), sin la unción del Espíritu, pierden su fuerza testimonial y su eficacia.

La proclamación de la palabra de Dios sin la unción del Espíritu se convierte en letra muerta. Con la fuerza del Espíritu la Palabra se hace viva y transforma los corazones, como le sucedió al sacerdote Esdras, cuando anunció el libro de la ley al pueblo con la poderosa bendición de Dios (Ne 8,3.5-6).

Todos los creyentes hemos sido ungidos con el Espíritu de Dios en el bautismo sacramental. Pero, tal vez, no hemos revivido en nosotros los dones recibidos en él y los tenemos como dormidos. Como somos débiles, necesitamos nuevas unciones sacramentales en la confirmación, en la penitencia, en la Eucaristía… Además, para cada nueva misión o ministerio, se requieren nuevas unciones del Espíritu de Dios. Pedimos estas unciones continuadas para que se renueve y se fortalezca la Iglesia cansada y sin verdadera eficacia apostólica.

Unge, Jesús, nuestras personas y ministerios con la fuerza. de tu espíritu. ¿Cuándo, Señor, va a llegar esa maravillosa primavera de la Iglesia que esperaba Juan Pablo II a los comienzos de un nuevo milenio? Úngenos con tu Espíritu, Señor Jesús, y apresura la hora de un nuevo Pentecostés a las puertas del tercer milenio de tu Nacimiento y Redención.

“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo C – Ceferino Santos S.J.