Domingo 28 de julio

28.07.24

Domingo 17 del T.O.

LA MARAVILLA DE COMPARTIR

Dios no nos pide a todos realizar grandes cosas y milagros llamativos; pero sí nos exige compartir generosamente y ser hombres para los demás. Eso es lo que Dios hace continuamente: compartir y entregarse. «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente» (Sl 144,16). En el libro de los Reyes, el hombre de Bal-Salisá comparte con el profeta Eliseo el pan de las primicias, y éste no lo almacena para sí, sino que lo comparte con la gente que está con hambre a la puerta: «Dale los panes a la gente para que coman» (2 R 4,43), dice Eliseo a su criado. El milagro de que comieran cien personas con veinte panecillos y sobrase (2 R 4,44), es la añadidura de Dios al compartir generoso del profeta.

En el evangelio, ante la multitud hambrienta, Jesús pide al muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces (Jn 6,9), que los comparta con la gente. La multiplicación de los panes y los peces es ya la obra milagrosa de Cristo, que quiere compartir con nosotros su poder y su misericordia. El compartir hace de nosotros una sola familia en torno a una misma mesa.

Andan, a veces, muy divididas las iglesias cristianas. El camino de compartir más, incluso los mismos bienes materiales, favorecería la unión en el Espíritu. Tendremos que compartir más con amor, con servicialidad, con humildad y amabilidad, con paciencia y comprensión, manteniendo la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz (Ef 4,2-3). Los resultados serán maravillosos.

Al compartir hacemos un solo cuerpo; tenemos una sola meta de la esperanza (Ef 4,4); tenemos un solo Señor, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todo (Ef 4,5-6). ¿Por qué teniendo tanto en común, vivimos divididos los cristianos? ¿Por qué no recorremos juntos el camino de salvación que es Jesús?

Líbranos, Señor, del egoísmo, de la mirada estrecha y de la resistencia a compartir con los demás. Líbranos pronto del pecado de la desunión eclesial. Somos un antitestimonio cuando no compartimos más nuestros bienes materiales y espirituales, como familia bien avenida, en torno a la mesa del Señor.

¡Que Dios que lo penetra y lo invade todo (Ef 4,6), nos una en su persona, en sil fe y en su amor! ¡Que Dios nos haga salir de nuestros egoísmos y estrecheces mentales y teológicas para poder ser hombres para Dios, para los demás y para su única Iglesia (y no para las «nuestras»)! La iglesia es tuya, Señor, y no «nuestra».

«Yo, vuestro único Maestro, os he dado mi persona, mi cuerpo y mi sangre, mi Corazón y mi Espíritu, mi herencia y mi Reino. He querido compartir todo lo mío con vosotros. ¿Podréis vosotros seguir encerrados en vuestros exclusivismos egoístas? Compartid con los hermanos los dones espirituales y materiales, que Yo os he dado».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.