Domingo 17º del T. O.
Y LA PERLA PRECIOSA ERA CRISTO
Sin advertirlo, nos movemos en medio de tesoros espirituales ocultos, como el campesino que vive pobremente porque no sabe que bajo su campo existe un mar de petróleo. Necesitamos buscadores de las escondidas riquezas de Dios, que las descubran. Tendremos que esforzarnos y cavar en el subsuelo de nuestras rutinas para encontrar los tesoros escondidos de Dios. Hace unos años, en la espiritualidad tradicional se llamaba a la devoción al Corazón de Cristo «el tesoro escondido». Algunos parece que aún no se han enterado de que en Él «están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» y «la plenitud de la divinidad» (Letanías del Sgdo. Corazón de Jesús) y, por eso, no acuden a Él y siguen en su indigencia religiosa.
Otros han descubierto las riquezas escondidas de Dios en el misterio de su Palabra revelada y viven de su meditación y de su estudio por encima de todas las palabras de los hombres y de la ciencia humana. Pero el gran regalo que el Padre nos ha hecho ha sido su mismo Hijo Jesús: Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su Hijo unigénito.
Cuando un cristiano encuentra la perla preciosa y de gran valor (Mt 13,46) que es Cristo, vende todo lo que tiene para adquirirla y al poseerla se llena de alegría. ¿Por qué hay tantos cristianos tristes? ¿Es que aún no poseen la perla preciosa y el tesoro escondido que es Cristo? Cristo es un capital tan grande que no lo puede agotar un solo hombre nunca. Por eso, Jesús es un infinito tesoro que debe ser compartido con todos los demás, que forman la comunidad humana y eclesial. Hay tal abundancia de dones espirituales y eternos en Jesús, que podemos ir «sacando del arca de su divinidad lo nuevo y lo antiguo» (Mt 13,52) sin agotar nunca sus innumerables tesoros y sus arcanas riquezas.
El Señor quiere darnos como a Salomón «un corazón sabio e inteligente» (1 R 3,12) para que conozcamos y valoremos con discernimiento espiritual las perlas preciosas que existen escondidas en Cristo y para que luego sepamos utilizarlas, amarlas y ofrecerlas a los demás que padecen pobreza y miseria espiritual.
Cuenta una fábula que al avaro que contaba continuamente sus doblones de oro se le puso la cara amarillenta con el color del precioso metal. Los que valoran, estiman y contemplan de continuo a Cristo van a irse «transformando a imagen del Hijo primogénito» de Dios (Rm 8,29). Nos llamará a su intimidad personal; nos transformará en justos con su justicia, nos embellecerá con su santidad y, finalmente, con Él nos glorificará (Rm 8,30). Amaremos más a Cristo y nos iremos convirtiendo en Él, nuestro tesoro, nuestro amor y nuestra gloria. Sólo Dios puede decirnos como a Salomón: «Pídeme lo que quieras» (1 R 3,6). Él es la fuente de todos los tesoros y de todos los bienes.
Te damos gracias, Padre celestial, por toda la riqueza de gracias y de dones que nos has concedido en Cristo. Gracias por tu elección y tu fe, por tu justicia y por tu amor, por la oración y la esperanza, por la fortaleza y los carismas, por los dones y los frutos del Espíritu. Gracias por el tesoro de María, vida, dulzura y esperanza nuestra. Y gracias, sobre todo, por Jesús tu Hijo, Salvador, vida y santificación nuestra. No permitas que nunca perdamos el tesoro inagotable de Jesús. Amén.
El Pan de la Palabra dánosle hoy” Ciclo A – Ceferino Santos S.J.