Domingo 31 de diciembre

31.12.23

Domingo octava de Navidad

La Sagrada Familia

FAMILIAS DESDE LA FE

Cristo mismo quiso nacer, crecer y vivir en una familia que fuese hogar de fe en Dios y comunidad de miembros unidos en el amor. María y José con la ayuda de Dios superan todas sus dificultades, viven su fe común, oran juntos, juntos suben al Templo para cumplir la ley del Señor y presentar a Dios el recién nacido de María (Lc 2,23).

Allí se encuentran con Simeón y con Ana, ancianos llenos de fe y de esperanza mesiánica, que viven de su fe y la trasmiten, llenos de Espíritu Santo (Lc 2,27.38), a los que encuentran a su lado.

Sólo desde un ambiente fuerte de fe comunitaria puede mantenerse hoy estable la familia cristiana, unidos a Cristo, presencia viva, luz y fuerza, como lo fue para María y para José, para Simeón y para Ana, la anciana profetisa (Lc 2,36).

Eran la Sagrada Familia las tres personas más agradables a los ojos de Dios Padre y a su Espíritu Santo. Eran comunidad abierta a Dios, a sus inspiraciones, a su amor y a su vida. Eran comunidad abierta a sus hermanos, los hombres a los que Jesús venía a redimir y a salvar, y a los que María tendría que recibir como hijos, engendrándolos espiritualmente como madre.

Necesitamos comunidades familiares y eclesiales de acogida, de comprensión mutua, de misericordia entrañable, de bondad sincera (Col 3,12). Pedimos a Dios comunidades de respeto y estima mutua: «el que respeta a su padre tendrá larga vida; al que honra a su madre el Señor lo escucha» (Eclo/Si 3,7). Necesitamos comunidades de unión y de paz cristianas, donde «la paz de Cristo actúe de árbitro en los corazones, puesto que a ella hemos sido convocados en un solo cuerpo (Col 3,15).

Necesitamos, sobre todo, en nuestro mundo de hoy comunidades santas, como la de la familia de Nazaret, frente a comunidades y familias rotas y divididas por el egoísmo, la avaricia, la violencia y el pecado. (A veces van tan mal las cosas en las familias que dice el refrán castellano: «más vale andar solo que mal acompañado». Lo maravilloso es andar bien acompañado siempre por una comunidad santa y llena de bendiciones de Dios, como la de José, María y el Niño Jesús).

Señor Jesús: sana las iglesias divididas y las familias rotas, y danos la compañía de hermanos y hermanas santos en comunidad contigo, con tu Madre María y con San José. Señor, haznos miembros bien unidos de tu santa y eterna Familia. Admítenos en tu sagrada Familia, en comunidad de amor y de servicio y de intimidad santa contigo, con San José, con María, con tu Padre Celestial y tu Espíritu de revelación y santidad. Haznos comunidades llenas de tu Espíritu Santo. Sólo las familias que viven desde su fe, pueden ser trasmisoras de la fe y de la salvación que han experimentado en ellas. Las familias creyentes son un don para el mundo.

Señor Jesús: en un mundo donde abundan las familias rotas, heridas, faltas de fe en Dios y de perdón mutuo, Te pedimos por intercesión de tu Madre María y de San José, santo patrono del hogar cristiano, que nos concedas familias firmes en la fe y en el amor, trasmisoras del gozo de su creencia y del testimonio elocuente de sus vidas, llenas de Dios. Amén.

“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.

Día 7º de la Octava de Navidad

EN EL PRINCIPIO

Antes del tiempo, «en el principio ya existía la Palabra», o el Verbo de Dios (Jn 1,1), que estaba en Dios y era Dios. Por eso, existía desde siempre en el seno eterno de Dios y fuera del tiempo que huye. Pero la Palabra de Dios se mezcló con el tiempo por amor a los que vivimos en el tiempo y para que el tiempo no quedara perdido y lejano de su ser eterno y maravilloso y así pudiera acogernos a los que vivimos inmersos en el tiempo. ¡Qué gozo poder recibir la eternidad del Verbo de Dios en nuestro tiempo fugaz y limitado!

¡Qué dicha acoger la luz intemporal de Dios en nuestras tinieblas terrenales! Pero «la luz brilló en la tiniebla humana y la tiniebla no la recibió» (Jn 1,5). ¡Éste es el drama de tantos hombres sin rumbo iluminado en la trágica satisfacción de sus tinieblas!

Nosotros, en cambio, queremos acoger en nuestras vidas al que existía antes que el tiempo y antes que Juan (Jn 1,16); al que ya era antes que Abrahán (Jn 8,58), al que preexistía en Dios desde siempre y «está en el seno del Padre» (Jn 1,18). Nos perdemos en el misterio del principio de Dios y de su Palabra, nosotros, los pequeños y pecadores, que vivimos un momento pasajero del tiempo… y nos marchamos para siempre. Queremos vivir «ungidos por el santo» (1 Jn 2,20), y unidos a Él queremos esperar «la última hora» (1 Jn 1,18) del tiempo que se acaba para penetrar en la eternidad de Dios.

Señor, Palabra eterna: Te damos gracias por las horas y momentos de este año que hemos vivido Contigo, en tu verdad, en tu amor y en tu fe. Te damos gracias por todos los que vivieron este año su «última hora» del tiempo Contigo y Contigo pasaron a la eternidad luminosa y a la luz indeficiente. Queremos nombrarte Señor de nuestras horas hasta que amanezca el día eterno Contigo.

«Señor de nuestras horas, Origen, Padre y Dueño,

que con el sueño alivias y, en la tregua de un sueño,

tu escala tiendes a Jacob.

Al filo de los gallos, en guardia labradora,

despierta Tú en los hombres los fuegos de la aurora»

y ven, Jesús, eterno sol. Amén.

“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.