Domingo 6º de Pascua
AMOR AL ENFERMO Y AL ANCIANO
La jornada del enfermo y del anciano es una fecha para la comprensión y el amor. El amor de Dios se extiende a todos los que salimos de sus manos: «Es claro que Dios no hace distinciones, y acepta al que lo teme y practica la justicia sea de la nación que sea» (Hch 10,34-35). Si el amor de Dios se extiende a los hombres de todas las razas y de todos los tiempos, nosotros debemos imitar a Dios «amándonos los unos a los otros, porque todo el que ama ha nacido de Dios» (1Jn 4,7).
Cristo, a imitación del Padre que le ama, quiere a todos sus discípulos y les pide que permanezcan en su amor (Jn 15,9). El amor de Cristo ha de extenderse al Cristo total y, de una manera especial, a los enfermos, a los ancianos y desvalidos, que son imagen visible del Cristo invisible: «Estaba enfermo y me visitasteis» (Mt 25,36). El mandamiento de Cristo es éste: «que os améis los unos a los otros como Yo os he amado» (Jn 15,12). La Iglesia señala hoy, en esta jornada, entre los otros que hay que amar, a los enfermos.
El amor de Cristo, que hemos de imitar, fue un amor de presencia. «En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de Él» (1Jn 4,9). Cristo se hacía presente a los enfermos; se hace presente a nosotros en la Eucaristía, y se presenta a los enfermos a través de nuestra visita y nuestra intercesión por, ellos.
Fue el amor de Cristo un amor de escucha. El preguntaba al enfermo, no por pura cortesía, sino en serio, y luego le escuchaba y le dejaba hablar. «¿Qué quieres que haga? «, le dice al ciego. «Señor, que vea» (Mc 10,51). El amor de Cristo al enfermo fue un amor en la mirada. Así debe ser el nuestro. Me intereso por el enfermo y le miro. Ante la mujer encorvada, Jesús, «al verla la llamó y la curó» (Lc 13,12).
Fue un amor el de Jesús en las palabras. Tenía palabras de interés, solicitud y ternura con los enfermos. El paciente necesita palabras de aliento, de oración por él y de cariño. Que digan de nosotros como de Cristo ante Lázaro: «Mirad cómo lo amaba» (Jn 11,36). El amor de Cristo al enfermo fue un amor de gestos de afecto. «Jesús tomó la mano al enfermo, lo curó y lo despidió» (Lc 14,4). A veces sólo con tomar la mano del enfermo o del moribundo entre las nuestras, aquél se siente acompañado, comprendido y amado.
Finalmente, el amor de Cristo fue un amor de obras de asistencia. Un amor así hemos de manifestar a nuestros enfermos cada día. San Ignacio de Loyola decía que «el amor se debe poner más en las obras que en las palabras» (Ejercicios Esp., 230). Y esto vale con Dios, pero también con los enfermos y los ancianos. En ellos servimos y amamos a Cristo mismo.
Señor Jesús, que lavaste los pies de los discípulos y acogías a los enfermos: enséñanos a amarte en los hermanos dolientes y enfermos y en los ancianos con obras de amor y de servicio. Haznos instrumentos de tu consuelo para ellos.
«Venid, benditos de mi Padre a poseer el Reino. Estuve enfermo y me visitasteis, me atendisteis y me consolasteis. Cada vez que lo hicisteis con uno de mis pequeños, Conmigo lo hicisteis. Comunicad mi amor y mi comprensión al anciano y al enfermo. Mi amor los consolará y los sanará de su soledad y sus heridas».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.