Domingo de la 3ª Semana de Pascua
¡ES EL SEÑOR! (Jn 21,7)
Cristo, hoy como ayer, sigue teniendo opositores a su señorío universal. Se impone, pues, el seguir proclamándolo Señor ante el mundo por todos los medios lícitos y posibles. Tras la pesca milagrosa en el lago de Galilea, Juan reconoce la acción de Cristo y al Resucitado. Por eso exclama: «[Es el Señor!» (Jn 21,7). Cristo acaba de mostrar su señorío sobre los peces del lago y sobre las mentes incrédulas de sus discípulos. Pero Jesús desea extender su dominio hasta nuestros mismos corazones y nos vuelve a preguntar como a Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» (Jn 21,17). Nuestra respuesta ha de reconocer su señorío sobre nuestro amor: «Señor, tú conoces todo; tú sabes que te quiero» (Jn 21,19b).
Los apóstoles, ante el tribunal judío, testifican con el Espíritu Santo (Hch 5,32) que Dios resucitó a Cristo como «Señor y Salvador» (Hch 5,31) para la conversión de Israel y confiesan su señorío sobre todo.
En la maravillosa escena del Apocalipsis, los Ancianos, los ángeles y toda la creación celestial proclaman el señorío del Cordero inmolado con un himno cósmico de voces millonarias: «Honor y gloria y poder a Él por los siglos» (Ap 5,13). Nos resta que nosotros unamos nuestras voces al clamor y a la adoración de los ángeles y los ancianos del cielo, glosando su himno solemne con nuestros corazones y con nuestros labios:
Sólo a Aquél que se sienta en el Trono
y al nombrado Cordero de Dios
sean la honra, la gloria y poder
y por siglos y siglos, amor.
El Cordero, que ha sido inmolado,
digno es de tomar potestad,
la riqueza, la fuerza y la ciencia,
y alabanza y dominio sin par.
Eres digno de abrir los secretos
de aquel rollo sellado por Dios.
Fuiste muerto y tu muerte sagrada
para Dios todo un pueblo adquirió.
Toda lengua y nación, toda raza
sacerdotes serán del Señor,
y tendrán que regir a la tierra,
convertida en el Reino de Dios.
Sólo a Aquél que se sienta en el trono
y al nombrado Cordero de Dios,
sean la honra, la gloria y poder
y, por siglos y siglos, amor.
En el entretanto proclamaremos ante los hombres a Cristo como Señor y Salvador universal (Hch 5,31) en la conversación privada, con la vida y el testimonio, con los medios de comunicación social: la radio, la televisión, con la palabra y con la música; con el poder y carismas de lo alto. ¡Que tu Nombre, Señor, sea glorificado y resuene en toda la tierra!
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo C (Ceferino Santos S.J.)