Domingo 5 de noviembre

5.11.23

Domingo 31 º del T.O.

MAESTRO, PADRE, JEFE

Verdaderamente Padre, sólo hay uno, el del cielo (Mt 23,9), que creó nuestras almas, planeó nuestros cuerpos y a todos nos dio la vida, porque de Él toda paternidad desciende en el cielo y en la tierra (Ef 3,15). Nosotros sólo dependemos plenamente como hijos del Padre celeste, y vivimos subordinados a su querer y a su mandato como colaboradores obedientes en su campo y en su Reino. Hechos a imagen y semejanza de Dios no podemos borrar la marca de hijos de Dios en nuestras existencias humanas.

En lo espiritual, tampoco somos ‘maestros’ en sentido pleno, sino sólo «discípulos de Dios» (Jn 6,45). Ahora, en la ausencia corporal de Cristo Maestro, es el Espíritu Santo el que nos lleva a la verdad completa (Jn 16,13) y nos anuncia lo que ha recibido de Cristo (Jn 16,14). Dejamos, pues, que el Espíritu Santo nos enseñe como nuestro Maestro (Mt 23,8) espiritual especialísimo.

Finalmente, no tenemos otro Señor y Jefe absoluto más que Jesucristo (Mt 23,10). Nosotros somos sus servidores y el que quiera ser el primero en el reino de Jesús, deberá hacerse el último y servidor de Dios y de los hombres (Mt 23,11).

Frente a Dios, Maestro, Padre y Jefe en sentido pleno, nuestra actitud es clara. Somos discípulos, hijos y servidores perpetuos. Somos discípulos, que oyen la Palabra de Dios y la cumplen; que no sólo dicen y repiten lo que Dios les enseña, sino que lo practican: «Haced y cumplid lo que os digan» (Mt 23,3). Y no sólo hacemos lo mandado, sino que también lo vivimos como discípulos y servidores.

Si Dios es el único totalmente Padre, tendremos que amarlo sobre todo «obedecerle y dar gloria a su nombre» (Ml 2,2), y respetar a los demás como hijos suyos sin abusar de nadie: «¿No tenemos todos un solo Padre?» (Ml 2,10).

Finalmente, hemos de consagrarnos con decisión al servicio fiel, exclusivo y generoso de nuestro único Señor, que quiere ser servido en nuestros hermanos más pequeños, con palabras buenas y con amabilidad: «Os tratamos con delicadeza» (1 Ts 2,7), decía San Pablo. Él quiso ser servidor no sólo con palabras sino entregando su propia persona (1 Ts 2,8), «con esfuerzos y fatigas, trabajando día y noche para no ser gravoso a nadie» (1 Ts 2,9). ¡Qué diferencia entre su servicio y el de los fariseos, que no hacían lo que decían (Mt 23,3) y que «no movían un dedo para empujar la carga»! (Mt 23,4).

Señora y Madre nuestra María, discípula fiel de Dios, Hija predilecta del Padre y servidora de tu Hijo y nuestra: enséñanos a escuchar y a cumplir la palabra recibida, a ser hijos obedientes al Padre y servidores sacrificados de tu Hijo Jesús, nuestro único Señor. Amén.

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.