Domingo 18º del T.O.
Transfiguración del Señor
TRANSFIGÚRANOS, SEÑOR
La contemplación de la gloria de la Trinidad santa inicia en nosotros una transformación que nos convierte en imágenes de la misma Divinidad. El anciano blanquísimo, sentado en su trono de fuego, como el Padre; el río impetuoso que brota del trono, o el ardiente Espíritu de Dios, y el Hijo del hombre, entre las nubes del cielo, como Jesús, el Primogénito (Dn 7,9-10.13), desde la fe nos purifican y comienzan a transformarnos positivamente tan sólo con la contemplación reverente y la aceptación amorosa.
El levantar la mirada interior del alma hacia la unidad resplandeciente de la Santísima Trinidad, nos eleva desde nuestro barro terreno hasta el trono glorioso del Dios que nos salva. Es Cristo transfigurado en luz, con su rostro resplandeciente como el sol (Mt 17,2), el que empieza a iluminar nuestras tinieblas espesas y nuestras sombrías desgracias. La «nube resplandeciente» (Mt 17,5), que significa al Espíritu de Dios, hará luminosas a nuestras oscuridades mentales y afectivas. Y la voz del Padre (Mt 17,5) nos hará caer en adoración sobre nuestros rostros para ser sanados de nuestros males (Mt y de nuestras suficiencias.
Transformados por la contemplación en fe de la Santa Trinidad, podremos caminar seguros, primeramente hacia el Calvario y la cruz; luego, hasta el monte de la gloria de Dios, después de haber proclamado sus maravillosas acciones.
Señor Jesús: sigue transfigurándonos a tu imagen, como a aquellos que fueron testigos oculares de tu majestad (2 P 1,16), estando Contigo en el monte santo. Transfigúranos, Señor, con la luz que procede de tu trinitaria divinidad. Transforma las tristezas, desalientos, depresiones, enfermedades, cruces y desgracias de tus hermanos los hombres, hasta que brillen como tus llagas de resucitado, cuando luzca el día (2 P 1,16) de tu gloria en nosotros. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.