Domingo 7 de abril

7.04.24

Domingo 2º de Pascua

EN NOVEDAD DE VIDA

Cristo resucitado ha inaugurado la novedad de la vida: su cuerpo no está sometido ya a las leyes espacio-temporales; ha conservado las señales de los clavos en sus manos y la llaga de su costado (Jn 20,27), pero ya no está sometido más al dolor ni a la muerte. Cristo ha entrado ya en la vida nueva y gloriosa del Reino de Dios.

Los que creemos que Jesús es el Mesías glorificado, participamos también de su vida nueva y «hemos nacido de Dios» (1Jn 5,1) desde el día de nuestro bautismo. Crecemos con el vino «de su sangre» (1Jn 5,6a) y nos hacemos cristianos maduros con «el Espíritu que da testimonio en nosotros, porque el Espíritu es la Verdad» (1Jn 5,6b). La vida nueva es una vida en la verdad de Jesús. Los que cada día tocamos como Tomás a Jesús en la Eucaristía, deberíamos sentir la vida nueva del Resucitado en nosotros, y deberíamos experimentar el cambio, que Tomás vivió al encontrarse ante sí con su Señor y su Dios (Jn 20,28), vivo y resucitado.

¿Percibimos cada vez más en nosotros la vida de Cristo glorioso? ¿Nos diferenciamos mucho de los que viven la vida carnal del hombre viejo y pecador en medio del mundo? ¿Hemos vencido al mundo con la victoria que es nuestra fe (1Jn 5,4) en el Resucitado? La vida nueva con Cristo salido del sepulcro, nos lleva a un modo de pensar distinto de el del mundo, y concorde entre los creyentes: »Todos pensaban y sentían lo mismo» (Hch 4,32). Los que crecen en la fe en Cristo comparten los bienes espirituales y materiales con sus hermanos, conforme al grado de su llamada (Hch 4,34).

Los que viven la vida nueva del Resucitado reciben una nueva misión de anunciar esa vida y de perdonar los pecados con el poder del Espíritu Santo (Jn 20,21-22). Los que son elegidos como apóstoles, han de «dar testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33) y han de trasmitir la vida nueva, que ellos han recibido, a los que sean llamados a vivir como nuevos hijos de Dios en la fe y en el amor.

Jesús resucitado: invádenos con tu Espíritu y con tu vida nueva como hijos nacidos de Dios. Ayúdanos a transmitir con el poder y la fecundidad de tu Espíritu tu vida gloriosa a los hombres que viven en el mundo, esclavizados por la vida vieja del pecado.

«Palpad las llagas de mis manos y de mi costado. Palpad mi vida gloriosa con mi Padre y con mi Espíritu. He venido a vosotros con agua, con sangre y con Espíritu y con abundancia de vida divina. Desde la fe en Mí y con mis dones podéis vencer al mundo».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J