Domingo 14 del T.O
LOS HOMBRES DEL ESPÍRITU
Aparentemente son iguales que los otros hombres y mujeres del mundo, pero en su interior están habitados por la fuerza del Espíritu de Dios. Los hombres y mujeres del Espíritu están vivificados por el Espíritu Santo y se dejan mover por Él: «El Espíritu, dice el profeta Ezequiel, entró en mí y me puso en pie» (Ez 2,2). Los hombres del Espíritu son receptores y portadores de los mensajes de Dios: «Te envío a ellos para que les digas: ‘Esto dice el Señor’.» (Ez 2,4).
Los hombres de Espíritu reciben la grandeza de las revelaciones de Dios (2 Co 12,7) y en ellos «reside la fuerza de Cristo» (2 Co 12,9), como le sucedió a San Pablo en su vida apostólica, Cristo, el Ungido de Dios, es el hombre del Espíritu por antonomasia. En Él la fuerza del Espíritu se manifiesta en la sabiduría de su enseñanza y en los milagros de sus manos (Mc 6,2b). La gente se queda asombrada y no sabe «de dónde saca todo eso» Cristo (Mc 6,26a), porque aún ignoran que Él es el que tiene la plenitud del Espíritu de Dios.
Este Espíritu es el que entró en nosotros ya desde el día de nuestro bautismo y sigue hoy poniéndonos en pie para servir a Dios y anunciarle en medio de las dificultades. Los enemigos del Espíritu brotan en el mismo ambiente en que nos movemos: «Te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra Mí» (Ez 2,3), le dice el Señor a Ezequiel. Otras veces, brotan los estorbos al Espíritu desde la misma persona del profeta y del enviado: «Me han metido una espina en la carne, un emisario de Satanás, que me apalea para que no sea soberbio» (2 Co 12,7b). Aunque no sepamos con claridad cuál era espina que torturaba a San Pablo, sí sabemos que la gracia de Dios le bastaba y que la fuerza de Dios, su Espíritu, se realiza en nuestra debilidad (2 Co 12,9). En medio de las debilidades, los insultos, dificultades y persecuciones padecidas por Cristo, ahí nos volvemos fuertes (2 Co 12,10) con la fuerza del Espíritu de Dios.
Finalmente, los hombres y mujeres del Espíritu encontrarán dificultades en sus allegados y amigos e, incluso en los mismos hombres de la Iglesia. Cristo mismo se encontró con que sus mismos familiares desconfiaban de él (Mc 6,3b). Hombres de Iglesia eran los que se opusieron, en los comienzos de su vida apostólica y más adelante, a Francisco de Asís, a Ignacio de Loyola, a Teresa de Calcuta, a Pío de Pietrelcina, y a tantos otros más. «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa» (Mc 6,4).
Señor Jesús: Tú eres por tu Espíritu Santo fortaleza para los débiles y constancia para tus elegidos. Multiplica en tu Iglesia de hoy tus mensajeros y profetas. Ayúdales para que un ambiente adverso no se desalienten y trasmitan con tu Espíritu tus mensajes de amor.
«Que nadie os arrebate mi Espíritu. Es el distintivo de los que sois mis elegidos y mensajeros en el mundo. Os doy mi Espíritu de sabiduría para que me conozcáis; mi Espíritu de ciencia para que me proclaméis ante los hombres; mi Espíritu de poder para que me sirváis con signos en medio de la oposición a Mí. Llenaos de mi Espíritu Santo».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.