“El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor” (Mc 10, 43)
Conocer a Fidel Plaza ha sido unos de los mayores regalos que el Señor me ha hecho. Fue cuando entré a trabajar en SERECA. Él ya llevaba años de servicio, con su mujer Carmen Campaña, en las labores más variadas y, desde el fallecimiento de ésta, se dedicaba a todo tipo de trabajo voluntario en la Librería: ensobrar cartas, ir al banco a llevar dinero, hacer copias de grabaciones, ordenar facturas…
Pertenecía al grupo de Maranatha, en Madrid. Tras la separación, él siguió sirviendo donde siempre, a pesar de que la Librería de la RCCE se quedaba al “otro lado”. Me fascinaba vero por allí, callado, diligente. Una vez le pregunté: “Fidel, ¿alguien, de una renovación u otra, te ha pedido explicaciones de por qué sigues viniendo a servir aquí?” Se me quedó mirando con sus enormes ojos y me dijo: “Yo sólo sirvo al Señor, ¿alguien podrá decir algo en contra?”
En la Asamblea Nacional siempre echaba una mano en la Librería. Bueno, “una mano”. Su trabajo era imprescindible. No lo veíamos a apenas durante el fin de semana. Se dedicaba a llevar la contabilidad con precisión exacta y nos proveía de cambio en metálico para todas las necesidades de la Asamblea.
Hace dos años, tras una delicadísima operación que le mantuvo en reposo hospitalario muchos días, lo encontré colocando libros en el Palenque, antes de comenzar la Asamblea Nacional. Estaba demacrado, cansado. Le costaba respirar y se fatigaba un poco. Pero ahí estaba. Sirviendo un año más. Lo abracé y le pregunté: “Pero, hombre de Dios, ¿cómo es que has venido?” y me respondió: “Y, ¿por qué no había de venir? Es la Asamblea Nacional.” Al separarme de él, no pude contener las lágrimas y, al ver a su querida hija Almudena, sólo podía repetir: “¡Cuánto amor! ¡Cuánto amor!”
Fidel, siempre fiel al Señor y al amor que Él le tenía, quiso estar siempre en la sombra, oculto. Nunca buscó el reconocimiento ni el agradecimiento. Servía porque amaba. Y nos sirvió a todos: a su familia, a sus hermanos carismáticos, a la Iglesia y, sobre todo, a su Señor.
Demostró a muchos que lo conocimos que las palabras de Jesús sobre llegar a ser el primero siendo el último de todos, se podían hacer carne. Él fue el más pequeño de todos y, ahora, ha tomado una merecida delantera.
Cuando imagino cómo fue el encuentro definitivo con el Señor, presentándose ante Él con las manos vacías de cosas pero llenas de buenas obras, sé que el buen Jesús lo abrazó y le dijo: “¿Qué es lo primero que te gustaría hacer aquí en el Cielo?” y, Fidel, le respondió: “Señor, me gustaría empezar a interceder por todos… ¿Puedo?”
Diego Carvajal (Nuevo Pentecostés nº 133 (marzo-abril 2011)