Jueves 1 ª Semana de Adviento (Ciclo C)
EL QUE PONE EN PRÁCTICA
Nos encanta hablar de la fe y de la gratuidad de Dios, y con razón; pero, a veces, nos olvidamos de hablar de la fe con frutos de justicia y de la gratuidad unida a las obras buenas. Cristo, en cambio, nunca se olvida de subrayar que Él y su Padre quieren una «gratuidad» con frutos buenos y con obras santas. «No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo» (Mt 7,21).
No basta decir: ¡gratuidad, gratuidad! para entrar en el reino de Dios, sino que hay que realizar las obras buenas para las que nos habilita la gratuidad de Dios. San Pablo pensaba también así: «Por la gracia de Dios, soy lo que soy»; pero añade enseguida: «y su gracia no ha sido estéril en mí» (1 Co 15,10). Pablo fructificó en obras santas con la gracia recibida. Él fue el gran predicador de la gratuidad de Dios, pero también el gran cultivador de las obras de la fe y de la gracia. No fue como sus antiguos amigos fariseos que predicaban, pero no hacían lo que anunciaban (Mt 23,3).
María Santísima fue el gran modelo de correspondencia a la gracia. Su vida estuvo llena de la gratuidad de Dios, pero fructificó y maduró con obras santas de amor, de entrega y de consagración perfecta a Jesús y al Espíritu Santo. La suya no fue una gratuidad desprovista de obras santas, sino llena de los frutos de Dios. Ella edificó con el oro de la caridad y la plata de las buenas obras sobre la roca firme que es Cristo (Mt 7,24). Por eso, la casa firme de María, edificada sobre la roca de la verdad y de las obras santas, nadie pudo derribarla. «¿Qué roca hay fuera de nuestro Dios?», pregunta el Salmista (Sl 18,32). Él sabe que «Dios lo ciñe de valor y hace perfecta su conducta» (Sl 18,33). Sobre la roca firme de Dios el justo se afirma con sus buenas obras, que colaboran con la gracia preveniente de Dios. Con una gratuidad sin obras buenas, el Señor puede decirnos: «Apartaos de Mí agentes de la iniquidad… No os conozco» (Mt 7,23). La gratuidad de Dios no nos hace autómatas ni máquinas ciegas; exige nuestra colaboración libre a la gracia y nuestro «sí» generoso a Dios.
Padre Santo: reconoce en nuestro ser y en nuestra conducta el rostro de tu Hijo Jesús. Que María, la Madre de la mejor y mayor obra buena de la creación, que es Cristo, su Hijo divino, interceda por nosotros para que Cristo se forme en nuestros corazones y seamos agradables al Padre con obras y con palabras santas Señor Jesús: mantennos en la práctica constante y libre de la voluntad del Padre» practicando tus palabras como hijos y familia fiel de Dios.
«Sin Mí y sin mi gracia, nada podéis hacer que fructifique para la vida eterna. Yo os comunico las gracias, que os gané con mi muerte voluntariamente aceptada. Yo os santificaré y os sanaré para que os parezcáis más a María, mi Madre, la santísima, limpia e inmaculada, en su vida, en sus obras y en sus actos. Imitad las buenas obras y los ejemplos de María y de mis santos. Así seréis perfectos a mis ojos».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.