Lunes Santo
UN DIOS QUE NOS AMA
El Dios, que antes que ninguna otra cosa es Amor, ha podido comunicarlo entero, sin obstáculos ni reticencias, a su Hijo bien amado Jesús, que se hizo hombre para nuestra salvación. «Él es el siervo a quien sostiene, el elegido, a quien ama. Sobre él ha puesto su Espíritu» (Is 42,1) de amor.
Dios Padre envía a su Hijo a nosotros con una misión de amor: «No gritará ni voceará por las calles… La caña cascada no la quebrará, ni apagará el pábilo que humea» (Is 42,2-3). Jesús viene a nosotros con una misión de amor, «para abrir los ojos a los ciegos, sacar a los cautivos de su prisión, y de sus mazmorras» (Is 42,7) a los que habitan en las tinieblas del pecado, del desamor y el odio y de cualquier esclavitud. Dios ha encontrado en Jesús una plena respuesta de amor.
Dios no quiere tener con nosotros unas relaciones lejanas, despreocupado con sus hijos, ni sólo las relaciones de un Dios juez y legalista, que nos vigila y nos castiga. Él quiere interesarse por nosotros, hacernos hijos suyos por amor, librarnos de nuestros males y pecados y mantener con nosotros unas relaciones de intimidad y confianza de hijos amados en Jesús.
Como Dios Padre, también Jesús quiere tener con nosotros un trato de intimidad, de amistad y de amor. A Lázaro de Betania, a quien Jesús había resucitado de entre los muertos, le visita (Jn 12,1) y le muestra su amor. Marta, hermana de Lázaro, también tiene intimidad con Jesús y le sirve una cena (Jn 12,2). María, la otra hermana, llega en su amistad con Jesús hasta tocarle sus pies, ungírselos con un perfume de nardo carísimo y a enjugárselos con su cabellera (Jn 12,3). «Lo tenía guardado (este perfume) para el día de mi sepultura» (Jn 12.7), dice Cristo. (Los judíos comenzaban la unción de sus muertos por los pies).
A esta intimidad de amor con Jesús estamos llamados. Jesús no quiere una relación de frialdad con Él, como la que tuvo Judas, ni un trato sólo basado en el interés propio, puesto que Él puede ayudarnos. El amor verdadero no es egoísta. Jesús quiere que mantengamos con Él una cercanía de amor y de fe: «Nosotros hemos creído en el amor de Dios» (1 Jn 4,16).
Y seguiremos creyendo en ese amor de Dios, profundo y misterioso, cuando vengan las dificultades, cuando parezca que Dios no nos escucha y que está escondido u olvidado de sus hijos. El amor de Dios llena la tierra y nada está fuera de su amor mientras vivimos peregrinos aquí abajo. Cuando no lo vemos, es porque está escondido en lo más profundo de nuestro corazón.
«Creed en mi amor en la hora de la prueba. Creed en mi amor en las desgracias y desastres, en la pasión y en la muerte de los hombres. Ahí también está mi amor. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Y Yo voy a la muerte por vosotros, porque os amo».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.