La Epifanía del Señor
CRISTO NOS HA NACIDO: ¡VENID, ADOREMOS!
Dios creó al hombre para que le hiciese reverencia y le adorara. Sólo Dios es digno de toda adoración y de toda gloria. Todos los pueblos han de caminar hacia Él, iluminados con su luz (Is 60,3) para postrarse en su presencia (Sl 71,11).
Ahora, el misterio de Dios se nos ha revelado en Cristo (Ef 3,3), y puesto que Él se ha quedado con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,20), nuestra adoración ha de dirigirse a Él cada día y para siempre desde lo más hondo de nuestro espíritu, unidos a su Espíritu y a su Verdad (Jn 4,24) y desde cualquier rincón de la tierra.
Hemos de adorar
(1) el misterio grandioso e incomprensible de la Divinidad, omniabarcante e invisible: «Al Señor tu Dios adorarás» (Dt 6,13).
(2) Hemos de adorar a Cristo con los Magos, con María y con José en el misterio de su escondimiento en un niño pequeño e indefenso: Los Magos «vieron al Niño con María, su madre, y cayendo de rodillas, lo adoraron» (Mt 2,11).
(3) Le adoramos también en la Eucaristía, desde la fe en su presencia real, amorosa, íntima y callada: Adoro Te devote, latens Déitas, quae sub his figuris vere látitas», «Te adoro devotamente – a Ti, escondida Deidad-, que bajo especies visibles- Te ocultas siendo real».
(4) Adoramos a Cristo en el misterio de su Cruz, de donde ha brotado la salvación del hombre: «Te adoramos, oh Cristo, y Te bendecimos porque con tu santa Cruz redimiste al mundo».
(5) Le adoramos desde el misterio de los hombres justificados por Cristo, donde Dios mora y se esconde: «Vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14,23). Le adoramos desde el misterio incomprensible del sufrimiento cósmico, desde las oscuridades de la locura, desde las ruinas del pecado de los hombres.
(6) Le adoramos en el templo de la creación desde todas sus criaturas: desde la tierra y desde el mar; desde los microrganismos hasta las estrellas y lejanas galaxias.
Aún muchos hombres no adoran a Dios como lo exige la finalidad de sus existencias terrenas y extraterrenales. Que todo ser que alienta adore al Señor.
Oh Dios, que todos los reyes te adoren (Sl 72,11); que todos los pueblos Te adoren.
“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo C – Ceferino Santos S.J.