Martes de la 26ª Semana
CUANDO LAS COSAS SALEN MAL
Subía Cristo a Jerusalén para padecer y entró con sus discípulos en una aldea de samaritanos a pasar la noche, pero no les dieron alojamiento porque subían a Jerusalén (Lc 9,53). Santiago y Juan reaccionaron a lo humano (Lc 9,54) y querían enviar fuego del cielo para acabar con los habitantes de la aldea. Ante las dificultades que nos ponen los hombres solemos reaccionar así, con quejas, con violencia en las palabras y en las obras.
Cristo, el verdadero Maestro, actúa de modo muy diverso: «Les regañó y les dijo: No sabéis de qué espíritu sois» (Lc 9,55). El Hijo del hombre ha venido a salvar a los hombres y no a perderlos, y, por eso, Él reacciona con paciencia, mansedumbre y perdón. ¿Sabemos responder así ante las molestias y los estorbos que nos ponen los hombres? ¿Nos parecemos a Jesús en nuestro proceder?
Hay veces que los males nos llegan del demonio, que quiere destruirnos con su poder, como hizo con los bienes de Job. Ante la pérdida de todo lo suyo, Job no protesta, no exclama que por qué Dios permite al demonio hacer el mal. Job responde con paciencia y con alabanzas ante Dios: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó: Bendito sea el nombre del Señor» (Jb 1,21).
Cuando el demonio llega hasta arruinar la salud de Job, éste flaquea y se queja, no con afirmaciones contra Dios, sino con preguntas doloridas, que no ofenden a Dios, quien las acepta como oración de gemidos de sus hijos que le preguntan por los males que padecen. «¿Por qué al salir de vientre materno no morí, o perecí al salir de sus entrañas?» (Jb 3,11). La oración con gemidos y las preguntas en diálogo no ofenden a Dios. Incluso le agradan, porque le dan al Señor ocasión de revelarnos sus actuaciones misteriosas y de darnos a conocer que tantas pruebas dolorosas nos sirven para acudir más a Dios con fe y con amor.
Bendito seas, Señor y Padre, que por la cruz y la prueba nos conduces a tu triunfo y a tu gloria. Bendito seas, porque en la tribulación nos descubres el misterio de tu amor. Bendito seas porque, muriendo a nosotros mismos nos enseñas a vivir para Ti.
«Hijos míos amados: Os amo de modo especial en vuestro dolor y vuestras penas. Recibid el consuelo que os ofrezco con mi Hijo Jesús desde su Cruz. Él abraza vuestros males y os bendice».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.