Martes de la 23ª Semana
ALIMENTARSE DE LA PALABRA
Si el cuerpo necesita cada día su alimento, lo mismo sucede en su tanto con el alma. A ésta no le puede faltar el pan de la Palabra de Dios, que fortalece, que sana, que corrige y nos da vida. ¡Bendita Palabra que sale de los labios de Cristo y que es el mismo Cristo, que se hace alimento nuestro!
El pan de la Palabra es más importante que el pan para el cuerpo. María de Betania «sentada a los pies del Señor y escuchando su Palabra» (Lc 10,39), está realizando una labor más importante que su hermana Marta, dedicada a preparar muchos platos, cuando basta con uno solo (Lc 10,41). No podemos olvidarnos que la palabra de Dios es la única necesaria (Lc 10,42).
Los ninivitas aceptaron alimentarse con la palabra del Señor, que Jonás les trasmitió; la acogieron y la antepusieron al alimento material, del que se abstuvieron por el ayuno (Jon 3,5). La palabra profética de Jonás amonestó a los hombres de Nínive y los llevó a la conversión (Jon 3,10). ¡Benditos los que acogen la Palabra de Dios que les salva! ¡Desdichados, en cambio, los que se desinteresan del mensaje de Cristo y lo rechazan, porque caminan a su ruina eterna!
Señor Jesús: ayúdanos a imitarte en el anuncio y la repartición de tu Palabra como alimento esencial e imprescindible para vivir y alcanzar la vida eterna.
Danos amor a tu mensaje y a Ti mismo, Palabra eterna de Dios, para que la estudiemos, la gustemos, la vivamos y la anunciemos sin descanso ante los hombres.
Sálvanos, Señor, por tu Palabra. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.