Martes 4ª Semana de Cuaresma
LA ACEQUIA DE DIOS VA LLENA DE AGUA
En el mundo material la falta de agua puede convertirse en una tragedia humana y ecológica. En el campo del espíritu se requieren también abundantes corrientes de agua viva para que en nosotros se dé y se fomente la vida divina. El Salmista nos dice que «el correr de las acequias alegra la ciudad de Dios» (Sl 45,5), de modo que la acequia de Dios va llena del agua viva del Espíritu Santo, el Señor y dador de vida. Del mismo Templo de la divinidad «mana el agua» del Espíritu (Ez 47,1), como un nuevo Jordán, donde hemos de penetrar, atravesando sus aguas (Ez
47,4), para ser así bautizados en el Espíritu, y lavados y purificados por las aguas santas que brotan del Templo de Dios.
El agua del Espíritu Santo ha de llegar hasta los charcos de aguas pútridas (Ez 47,8) de este mundo, hasta que queden saneadas y se llenen de vida nueva, de frutos nuevos, sanos y comestibles, y de hojas medicinales (Ez 47,12) para todos los pueblos. El agua del Espíritu lo transformará todo.
Hoy, en vez de bajar con el paralítico al agua removida de la piscina de Betesda, que curaba al primero que la tocaba (Jn 5,7), tendremos que acudir «a sacar con gozo las aguas de la salvación» (Is 12,3) al costado de Cristo, del que brotan «torrentes de agua viva» (Jn 7,38) y de Espíritu Santo, que nos santifican y nos curan de nuestras parálisis y enfermedades. En el agua viva del costado de Cristo seremos vivificados y salvos.
Señor Jesús: como la samaritana tenemos sed de esa fuente de agua viva (Jn 4,14; Nm 20,6), que salta hasta la vida eterna. Contigo, Jesús, que mueres sediento en la cruz por todos los que no tienen el agua eterna y viva, clamamos al Padre: «Sitio», Tengo sed (Jn 19,28) del agua vivificadora del Espíritu Santo. Que Él lave mi mente, para que vea tus caminos y tus planes; que lave mi voluntad para que en todo pueda amar y servir como Tú amas y sirves. Que inunde mi espíritu tu agua para que sea uno Contigo y Contigo madure con frutos de fe y de amor, de paz y
de gozo, de bondad y de entrega. Que el agua de tu Espíritu dé testimonio dentro de mi corazón y en mis labios para que todos crean en tu vida y gusten qué bueno y qué suave eres Tú, Señor.
«Quiero que en mi Iglesia brote una nueva primavera, llena de los frutos de mi Espíritu y regada con las aguas sacramentales, que manan de mi Santuario. Quiero que las aguas del Espíritu vivifiquen y pongan en pie a los paralíticos espirituales inactivos y que mi Iglesia se movilice y eche a andar para atraer a mi reino a todos los que tienen sed de Mi».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.