S. Esteban, protomártir
DESEOS DEL CIELO
Vivimos inmersos en un mundo impermeabilizado a los dones celestiales e invisibles y ciego para las claridades de Dios. Ver el cielo abierto (Hch 7,56) es un don propio de mártires, de contemplativos o de santos moribundos en sus últimos momentos. El diácono Esteban, atacado con odio en el juicio religioso, «vio la gloria de Dios y a Jesús, de pie a la derecha de Dios» (Hch 7,55), como Señor del universo y partícipe de la Divinidad. Esteban veía a Jesús glorioso, como un anticipo a su premio de protomártir de la Iglesia. Cuando era apedreado podía decir con verdad: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7,58).
Juan Pablo II nos recordaba que «al término del segundo milenio, la Iglesia ha vuelto de nuevo a ser Iglesia de mártires. Las persecuciones de creyentes -sacerdotes, religiosos y laicos- han supuesto una gran siembra de mártires en varias partes del mundo» (Tertio Millenio, 37). El martirio por Cristo siempre ha sido considerado como llave segura que abre las puertas del cielo, frente a los hombres fanáticos y ciegos, que creen prestar un servicio apagando la vida y la luz.
Por la esperanza estamos ya ahora de alguna manera misteriosa en el cielo y gustamos las cosas celestes, en donde Cristo está sentado a la derecha de Dios (Col 3,1). Por la fe y el amor somos ya ciudadanos del cielo (Flp 3,20), de donde esperamos al Salvador, a Jesucristo Señor nuestro. Los perseguidos, arrestados y muertos por Jesús han de caminar por este mundo con la esperanza firme del cielo, pues «el que persevere hasta el fin se salvará» (Mt 10,22).
El deseo del cielo, donde veremos a Cristo como Él es y seremos semejantes a Él (1 Jn 3,2), debemos fomentarlo en nuestro espíritu todos los que sabemos que no tenemos aquí abajo morada permanente. De modo misterioso, el cielo se abre sobre nosotros (Lc 3,21-23) y el Espíritu Santo viene sobre nosotros con sus dones, carismas y luces interiores.
Por la oración constante al Padre que está en el cielo (Mt 6,9), entramos espiritualmente en la Casa celeste de Dios. No está el cielo tan cerrado como piensan algunos.
Padre bueno: que tus hijos Te vean en el cielo abierto con Jesús tu Hijo, como San Esteban, y contemplen con gozo tu rostro. Amén.
“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.