S. José obrero
Miércoles 5ª Semana de Pascua
LA VERDADERA VID
Una enorme vid fundida en oro significaba en el Templo de Jerusalén al pueblo de Dios, Israel. Aquella valiosa vid no tenía vida ni daba frutos. Fue Cristo quien nos dijo: «Yo soy la vida verdadera» (Jn 15,1). Esta nueva vid comunica vida divina y da frutos en los que están unidos a ella: «El que permanece en Mí y Yo en él, ése da fruto abundante» (Jn 15,5).
Comenzamos siguiendo a Cristo; ahora, tenemos que injertarnos en Él y vivir de Él para dar fruto. Él es la vid y nosotros somos sus sarmientos. Por el sarmiento que está vivo, pasa la vida de Cristo. La vida de Cristo puede llegar a mis manos, y entonces mis manos se unen a las suyas para bendecir, para trabajar, para acoger, para escribir y para sanar enfermos. Entonces mis manos pueden dar fruto, porque por ellas pasa la vida de Cristo. Injertados en Cristo, mis ojos pueden ser ojos de Cristo para ver las cosas como Cristo las ve y las juzga.
Permaneciendo en la vid verdadera, que es Cristo, mi oración puede convertirse en oración de Cristo y así «pediremos lo que deseamos, y se realizará» (Jn 15,7b), porque suplicamos lo que Cristo desea y pide. Si las palabras de Cristo permanecen en nosotros (Jn 15,7a), éstas realizarán prodigios y conversiones y quedaremos limpios y santificados por las palabras que nos ha hablado (Jn 15,3).
Si permanecemos en Cristo, la savia de su Espíritu llenará nuestras vidas y quedaremos santificados y llenos de amor. Al permanecer en la Vid verdadera, viviremos de su Verdad y discerniremos mejor. El Padre podará muchas ideas nuestras y deseos inservibles para que demos más fruto en el Hijo.
Ahora, la poda que el Padre hace en el que está unido a Cristo no tiene que ver nada con la circuncisión de la carne, que pedían algunos fariseos convertidos para los nuevos creyentes no judíos e incircuncisos (Hch 15,5). Ahora nos salva la circuncisión espiritual, que nos lleva a participar de la pobreza, del dolor, de la crítica y la traición, del abandono y de la muerte de Cristo. Muertos en Cristo, vivimos para Él y con Él daremos frutos abundantes.
Cristo, vid verdadera: queremos vivir unidos a Ti por la fe y por el amor; unidos a tu Palabra, que nos santifica y que nos limpia. Que el Padre sea glorificado porque vivimos unidos a Ti y Contigo damos frutos abundantes de vida eterna.
«Quiero que tengáis experiencia íntima de mi Espíritu que vive y actúa en vosotros. Lleváis en vuestras venas la savia de mi Espíritu y de mi sangre redentora. Sentid los latidos de mi Corazón, que impulsan esta savia a todo vuestro ser. Gustad y palpad mi propia vida en vosotros. Permaneced en mi amor».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.