TÚ, MI RIQUEZA
Los santos buscan en primer lugar y con todas sus fuerzas el Reino de Dios. Lo demás les llega por añadidura. Ignacio de Loyola fue uno de esos hombres que, convertidos a Dios, quisieron vivir la radicalidad del evangelio y la primacía absoluta del Reino de los cielos sobre todo lo demás. Quiso dejar y «vender todo lo que tenía» para vivir en pobreza radical y sólo confiando en Dios. Así lo hizo mientras vivió solo y peregrino de Dios, sin bienes ni techo ni morada.
Cuando empezó a vivir comunitariamente y a formar el grupo inicial de la Compañía de Jesús, llevó el mismo radicalismo a sus comunidades, exceptuando la renta para la fábrica de las iglesias. Uno se siente a veces tan lejos de esta pobreza evangélica y tan avergonzado de buscar tantos medios y seguridades para «en todo amar y servir a Dios», que parece que uno se está sirviendo a sí mismo.
Moisés, como Jeremías, como Francisco de Asís o Ignacio de Loyola, tiene en Dios su abundancia, su seguridad y su plenitud. El rostro de Moisés resplandece después que ha hablado con Dios (Ex 34,30). La gloria del Señor transforma a sus servidores, que sólo le buscan a Él y es su herencia.
Señor y Padre nuestro: ayúdanos a vivir desprendidos de los bienes de la tierra para gustar de tus riquezas inacabables, de tu amor, de tu luz y de la divina abundancia de tus dones espirituales. Tú eres la perla fina de gran valor (Mt 13,46), y para adquirirte hay que vender todo lo que tenemos y nos impide poseerte.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.