Miércoles 24 de abril

24.04.24

Miércoles 4ª Semana de Pascua

SU MANDATO ES VIDA ETERNA

Sabemos por la fe que «el mandato de Dios es vida eterna» (Jn 12,50). Nos lo ha dicho Jesús, que es la Verdad y la Vida. La palabra del Hijo también es vida eterna, porque Él sólo «habla como le ha encargado el Padre» (Jn 12,50b), que «le ordena lo que ha de decir y lo que ha de hablar» (Jn 12,49). El que oiga las palabras de Cristo y las cumpla (Jn 12,47), está oyendo y cumpliendo las palabras del Padre, y el que «cree en Cristo, no cree en Él, sino en el que le ha enviado» (Jn 12,44), que es el Padre. La comunicación total y perfecta del Padre con el Hijo hace que las palabras de ambos sean vida eterna para nosotros, si las recibimos.

El que escucha lo que dice el Espíritu Santo y lo cumple también tiene vida divina en él. La Iglesia de Antioquía escuchaba y cumplía lo que «dijo el Espíritu Santo: ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la tarea a que los he llamado’.» (Hch 13,2). El que escucha al Espíritu de Dios, también escucha al Hijo, pues el Espíritu Santo «no habla por su cuenta, sino que comunica cada cosa que le digan» (Jn 16,13) el Padre y el Hijo. Por eso, Jesús afirmó que el Espíritu «tomará de lo suyo para darle interpretación» (Jn 16,14).

Los verdaderos discípulos de Cristo son los que escuchan las palabras del Padre, del Hijo y del Espíritu, las cumplen y las trasmiten, sin adulterarlas ni cambiarlas con sus interpretaciones personales. En la Iglesia sólo son válidas las interpretaciones del Espíritu; no las nuestras. Los primeros apóstoles y discípulos de Cristo trasmitían fielmente y «anunciaban la Palabra de Dios» (Hch 13,5), y no la suya; «cundía y se propagaba la Palabra del Señor» (Hch 12,24), y no la de los discípulos. Aquella Palabra daba vida; no la de los creyentes.

Éste es el itinerario del discípulo fiel: escuchar la Palabra de Dios, meditarla en su corazón y asimilarla, vivirla y ponerla en práctica y, finalmente, comunicarla sin recortes ni adulteraciones.

Santa María, Madre de la Palabra de Dios, que la encarnaste, la viviste y luego nos la entregaste a los hombres y nos la sigues comunicando cada día: ayúdanos a aceptar como tú la Palabra del Padre, a cumplirla y a vivirla con amor, a trasmitirla y anunciarla como tú lo hiciste y como lo hicieron los fieles apóstoles de tu Hijo. Sus palabras, sus mensajes y sus mandatos son vida eterna para nosotros.

«La Palabra del Señor llenó todo mi seno de Madre, mi corazón y todo mi ser de hija de Dios. La Palabra de Dios es vida eterna; acogedla y amadla; meditadla y vividla. La Palabra de Dios será luz para vuestros pasos y fuego para vuestros corazones.

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.