Miércoles 3 de enero

3.01.24

Propio del día

SEMEJANTES A ÉL

Con frecuencia se habla de parecidos dentro de una misma familia. En la familia de los hijos de Dios también se dan parecidos mayores o menores con Jesús. En Cristo, el Ungido de Dios, se manifiesta lo que seremos (1 Jn 3,2), pues el Señor nos quiere transformar hasta que seamos semejantes a Jesús y, finalmente, al mismo Padre. Él nos da su gracia y su aire de familia de Dios.

Cristo es el Santo de Dios y sabemos que «Él es justo» (1 Jn 2,29). El Padre quiere que nosotros seamos justos y santos a semejanza de Jesús. Esto exige dar pasos en la fe. En primer lugar, Jesús, el Justo, «se manifiesta para quitar los pecados, pues en él no hay pecado» (1 Jn 3,5) y es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,2). Cuando Jesús quita nuestro pecado comenzamos a ser semejantes a Él. Este es el paso previo para la semejanza con Jesús en la fe.

Jesús, en segundo lugar, es el bautizado con la plenitud del Espíritu; es el Ungido de Dios sobre el que «el Espíritu baja del cielo como una paloma y se posa sobre él» (Jn 1,32). Para hacernos semejantes a Él, Cristo tiene que bautizarnos con Espíritu Santo (Jn 1,33c) y hacernos renacer como hijos de Dios. De hecho, «el Padre nos llama hijos, y ¡lo somos!» (1 Jn 3,1).

Tras renacer como hijos de Dios y a semejanza de Jesús, hemos de vivir como hijos, «purificándonos, porque Él es puro» (1 Jn 3,3); permaneciendo en Él por el amor para no pecar: «Todo el que permanece en Él (y quiere decididamente permanecer en Él), no peca» (1 Jn 3,6). El que opta por Cristo, no puede al mismo tiempo optar por el pecado. Cristo y pecado son incompatibles.

A la par que nos vamos convirtiendo en semejantes a Cristo, vamos preparándonos para asemejarnos al Padre. Ahora, somos imperfectamente parecidos a Cristo; luego, seremos hijos semejantes al Hijo glorificado y al Padre, cuando lo veamos tal cual es (1 Jn 3,2b).

«Estoy grabando en todos vosotros la imagen adorable de mi Hijo Jesús. Él os ha dado su propia sangre derramada para purificaros internamente y para que seáis de su misma sangre y familia. Recibid mi amor y mi gracia para que seáis hijos míos santificados a imagen de mi Hijo Jesús. No me pongáis obstáculos y resistencias, que os quiero parecidos a Mí».

Padre misericordioso: no permitas que la semejanza con Jesús, que nos diste en el bautismo, se borre de nosotros. Séllanos por tu Espíritu con la marca de nuestra semejanza Contigo. Amén.

“El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.