ORIGENES E HISTORIA
Los primeros pasos del Ministerio de la Salud se dieron en el año 2001 a partir de las inquietudes de un grupo de sanitarios cristianos de la Renovación que se encontraron en un retiro nacional de servidores con el Dr. Philippe Madre.
Aquel retiro v
ersaba sobre el combate espiritual y muchos sanitarios de la Renovación, sintiendo que, en su actividad profesional, encontraban precisamente muchos obstáculos y combates para sus convicciones cristianas y que necesitaban de orientaciones precisas, pensaron que el Dr. Madre podría ser de gran ayuda para orientarles en esa inquietud.
A partir del pequeño grupo de sanitarios presentes en aquel retiro, comenzaron las actividades de este incipiente ministerio con una serie de retiros de formación impartidos por el mismo Philippe Madre. Profundos e intensos, en su desarrollo a lo largo de varios años aparecieron algunos elementos nuevos e inesperados en lo que al principio se había considerado solo como algo restringido a los sanitarios cristianos. Se puede decir que la “visión fundacional” del ministerio se hizo más amplia y profunda de lo que al principio habíamos pensado.
En primer lugar por la propia idiosincrasia de los asistentes a los retiros; si bien no faltaron los sanitarios profesionales propiamente dichos, estos fueron una minoría relativa. Acudió a la llamada toda una variedad de personas que se relacionaban con la atención y acompañamiento al ser humano que sufre, pero que desbordaban ampliamente el aspecto meramente médico: visitadores de enfermos, psicólogos, asistentes sociales y un largo etcétera que incluía a personas que, simplemente acompañaban a sufrientes o sentían la llamada hacia el acompañamiento del dolor humano sin poseer todavía una vocación concreta.
Estas circunstancias supusieron una primera “crisis de identidad” del ministerio, puesto que en el principio se había pensado en una especie de asociación limitada a los profesionales de la salud cristianos y carismáticos. ¿Nos habíamos equivocado de algún modo o el Espíritu quería abrir puertas nuevas?
Ya desde ese momento se comenzó lo que después ha sido el modo ordinario de nuestro funcionamiento: el discernimiento comunitario en un ambiente de comunión, oración y apertura carismática a las manifestaciones del Espíritu, que no excluyen la reflexión profunda personal y colectiva. El resultado de este discernimiento fue claro: no había error ni desviación; sencillamente el Señor había llamado a los que quiso… aunque no todos acudieran. De hecho ante la duda planteada por algunos de si no debíamos restringir el ministerio a los sanitarios profesionales… que en gran medida no habían respondido a la llamada, la respuesta, claramente sentida como inspirada fue el pasaje del evangelio que dice:
“envió a su siervo a decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado.” Pero todos a una empezaron a excusarse (… ) Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos.” (Lc 14,18-21)
A partir de este discernimiento se empezó a pensar en cambiar el nombre del ministerio puesto que ya no parecía válido el inicial de ministerio “de los profesionales de la salud” pues se interesaban muchas personas, a las que no parecía oportuno ni fraterno excluir por el hecho de que no se dedicaran de modo profesional y remunerado a cuidar a los enfermos y personas sufrientes.
A raíz de una reunión con todos los enlaces regionales del ministerio que quisieron acudir se decidió continuar con la importante labor formativa, cristiana y carismática, con la que nos ayudaba el Dr. Madre a la vez que se abría el ministerio a las personas interesadas en él.
Lo que el Dr. Madre aportó es ante todo una visión, un modo de ver, profundamente cristiano y carismático, al acercamiento hacia la persona que sufre. Su papel fue más parecido al de un asesor espiritual que al de un director o planificador de actividades. Se puede decir que ha aportado una visión espiritual de base –con la formación correspondiente- Dicha espiritualidad de base consiste fundamentalmente en transparentar la presencia misericordiosa de Dios ante el que sufre más allá de nuestra pobreza personal, y ha servido de plataforma para la existencia misma del ministerio.
LA “VISIÓN”
Junto a la formación, necesaria y valiosa, el ministerio se orientó mediante una apertura orante y reflexiva a descubrir por donde nos llevaba el Señor ya que Él mismo había suscitado en los corazones el deseo de comunión de los cristianos carismáticos que se aproximan al sufrimiento humano en medio de una cultura progresivamente descristianizada y hostil a veces a los valores mismos del Evangelio.
Como suele suceder cuando Dios suscita algo, primero ofrece una “visión” que de algún modo contiene en sí los desarrollos posteriores, de momento imprevisibles, que solo Él conoce. Por su propia naturaleza esa “visión” sobrepasa ampliamente las expectativas y pensamientos personales de los individuos que la reciben y que suelen sentirse desbordados por ella. En nuestro caso se trata de la voluntad de transparentar toda la misericordia del Corazón de Cristo a través de las vasijas de barro que somos los propios miembros del ministerio. Se puede decir que eso en sí no es nada nuevo (en la Iglesia nada es completamente nuevo, pero es siempre novedad) y se trataba, simplemente de que el Señor quería suscitar a través de nuestra identidad carismática una efusión de su misericordia hacia el que sufre. Evidentemente es algo que nos sobrepasa como individuos y que a la vez nos sumerge en el misterio de la Iglesia en medio del mundo con nuestra propia forma carismática de ser cristianos.
Sobre la base de la espiritualidad de la Misericordia trasparentada, el Señor fue añadiendo visiones “menores” a la visión fundacional (llamémosla así) de nuestro ministerio. Discernidas en oración y reflexión comunitaria, una de ellas procedió de un monasterio a donde se habían desplazado bastantes de los integrantes del ministerio y que oraban con un grupo de monjes y monjas para intentar discernir lo que el Señor quería. La imagen propiamente dicha fue la de un árbol de gran tamaño que extendía sus ramas de las que surgían nuevos brotes, como árboles nuevos, conectados pero distintos.
A esta visión se añadió, en la primera reunión de los enlaces regionales, las palabras que, en el libro primero de los Reyes, el ángel dirige al profeta Elías, el cual, agotado por la marcha por el desierto, se ha sentado desesperado bajo una retama sin horizonte alguno para su vida; el ángel le presenta comida y agua y le dice:
“Levántate y come, pues el camino ante ti es muy largo” (1Re 19, 8)
La escritura añade que “con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb”.
Si mencionamos todo esto no es por ningún prurito visionario ni de “iluminados”. Simplemente son las palabras que guardadas pacientemente en el corazón y saboreadas desde dentro se han revelado poco a poco, del modo más concreto posible, como el camino que el Señor nos iba proponiendo para configurar el ministerio y su andadura.
LA PRÁCTICA
El Ministerio Nacional de la Salud (ese es el nombre actual, más inclusivo que el antiguo de “profesionales de la salud”) parte de dos núcleos de actividad; por un lado los retiros nacionales de formación que son anuales o bianuales, y abiertos a cualquier persona interesada. Y por otro lado los encuentros de discernimiento de los enlaces regionales con los responsables nacionales.
A partir de los primeros retiros nacionales surgió la necesidad de formar ministerios regionales que, como puntos de reunión periódica, sirvieran como “oasis” o “fortalezas de comunión” donde los hermanos que se enfrentan al sufrimiento humano en medio de la soledad y la “cultura de muerte” que impregnan el mundo actual fueran sostenidos, apoyados y fortalecidos por quienes comparten su inquietud, su vocación y su fe. De este modo la vocación del ministerio no es tanto realizar actividades concretas de misericordia hacia el que sufre (aunque esto no esté excluido) sino, por así decirlo, “cuidar a los cuidadores” que a menudo se enfrentan a ambientes adversos a la fe y se hallan desprotegidos, expuestos al desánimo y solos ante la mentalidad del mundo en este campo del sufrimiento humano.
Quizá pueda verse en esta diversificación regional un esbozo de la visión, antes mencionada, de la extensión del árbol mediante sus ramas; y es que nuestro sueño sería establecer una red tupida de estos “oasis” donde la espiritualidad de la misericordia de Cristo transparentada pueda ser vivida en profundidad y en comunión por quienes luego se dirigen concretamente al encuentro del ser humano que sufre. Ciertamente hay en nuestro mundo muchas personas que se dirigen hacia el sufrimiento, pero ¿desde qué espíritu lo hacen? Muchas, desgraciadamente desde visiones deformadas de la naturaleza humana y de su dignidad (y estas a menudo hacen más mal que bien: aborto, eutanasia etc.) y otras muchas desde una fundamental buena intención que, aunque a veces se llamen creyentes, cuentan ante todo con su propia “buena voluntad” y sus propios recursos. Este último caso sería el de las hoy abundantes ONGs a las que no tenemos intención de añadir una más, sin que eso signifique que las menospreciemos.
Somos cristianos carismáticos y eso significa que creemos en la realidad de la presencia y acción del Espíritu Santo en modos bien concretos y en lo más ordinario. Aspiramos nada más (y nada menos) a que en nuestro acercamiento al ser humano que sufre el que se manifieste sea Dios mismo (el corazón de Cristo como fuente de misericordia) no nuestra pobre misericordia personal ni nuestra pobre presencia. En cierto modo aspiramos a “desaparecer” ante Cristo médico y consolador (a eso llamamos “trasparentar la misericordia de Dios”) Aspiramos pues a un milagro cotidiano: lo que Bernanos llamaba “el dulce milagro de nuestras manos vacías”. A eso añadiremos, claro está, nuestras competencias profesionales y personales, pero siempre en segundo lugar, contradiciendo al culto contemporáneo a la eficacia. Estar al lado del que sufre (“acompañar” en el sentido más amplio) es la primera vocación del sanitario y de quien se aproxima cristianamente al sufrimiento, antes que su eficacia profesional o personal.
Quien comprenda y comparta estos objetivos se dará cuenta de la inmensa dificultad de mantener ante el que sufre esa actitud, esa conciencia y esa apertura al Espíritu en medio del mundo (y más aún del mundo contemporáneo) Por eso necesitamos (e intentamos crear con los encuentros regionales y locales) “oasis de comunión” donde “cuidar a los cuidadores”. Donde la aguda conciencia de la presencia de Cristo no se diluya en una pura actividad humanista de beneficencia ni en una rutina sin grandes esperanzas. Creemos que vale más un santo que un ejército de funcionarios (entendiendo como santo, al modo paulino, simplemente al que sabe dejarse a Dios). En suma: tenemos la osadía de esperar en Dios; porque además no es que simplemente tengamos esas aspiraciones, sino que creemos firmemente que para eso ha suscitado Dios este ministerio en el seno de la Renovación Carismática y que simplemente vamos a donde Él nos ha enviado.
Ante la perplejidad de algunos frente a un ministerio de la salud que no realiza por sí mismo demasiados actos concretos de tipo “asistencial” se puede recurrir pedagógicamente al paralelo de la comparación con un ministerio de alabanza. Este último no está para sustituir la alabanza del pueblo, ni para hacer alabanza en lugar de ellos: la alabanza está en la raíz misma de la existencia cristiana de cada uno (¿y no cabe decir lo mismo del acercamiento al sufrimiento del hermano?) así que lo que hace un ministerio de alabanza es facilitar los caminos y encauzar la alabanza de cada uno de los que forman el pueblo de Dios para que la descubran en sí mismos, la hagan más fácilmente y la desarrollen en comunión. Pues bien: eso es exactamente a lo que aspira el Ministerio de la Salud en su propio lugar, el del sufrimiento humano, que es ciertamente un lugar sagrado. Y aspira a hacerlo desde sus encuentros de comunión y su espiritualidad y modos carismáticos.
Es evidente que un proyecto semejante no es la labor de un día, sino la vocación de toda una vida y posiblemente un camino que va más allá de cada vida individual. Es aquí donde la cita arriba mencionada del libro Primero de los Reyes toma todo su sentido:
“Levántate y come, pues el camino ante ti es muy largo” 1Re 19,8
Nos mantenemos de alimento cotidiano de la Palabra y el Espíritu de Dios, pero no somos “alumbrados” que creamos que la realidad se cambia de un plumazo mediante un acto mágico. El Ministerio de la Salud de la RCCE es más un camino ofrecido que una meta. Aspiramos menos a tal o cual logro concreto que a “plantar hombres” que vivan su servicio en la misericordia con la radicalidad cristiana y carismática de quien sabe que Dios es un Dios vivo y actuante, aquí y ahora, en el acompañamiento del hermano que sufre. Conocemos el camino; los resultados y las metas se los dejamos al Señor con nuestra disponibilidad. Con una frase afortunada de uno de los responsables nacionales podemos decir que nos basta sentir las manos de Dios en nuestro barro sin interesarnos demasiado en saber qué tipo de vasija está fabricando.
PRESENTACIÓN DEL MINISTERIO DE LA SALUD DE LA RCCE
ORIGENES E HISTORIA
Los primeros pasos del Ministerio de la Salud se dieron en el año 2001 a partir de las inquietudes de un grupo de sanitarios cristianos de la Renovación que se encontraron en un retiro nacional de servidores con el Dr. Philippe Madre
Aquel retiro versaba sobre el combate espiritual y muchos sanitarios de la Renovación, sintiendo que, en su actividad profesional, encontraban precisamente muchos obstáculos y combates para sus convicciones cristianas y que necesitaban de orientaciones precisas, pensaron que el Dr. Madre podría ser de gran ayuda para orientarles en esa inquietud.
A partir del pequeño grupo de sanitarios presentes en aquel retiro, comenzaron las actividades de este incipiente ministerio con una serie de retiros de formación impartidos por el mismo Philippe Madre. Profundos e intensos, en su desarrollo a lo largo de varios años aparecieron algunos elementos nuevos e inesperados en lo que al principio se había considerado solo como algo restringido a los sanitarios cristianos. Se puede decir que la “visión fundacional” del ministerio se hizo más amplia y profunda de lo que al principio habíamos pensado.
En primer lugar por la propia idiosincrasia de los asistentes a los retiros; si bien no faltaron los sanitarios profesionales propiamente dichos, estos fueron una minoría relativa. Acudió a la llamada toda una variedad de personas que se relacionaban con la atención y acompañamiento al ser humano que sufre, pero que desbordaban ampliamente el aspecto meramente médico: visitadores de enfermos, psicólogos, asistentes sociales y un largo etcétera que incluía a personas que, simplemente acompañaban a sufrientes o sentían la llamada hacia el acompañamiento del dolor humano sin poseer todavía una vocación concreta.
Estas circunstancias supusieron una primera “crisis de identidad” del ministerio, puesto que en el principio se había pensado en una especie de asociación limitada a los profesionales de la salud cristianos y carismáticos. ¿Nos habíamos equivocado de algún modo o el Espíritu quería abrir puertas nuevas?
Ya desde ese momento se comenzó lo que después ha sido el modo ordinario de nuestro funcionamiento: el discernimiento comunitario en un ambiente de comunión, oración y apertura carismática a las manifestaciones del Espíritu, que no excluyen la reflexión profunda personal y colectiva. El resultado de este discernimiento fue claro: no había error ni desviación; sencillamente el Señor había llamado a los que quiso… aunque no todos acudieran. De hecho ante la duda planteada por algunos de si no debíamos restringir el ministerio a los sanitarios profesionales… que en gran medida no habían respondido a la llamada, la respuesta, claramente sentida como inspirada fue el pasaje del evangelio que dice:
“envió a su siervo a decir a los invitados: “Venid, que ya está todo preparado.” Pero todos a una empezaron a excusarse (… ) Entonces, airado el dueño de la casa, dijo a su siervo: “Sal en seguida a las plazas y calles de la ciudad, y haz entrar aquí a los pobres y lisiados, y ciegos y cojos.”
Lc 14,18-21
A partir de este discernimiento se empezó a pensar en cambiar el nombre del ministerio puesto que ya no parecía válido el inicial de ministerio “de los profesionales de la salud” pues se interesaban muchas personas, a las que no parecía oportuno ni fraterno excluir por el hecho de que no se dedicaran de modo profesional y remunerado a cuidar a los enfermos y personas sufrientes.
A raíz de una reunión con todos los enlaces regionales del ministerio que quisieron acudir se decidió continuar con la importante labor formativa, cristiana y carismática, con la que nos ayudaba el Dr. Madre a la vez que se abría el ministerio a las personas interesadas en él.
Lo que el Dr. Madre aportó es ante todo una visión, un modo de ver, profundamente cristiano y carismático, al acercamiento hacia la persona que sufre. Su papel fue más parecido al de un asesor espiritual que al de un director o planificador de actividades. Se puede decir que ha aportado una visión espiritual de base –con la formación correspondiente- Dicha espiritualidad de base consiste fundamentalmente en transparentar la presencia misericordiosa de Dios ante el que sufre más allá de nuestra pobreza personal, y ha servido de plataforma para la existencia misma del ministerio.
LA “VISIÓN”
Junto a la formación, necesaria y valiosa, el ministerio se orientó mediante una apertura orante y reflexiva a descubrir por donde nos llevaba el Señor ya que Él mismo había suscitado en los corazones el deseo de comunión de los cristianos carismáticos que se aproximan al sufrimiento humano en medio de una cultura progresivamente descristianizada y hostil a veces a los valores mismos del Evangelio.
Como suele suceder cuando Dios suscita algo, primero ofrece una “visión” que de algún modo contiene en sí los desarrollos posteriores, de momento imprevisibles, que solo Él conoce. Por su propia naturaleza esa “visión” sobrepasa ampliamente las expectativas y pensamientos personales de los individuos que la reciben y que suelen sentirse desbordados por ella. En nuestro caso se trata de la voluntad de transparentar toda la misericordia del Corazón de Cristo a través de las vasijas de barro que somos los propios miembros del ministerio. Se puede decir que eso en sí no es nada nuevo (en la Iglesia nada es completamente nuevo, pero es siempre novedad) y se trataba, simplemente de que el Señor quería suscitar a través de nuestra identidad carismática una efusión de su misericordia hacia el que sufre. Evidentemente es algo que nos sobrepasa como individuos y que a la vez nos sumerge en el misterio de la Iglesia en medio del mundo con nuestra propia forma carismática de ser cristianos.
Sobre la base de la espiritualidad de la Misericordia trasparentada, el Señor fue añadiendo visiones “menores” a la visión fundacional (llamémosla así) de nuestro ministerio. Discernidas en oración y reflexión comunitaria, una de ellas procedió de un monasterio a donde se habían desplazado bastantes de los integrantes del ministerio y que oraban con un grupo de monjes y monjas para intentar discernir lo que el Señor quería. La imagen propiamente dicha fue la de un árbol de gran tamaño que extendía sus ramas de las que surgían nuevos brotes, como árboles nuevos, conectados pero distintos.
A esta visión se añadió, en la primera reunión de los enlaces regionales, las palabras que, en el libro primero de los Reyes, el ángel dirige al profeta Elías, el cual, agotado por la marcha por el desierto, se ha sentado desesperado bajo una retama sin horizonte alguno para su vida; el ángel le presenta comida y agua y le dice:
“Levántate y come, pues el camino ante ti es muy largo” 1Re 19,8
La escritura añade que “con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb”.
Si mencionamos todo esto no es por ningún prurito visionario ni de “iluminados”. Simplemente son las palabras que guardadas pacientemente en el corazón y saboreadas desde dentro se han revelado poco a poco, del modo más concreto posible, como el camino que el Señor nos iba proponiendo para configurar el ministerio y su andadura.
LA PRÁCTICA
El Ministerio Nacional de la Salud (ese es el nombre actual, más inclusivo que el antiguo de “profesionales de la salud”) parte de dos núcleos de actividad; por un lado los retiros nacionales de formación que son anuales o bianuales, y abiertos a cualquier persona interesada. Y por otro lado los encuentros de discernimiento de los enlaces regionales con los responsables nacionales.
A partir de los primeros retiros nacionales surgió la necesidad de formar ministerios regionales que, como puntos de reunión periódica, sirvieran como “oasis” o “fortalezas de comunión” donde los hermanos que se enfrentan al sufrimiento humano en medio de la soledad y la “cultura de muerte” que impregnan el mundo actual fueran sostenidos, apoyados y fortalecidos por quienes comparten su inquietud, su vocación y su fe. De este modo la vocación del ministerio no es tanto realizar actividades concretas de misericordia hacia el que sufre (aunque esto no esté excluido) sino, por así decirlo, “cuidar a los cuidadores” que a menudo se enfrentan a ambientes adversos a la fe y se hallan desprotegidos, expuestos al desánimo y solos ante la mentalidad del mundo en este campo del sufrimiento humano.
Quizá pueda verse en esta diversificación regional un esbozo de la visión, antes mencionada, de la extensión del árbol mediante sus ramas; y es que nuestro sueño sería establecer una red tupida de estos “oasis” donde la espiritualidad de la misericordia de Cristo transparentada pueda ser vivida en profundidad y en comunión por quienes luego se dirigen concretamente al encuentro del ser humano que sufre. Ciertamente hay en nuestro mundo muchas personas que se dirigen hacia el sufrimiento, pero ¿desde qué espíritu lo hacen? Muchas, desgraciadamente desde visiones deformadas de la naturaleza humana y de su dignidad (y estas a menudo hacen más mal que bien: aborto, eutanasia etc.) y otras muchas desde una fundamental buena intención que, aunque a veces se llamen creyentes, cuentan ante todo con su propia “buena voluntad” y sus propios recursos. Este último caso sería el de las hoy abundantes ONGs a las que no tenemos intención de añadir una más, sin que eso signifique que las menospreciemos.
Somos cristianos carismáticos y eso significa que creemos en la realidad de la presencia y acción del Espíritu Santo en modos bien concretos y en lo más ordinario. Aspiramos nada más (y nada menos) a que en nuestro acercamiento al ser humano que sufre el que se manifieste sea Dios mismo (el corazón de Cristo como fuente de misericordia) no nuestra pobre misericordia personal ni nuestra pobre presencia. En cierto modo aspiramos a “desaparecer” ante Cristo médico y consolador (a eso llamamos “trasparentar la misericordia de Dios”) Aspiramos pues a un milagro cotidiano: lo que Bernanos llamaba “el dulce milagro de nuestras manos vacías”. A eso añadiremos, claro está, nuestras competencias profesionales y personales, pero siempre en segundo lugar, contradiciendo al culto contemporáneo a la eficacia. Estar al lado del que sufre (“acompañar” en el sentido más amplio) es la primera vocación del sanitario y de quien se aproxima cristianamente al sufrimiento, antes que su eficacia profesional o personal.
Quien comprenda y comparta estos objetivos se dará cuenta de la inmensa dificultad de mantener ante el que sufre esa actitud, esa conciencia y esa apertura al Espíritu en medio del mundo (y más aún del mundo contemporáneo) Por eso necesitamos (e intentamos crear con los encuentros regionales y locales) “oasis de comunión” donde “cuidar a los cuidadores”. Donde la aguda conciencia de la presencia de Cristo no se diluya en una pura actividad humanista de beneficencia ni en una rutina sin grandes esperanzas. Creemos que vale más un santo que un ejército de funcionarios (entendiendo como santo, al modo paulino, simplemente al que sabe dejarse a Dios). En suma: tenemos la osadía de esperar en Dios; porque además no es que simplemente tengamos esas aspiraciones, sino que creemos firmemente que para eso ha suscitado Dios este ministerio en el seno de la Renovación Carismática y que simplemente vamos a donde Él nos ha enviado.
Ante la perplejidad de algunos frente a un ministerio de la salud que no realiza por sí mismo demasiados actos concretos de tipo “asistencial” se puede recurrir pedagógicamente al paralelo de la comparación con un ministerio de alabanza. Este último no está para sustituir la alabanza del pueblo, ni para hacer alabanza en lugar de ellos: la alabanza está en la raíz misma de la existencia cristiana de cada uno (¿y no cabe decir lo mismo del acercamiento al sufrimiento del hermano?) así que lo que hace un ministerio de alabanza es facilitar los caminos y encauzar la alabanza de cada uno de los que forman el pueblo de Dios para que la descubran en sí mismos, la hagan más fácilmente y la desarrollen en comunión. Pues bien: eso es exactamente a lo que aspira el Ministerio de la Salud en su propio lugar, el del sufrimiento humano, que es ciertamente un lugar sagrado. Y aspira a hacerlo desde sus encuentros de comunión y su espiritualidad y modos carismáticos.
Es evidente que un proyecto semejante no es la labor de un día, sino la vocación de toda una vida y posiblemente un camino que va más allá de cada vida individual. Es aquí donde la cita arriba mencionada del libro Primero de los Reyes toma todo su sentido:
“Levántate y come, pues el camino ante ti es muy largo” 1Re 19,8
Nos mantenemos de alimento cotidiano de la Palabra y el Espíritu de Dios, pero no somos “alumbrados” que creamos que la realidad se cambia de un plumazo mediante un acto mágico. El Ministerio de la Salud de la RCCE es más un camino ofrecido que una meta. Aspiramos menos a tal o cual logro concreto que a “plantar hombres” que vivan su servicio en la misericordia con la radicalidad cristiana y carismática de quien sabe que Dios es un Dios vivo y actuante, aquí y ahora, en el acompañamiento del hermano que sufre. Conocemos el camino; los resultados y las metas se los dejamos al Señor con nuestra disponibilidad. Con una frase afortunada de uno de los responsables nacionales podemos decir que nos basta sentir las manos de Dios en nuestro barro sin interesarnos demasiado en saber qué tipo de vasija está fabricando.