Sábado de la 12ª Semana
Pedro y Pablo, apóstoles
TESTIGOS DE JESÚS
Pedro y Pablo, apóstoles, son dos eminentes testigos de Jesús, al que proclamaron como Mesías y como Dios con sus palabras, con sus vidas y sus muertes martiriales. Pedro comenzó pronto su testimonio autorizado de Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16). Pedro había sido testigo cualificado de la transfiguración de Jesús (Mc 9,2), de la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,37,42) y fue testigo de la resurrección de Cristo de entre los muertos (Lc 24,34).
San Pablo recibe por revelación directa de Dios el eminente conocimiento de Jesús: «Aquél que me escogió desde el seno de mi madre…, se dignó revelar a su Hijo en mí para que lo anunciara a los gentiles» (Ga 1,15-16). Y Pablo supo combatir bravamente su lucha, corrió hasta la meta y defendió la fe (2 Tm 4,7).
Se trata de dos testigos de Jesús privilegiados y excepcionales. Desde el primer día de su encuentro con Cristo, Jesús le dice a Simón: «A ti te llamarán Cefas, que significa piedra» (T n 1,42). El evangelio de San Mateo concreta esta misión de piedra y fundamento: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará» (Mt 16,18). Pedro hereda de Cristo su función de piedra y roca de la Iglesia. Cristo es en sentido primario y radical la piedra y el cimiento (cemélion, en griego): «Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Cristo Jesús» (1 Co 3,11). Pero Cristo entrega esta función primaria suya de modo dependiente y secundario a Pedro: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). Pedro será piedra básica de la Iglesia sobre el cimiento insustituible de Cristo Jesús.
Pablo; elegido por Dios apóstol, quiere conferir su revelación recibida de Dios, con Pedro: «Subí a Jerusalén y me quedé con Pedro quince días para conferir la información» (Ga 1,18). Así Pablo reconoce a Pedro como Pastor de pastores en la Iglesia (¡Qué lástima que tantos «Pablitos» diminutos se consideren iguales o superiores a Pedro y a sus sucesores!).
Juan Evangelista reconoce también la primacía pastoral de Pedro en la Iglesia. Lo deja entrar primero en el sepulcro vacío de Cristo (Jn 20,6). Cuando Pedro ya ha muerto, Juan añade un último capítulo a su Evangelio para demostrar que, detrás de Jesús, el Buen Pastor (Jn 10,11) y el gran Pastor y Jefe de las ovejas (1 P 5,25), Pedro ha recibido de Jesús el encargo de pastorear corderos (arnía, en griego), (Jn 21,15), de cuidar ovejas (próbata), (Jn 21,16) y de apacentar el rebaño (probatía). Juan enseña a sus discípulos que la autoridad principal de la Iglesia no está en él, ya anciano, sino en Pedro ya muerto y en sus sucesores.
Señor Jesús: da fuerza a Pedro y a los que le suceden en el Pastoreo supremo de la Iglesia; defiéndelos de las puertas del infierno, de las insidias de los nuevos Herodes Agripas, que quieren criticarlos, encarcelarlos y eliminarlos, y de la soberbia de los que no reconocen su primacía, como lo hicieron aquellos dos gigantes de la Iglesia: Pablo y Juan el Evangelista. Manda tu santo ángel a proteger a Pedro (Hch 12,7) Y a los sucesivos pastores y evangelizadores, que como Pedro y Pablo tratan de propagar tu vida hasta los extremos de la tierra.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.