
Desde el 2018 vengo participando en el Retiro Nacional de sacerdotes de la Renovación Carismática Católica en España. (El año 2020 no se pudo realizar por la pandemia.) Son cuatro años en los que he vivido una profunda renovación de mi vida sacerdotal y unos días de descanso muy necesarios al final del curso pastoral. Se ha realizado en la casa Cristo Rey de Pozuelo de Alarcón, del domingo 3 al viernes 8 de julio y nos hemos reunido más de ochenta sacerdotes.
En particular, este año llegué muy cansado, con necesidad de recibir nuevas fuerzas de parte del Señor. El encuentro con tantos hermanos sacerdotes que acuden desde tantas diócesis españolas me llena siempre de una gran alegría. A la mayoría los veo una vez al año, en este retiro, pero la unión en el Espíritu es tan verdadera y profunda, que pronto conecto con facilidad. El clima sacerdotal es de alegría, libertad y fraternidad. Llama la atención la unidad en la diversidad de estilos, edades y procedencias. Somos sacerdotes católicos y eso basta para experimentar una hermandad que va creciendo según avanzan los días.
Durante los días del retiro, algunos hermanos madrugan para pasear juntos o en solitario… otros rezan. Empezamos comunitariamente el día con el desayuno, al que sigue el rezo de laudes. Son laudes cantadas, tranquilas, llenas de alabanza, en las que se intercalan los salmos propios del día con otros cantos que el Espíritu Santo sugiere al ministerio de música (maravilloso, mejor cada año). Hay una introducción de alabanza en la que el que preside, cada día un sacerdote distinto, orienta y anima el acto. También hay predicación después de la lectura breve que muchas veces lleva unido el testimonio del sacerdote celebrante. Las preces se prolongan y abarcan todas las necesidades que el Espíritu pone en el corazón de los participantes.
Después viene la enseñanza de la mañana, interrumpida con un descanso, que concluye con un ejercicio práctico por grupos o en la capilla, según la temática del día. A continuación, la comida y un tiempo de descanso hasta la alabanza con la que comienza la tarde.
Es de reseñar el ministerio de intercesión. Varias parejas de intercesores laicos, mujeres y hombres, vienen al retiro y desde las tres de la tarde hasta la hora de la misa, atienden a los sacerdotes que libremente lo piden. A mí particularmente es uno de los momentos que más me ayudan del retiro, en el que Dios confirma con las palabras de conocimiento y profecía mi camino interior y me fortalece, sanando el corazón y dando luz.
Después de la alabanza de la tarde, unos 45 o 50 minutos, la enseñanza, que prolonga lo visto en la mañana, un breve refrigerio y un tiempo de descanso hasta la misa con vísperas, presidida cada día por un sacerdote distinto y concelebrada casi siempre por hermanos que celebran su aniversario sacerdotal. Es el centro del día, momento de comunión con Jesucristo y con toda la Iglesia, fuente de renovación.
Después la cena, un tiempo de descanso y hacia las diez y media la adoración de la noche con la que concluye el día. Estos momentos de la noche suelen recoger, en clave de oración e intercesión de unos por otros, el contenido del día. Son momentos muy intensos de unión con Jesucristo y entre todos nosotros.
Me parece que este año el retiro ha ayudado mucho a todos los sacerdotes pues se han tratado temas de sanación interior con un acento muy práctico y concreto. El lema del retiro “En tu brecha, la puerta de mi sanación” (cfr. Miq 2,13) nos ha llevado hasta el costado abierto de Cristo, puerta de nuestra sanación. Hemos vuelto a experimentar cómo el amor de Jesucristo nos reconstruye cuando le mostramos nuestras heridas como hombres y sacerdotes suyos. Este año hemos constatado las heridas que todos tenemos, fruto de nuestras relaciones paternas y maternas, también con nuestros hermanos de sangre, en la propia familia y con la familia de la Iglesia, con hermanos sacerdotes… Hemos abordado el tema desde la espiritualidad y desde la psicología, a través de enseñanzas muy oportunas.
Hemos experimentado sanación en la relación con nuestro padre y con otras figuras paternas que hemos tenido en nuestra vida, también con nuestra madre y con la mujer, tan importante en nuestra vida y ministerio.
Se ha puesto en evidencia, a través de las enseñanzas, dinámicas de grupo y adoraciones, que la vivencia familiar de cada uno ha influido y sigue influyendo de manera decisiva en nuestra vida personal y en nuestra pastoral. De ahí la necesidad de seguir procesos de sanación personal después del retiro anual, en el acompañamiento espiritual y en posteriores encuentros que podamos tener por zonas.
Han sido días de mucho gozo, de muchas bendiciones recibidas, a pesar de experimentar bajas significativas de varios hermanos por contagios de Covid.
Hemos salido ungidos, lanzados a la misión con un renovado ardor, llamados a vivir en un Pentecostés progresivo, dinámico y permanente, con la ayuda de los hermanos que viven junto a nosotros y deseando llevar a todos los hombres lo que por misericordia de Dios hemos podido volver a experimentar de su infinito amor.
La Virgen ha sanado muchas heridas de nuestro corazón y nos ha ayudado a lavar nuestras vestiduras sacerdotales junto al pozo donde Ella recibió la llamada del arcángel Gabriel y pronunció su Fiat. Hágase también en cada uno de nosotros según Su Palabra.
José Anaya Serrano, párroco de Novés, diócesis de Toledo