Testimonio del P. Javier R.

7.12.22

Como a menudo nos ocurre, son varias las causas que confluyen en la toma de una decisión, así mismo sucede con mi presencia en un Seminario de Vida en el Espíritu para Sacerdotes: un matrimonio de otra diócesis, que conocí a través de las redes sociales, charlas de Mons. Uribe Jaramillo, llenas de unción y rigor, un vídeo del P. Kelly, con motivo de su reciente visita a España… Pero, en el fondo, quizá, dos grandes inquietudes: Por un lado, la predicación del Papa acerca de la “orla del manto”, en su primera Misa Crismal, causó honda mella en mí. Por otro, latía en mí el anhelo de una renovada experiencia de fe, más fresca y sentida.

El SVE no defraudó mis expectativas. Dicho sea con toda sobriedad, sin euforias, a las que no soy muy propenso y que, en mi caso, tampoco encontraron motivo en experiencias sensibles.

Quiero ensalzar dos aspectos relacionados con la participación:

– ¡Qué maravilla, el desempeño en las sesiones del SVE y la convivencia de cerca de 40 sacerdotes de muy variadas procedencias! Ahí quedaba clara la sensación de que nadie estaba, sin más, para ver si le iba bien, sino con necesidad de un buen empujón o, quizá, de un nuevo comienzo. Y, la verdad, nos poníamos muy bien dispuestos a tiro de cualquier iniciativa que se nos sugiriese, por chocante que, en un principio, nos pudiese parecer.

– De quitarse el sombrero, la presencia y apoyo constante de los laicos integrantes del equipo. ¡Qué alta estima del sacerdocio mostraron con su generosísima dedicación! ¡Y cuánto bien me hizo esto a mí, como sacerdote que soy!

Dios te ama y te llama, Él no te ha traído hasta aquí sin un propósito, Él tiene poder para restaurarte y regalarte un nuevo comienzo. He aquí algunas de las afirmaciones que fueron calando en mí. Y, sobre todo, la certeza de que la experiencia sensible de Dios, siendo así que es Gracia, no es una posibilidad tan remota en la vida del creyente como a menudo pensamos.

Sin ser yo, ni mucho menos, un intelectual, en mi modo de vivir y explicar la fe sí predomina, sin duda, el elemento racional. Pero, la fe apela a todo lo que somos y reclama, sobre todo, el sometimiento de nuestra entraña más cordial. Partiendo de una actitud central, la alabanza, con la que expresamos la realidad más inapelable para nosotros: que en Su infinito Amor, nuestro Creador nos ha regalado la Victoria en Cristo; que Él es Dios y nosotros, Sus hijos agradecidos.

Al principio de mis más de trece años de sacerdocio, si alguien me pedía una bendición, dedicaba tiempo para explicarle a ese tal por qué aquello era innecesario. La clave “orla del manto” fue determinante para que yo comprendiera que no sólo Jesús mismo salva, sino que, además, quienes tocaban siquiera la orla de Su manto, quedaban curados. Es decir, Cristo no sólo actúa, en nuestro Ministerio presbiteral, de modo esencial, a través de los Sacramentos, en los que Él mismo se hace presente, sino que prolonga Su acción benefactora de un modo no esencial, pero con posibilidades sanantes, en sentido amplio.

Así, uno de los aspectos que más me interesó fue el de la imposición de manos o la rúbrica “las manos del sacerdote”. Llevo tiempo procurando rescatar del olvido, tan generalizado, el empleo de las manos sacerdotales como manos ungidas por Cristo que son. Así, por ejemplo, al orar, por las noches, con mi madre enferma, le impongo las manos, implorando la venida del Espíritu sobre ella, especialmente el avivamiento del don de fortaleza, su sanación y la protección de Dios sobre ella. En el SVE encontré ratificación para este actuar. De modo que, a mi regreso, he orado con imposición de manos ante hermanas que cambiaban de destino o que se disponían a participar en la reciente Peregrinación Europa de Jóvenes. Y ante alguna otra no lo he hecho, porque es recibido con extrañeza o prevención. Estoy seguro de la eficacia de este proceder, aunque no me sea a mí dado reconocer los frutos.

Encontré en el SVE mucho fundamento bíblico y eclesiológico en todo; sencillez y una notable facilidad para la interiorización en los cantos; una insistencia muy saludable en dejarnos mover por lo esencial, apartando nuestra atención de lo que nos causara extrañeza.

¿Ha habido frutos, al regresar a casa? Sí, y alguno puedo reconocerlo: nada espectacular, pero, quizá, una mejor vivencia de la mansedumbre, por ejemplo.

No podemos olvidarnos de que Dios está presente en nuestro aquí y ahora. Sin ratos muertos. Siempre amando, consolando, sosteniendo, perdonando, acogiendo, salvando. Los ratos muertos son míos, no Suyos.

Según he podido intuir, la RCCE trabaja un auténtico arsenal de medios no esenciales, pero tan útiles para tener Vida en abundancia; sin desconexiones, en lo posible. No los comprendo todos, pero me fío, por el discernimiento eclesial del que emanan y por el envío que la propia Iglesia dirige a quienes asumen ciertos ministerios a ellos asociados. Si no son esenciales, entonces, ¿para qué? Un complemento vitamínico o un apósito no son esenciales para vivir; pero, sin embargo, pueden ser incluso decisivos en nuestro peregrinar.

Yo traté de participar dócilmente e intenté aprovechar todo lo que pude, que fue mucho. Es muy rico que los Sacerdotes con el Santísimo o los seglares te cubran con su oración imponiendo manos, hablando a la vez en lenguas. “¡Cúbrele con tu manto, Madre, Mamá!” recuerdo de lo que sí pude entender: ¡qué hermoso!

¿Un campo en el que me gustaría poder ahondar? El de la sanación interior. Quizá, algún día. Pero, de momento, esta oportunidad de renovación que es el SVE ha resultado muy gratificante. No nos han vendido humo.

Mi aplauso y mi agradecimiento para la RCCE por poner a disposición de toda la Iglesia la riqueza que el Espíritu le ha confiado a ella. Muy en particular, por este servicio para los sacerdotes.