Mi nombre es Fco. Javier Ramírez de Nicolás. Soy sacerdote diocesano de Osma-Soria y pertenezco a Renovación desde julio de 2010. Agradezco al Ministerio Nacional de Sacerdotes de RCCE su invitación a que os narre cómo fue el momento o, mejor dicho, el proceso de descubrir que el Señor me llamaba para el sacerdocio.
Pertenezco a una familia católica en la que mis padres siempre me enseñaron la fe y con ellos y mis hermanas la practicaba todos los domingos. Con ellos, en casa, aprendí a rezar. Esta formación espiritual se complementó con la que recibí en un Colegio Católico de PP. Escolapios hasta terminar el Bachillerato. Desde siempre me sentí muy llamado a la Eucaristía del domingo y a confesarme frecuentemente. Me daba mucha Paz. Creo que todo esto junto a los años de Universidad en Navarra en los que hice la Licenciatura en Derecho cuidado en un Colegio Mayor del Opus Dei y luego por mis compañeros de piso que eran católicos practicantes fueron la llamada remota. El Señor me cuidó así durante 23 años, aunque no percibí ninguna llamada concreta. En principio, quería casarme y formar una familia.
Al terminar la carrera y mientras hacía el servicio militar, empecé a opositar a Notarías. Es lo que quería ser. Me apasionaba el derecho civil. En septiembre de 1991 comencé a dar catequesis en una parroquia de Soria, mi ciudad. El 1 de noviembre de 1991, en dicha parroquia, se ordenó un joven de sacerdote. Asistí con todo el grupo de catequistas a una celebración en la que nunca había estado movido, sobre todo, por la curiosidad y por acompañar a dicho joven. Y sucedió algo especial: mientras el candidato está tumbado en el suelo y se cantan las letanías a los Santos en mi interior recibí esta voz: “tu vida va a pasar por este mismo momento”. Nunca se me ha quitado de la mente y del corazón ese instante. Fue realmente un momento de Gracia: el Señor quería que fuese sacerdote. Fue la llamada próxima.
Durante siete meses, en silencio y sin compartirlo con nadie, discerní ese instante de mi vida hasta que el 16 de mayo de 1992 decidí dejar la oposición e ingresar en el Seminario de mi diócesis. Desde ese momento y con muchas dificultades, caminé con otros hermanos en un duro proceso de discernimiento de varios años, con toda la formación que se imparte en los Seminarios (humana-comunitaria, académica, espiritual y pastoral) pero ya con toda la Iglesia y no solo. Así, hasta el 11 de octubre de 1998, Año del Espíritu Santo preparación del Jubileo del 2000, día de mi ordenación sacerdotal de manos de D. Francisco Pérez González, entonces mi Obispo y actual Arzobispo de Pamplona-Tudela. Éste es el momento inmediato de la llamada, cuando lo que llevas en el corazón es puesto al discernir de la Iglesia que se lo presenta al Pastor para ser ordenado. Es fundamental porque así luego no vienen dudas. Vives en la certeza de que realmente el Señor te llamó a compartir el sacerdocio ministerial de su Hijo. Nunca he dudado de que ésta es mi vocación.
Llevo más de 14 años de sacerdocio. Ha sido y está siendo una experiencia formidable, con muchos momentos maravillosos y otros difíciles pero sabiendo “Quién me conforta”. Desde hace dos años, mi sacerdocio fui ungido con la Efusión del Espíritu Santo, en concreto, el 9 de julio de 2010, en un Retiro de Sacerdotes de RCCE, al que asistí no por un recto motivo ya que sólo quería escuchar al P. Raniero Cantalamessa.
Pero de esta pobreza mía se sirvió el Señor, como de la mera curiosidad en 1991, para volver a dirigirme una llamada con un amor más profundo y “renovar” mi sacerdocio. Creo que fue otra “llamada” del Señor a caminar de un modo nuevo con mucha más alegría espiritual (me invadió este fruto del Espíritu en la Efusión). El resto de la historia lo conocéis vosotros, casi mejor que un servidor. Dios os bendiga.