
Del 7 al 12 de julio de 2019, un grupo de 63 sacerdotes y un diácono permanente, nos reunimos en la Casa de Ejercicios “Cristo Rey”, en Pozuelo de Alarcón (Madrid), para tener nuestro Retiro anual, convocados por el Servicio Nacional de Sacerdotes de la Renovación Carismática Católica en España.
Dios nos ha regalado este año el testimonio y las enseñanzas del padre John Mario Montoya, eudista de Colombia, que nos ha traído aire fresco del Espíritu y un renovado deseo de responder al amor de Dios en nuestras vidas. ¡Gracias, Padre John Mario!
El Gozo del Espíritu Santo se derrama año tras año en este retiro gracias a las predicaciones bien cuidadas, a la alabanza gozosa, animada por el ministerio de alabanza “Rey de reyes” de Guadalajara, y a la convivencia y testimonio de los hermanos sacerdotes. Como un buen gazpacho de verano es fruto de la combinación armoniosa de sus ingredientes, así en este retiro todos estos elementos son importantes. Y todos han estado presentes en este retiro. Hemos salido con el alma refrescada y reconfortada por la presencia del Espíritu. Ha crecido nuestro gozo de ser hijos amados del Padre y otros Cristos por el sacramento del Orden.
Por las mañanas las enseñanzas han versado sobre la experiencia y el ministerio de San Pablo, discípulo y evangelizador, basando todas las reflexiones en las cartas de Pablo y en los Hechos de los Apóstoles. Hemos gustado enormemente de la Palabra de Dios y de su capacidad de dar sentido y vida a nuestro ministerio.
El Padre John Mario nos ha hablado también en todo momento del Espíritu Santo y del papel que su envío juega en los discursos de la Última Cena del Señor. Personalmente doy gracias a Dios con nuevas fuerzas por el don de la renovación carismática en mi vida. Y me ha llenado de gozo constatar una vez más que esta corriente de gracia nace del Corazón mismo de Cristo en la última cena y en la Cruz. Jesús mismo pidió para nosotros otro Paráclito (Abogado) que continuase su obra en el mundo. Y lo envió para que estuviera con nosotros para siempre en el nombre de Jesús, quitándonos todos los miedos. Él mora con nosotros y en nosotros, y nos lleva en todo momento a la verdad que es Cristo.
En las enseñanzas de la tarde hemos recorrido algunos aspectos clave de la Renovación Carismática, que debemos amar, valorar y cuidar cada día más. La oración de alabanza, la sanación, el Bautismo en el Espíritu y sus frutos, y los grupos de oración fueron algunos aspectos en los que hemos profundizado.
Especialmente iluminadora me ha parecido la lista de los frutos del Bautismo o Efusión del Espíritu; me permito enunciar: El Bautismo en el Espíritu produce mucha alegría y gozo, liberación interior de miedos y ataduras, ratifica los dones que hemos celebrado, rompe miedos que impiden celebrar con gusto, predicar con fuerza, confesar con amor, y ayudar al que lo necesita. Produce finalmente un gran deseo y gusto en la celebración de la Eucaristía y en la adoración. Se puede recibir muchas veces pues es una renovación de la acción del Espíritu Santo en nuestras almas.
Como es habitual, cada tarde o cada noche teníamos adoración eucarística, en la que con toda la fuerza de nuestra intercesión, hemos orado unos por otros, hemos recibido gracias extraordinarias de sanación especialmente espiritual y de nuestro ministerio, y hemos podido sentir en nuestros corazones que el Señor nos llama a ser sus amigos, a compartir nuestra vida con él, y a darle a manos llenas a los demás.
También es digno de señalar los momentos de intercesión personal. Cuatro hermanas intercesoras vienen a servirnos, para que todo aquel sacerdote que quiera pueda ir a que recen por él. Con su ayuda, presentamos a nuestro Dios, nuestra vida, ministerio, momento presente o historia pasada… A través de ellas recibimos de Él: consuelo, luz, palabras de conocimiento y un nuevo empuje para continuar con ilusión renovada la misión encomendada. ¡Gracias, hermanas!
Pozuelo se ha convertido un año más en la sede de un nuevo Pentecostés para la Iglesia, presente en cada uno de sus sacerdotes. Dios quiera que podamos, año tras año, seguir renovando nuestro ministerio en esta corriente de gracia, y hacer que muchos otros puedan beneficiarse de tantas gracias como el Espíritu Santo derrama sobre sus sacerdotes en estos retiros nacionales.
Muchísimas gracias a los organizadores, muchísimas gracias al ministerio de alabanza, y a todos cuantos hacéis posible este regalo cada año.
Espíritu Santo, ayúdanos a ensanchar la tienda de nuestro corazón, y que en cada una de nuestras parroquias podamos seguir siendo presencia viva de Cristo en el mundo, bendiciendo, sanando y consolando, en nombre de Jesús, a cuantos se acerquen a nosotros.
Eduardo María Pérez Pérez
Testimonio del P. Felipe A. de Mendoza
Compartir este testimonio se ha convertido para mí en un inmenso motivo de alegría. Alegría porque estoy maravillado de la obra de Dios en mí, y alegría porque estoy convencido que la alegría del Espíritu ha de compartirse.
Es el tercer año que tengo la gracia de compartir el Retiro Nacional de Sacerdotes organizado por la Renovación Carismática Católica en España. Debo decir que, como siempre, el Señor sobrepasa toda expectativa humana, deja nuestras ilusiones pequeñas y absurdas ante lo que Él nos tiene preparado. Y ¿cómo eran mis expectativas? Os confieso que muy altas pues, aún con el recuerdo vivo del «fuego» recibido el año anterior, estaba convencido que éste año no sería distinto. Os cuento que como sacerdotes siempre nos acompañan a los retiros proyectos pastorales, nuestro pueblo, nuestros pecados y debilidades, heridas y cansancios, y así un largo etcétera. Todo esto puede servir de motivación para orar, pero también de impedimento en algunas ocasiones. Sin embargo, Dios nos mostró que sus planes están más allá de todo cuanto traíamos con nosotros. Que Él quería hacer algo nuevo y grande una vez más y ¡así fue!
La primera gracia fue el encuentro con los otros sacerdotes. En la vida ministerial nuestra misión de pastores hace que, muchas veces, tengamos que mantener una actitud de liderazgo que nos impide bajar la guardia. Además, convivimos con situaciones tan humanas como la envidia, heridas y rivalidades entre el mismo clero, que hacen que, en muchas ocasiones, se quiebren las relaciones entre los mismos pastores. Estos retiros tienen la gracia especial de la sana y evangélica hermandad. Como decía el P. Eduardo Toraño, aquí nos quitamos las corazas y nos mostramos tal cual somos. ¿Y qué somos? Somos hombres débiles, necesitados de Dios y deseosos de evangelizar. No os hacéis una idea de lo reconfortante que resulta redescubrir en el otro a un hermano. Ya no somos compañeros, competidores o enemigos, Dios nos recuerda que somos hermanos y así lo vivimos una vez ponemos el primer pie en la casa de retiros.
La segunda gracia que quiero resaltar es la riqueza de los laicos. Es verdad que Dios nos regala grandes dones a los sacerdotes, pero ¡cuánto poder ha puesto en vuestras manos, queridos laicos! Estoy convencido que gracias al esfuerzo de organizar estos retiros se han salvado miles de almas. ¿Por qué lo creo? Porque he visto y he experimentado en mi propia carne que Dios ha fortalecido nuestras vocaciones, ha restaurado nuestro celo pastoral e incluso salvado en estos retiros espirituales a algunos de la tentación, ya cercana, de abandonar el ministerio sacerdotal. Cada esfuerzo por sacar adelante estos encuentros nos acerca Dios, con ellos estáis cuidando de vuestros curas y embelleciendo a la Iglesia. Además ¿os imagináis cuántas almas encontrarán la salvación gracias a las fuerzas que los sacerdotes hemos encontrado en este retiro? Doy gracias a Dios por vuestra disponibilidad, cariño, sacrificios y paciencia. Como algo especial debo contaros lo siguiente: el momento de intercesión supuso un espacio de especial bendición que abrió paso a todas las gracias que el Señor me regaló en este retiro. Algunos sacerdotes somos un poco soberbios y tenemos nuestros reparos a mostrarnos vulnerables delante de los laicos. Y ¿qué nos tenía preparado el Señor? Un encuentro de ungida misericordia de manos de los laicos. Con cuanto amor y unción oraban por nosotros las cuatro mujeres del ministerio de intercesión. Fueron un instrumento grande para Dios y solo puedo dar gloria al Señor por ellas y por todas las personas que estuvieron orando por nosotros.
Dios ha estado grande con nosotros, y estamos alegres. El Espíritu Santo ha entrado en «la habitación de los trastos» de mi alma y la convertido en su estancia, en su sagrario. Me ha limpiado interiormente a tal profundidad que siento que ya nada será igual. Suele decirse que, tras concluir un retiro, hay que volver al mundo real y bajar de las nubes. Creo que lo real, lo de verdad, es lo que todos los sacerdotes hemos vivido esta semana. Dios es tan real que, las dificultades y pruebas que ahora se nos presenten, no harán mella en el recuerdo vivo de estos días de gracia. Su amor todo lo puede y late de forma renovada en nuestros corazones haciéndolos uno solo ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo!
P. Felipe A. De Mendoza Alemán
Sacerdote de la diócesis de Almería