Viernes 16 de febrero

16.02.18

ES EL ESPOSO QUIEN SALVA

A muchos les perdió la gula, la bulimia, la droga, la embriaguez y la codicia de tener, de poseer y de ser más que nadie. Se podría pensar demasiado simplemente que si el mal entró en el hombre por la codicia de ser y la gula, la salvación podría llegar por sus contrarios: el ayuno, la abstinencia y el desprendimiento del ser y del poseer. Pero sucedía que los fariseos ayunaban a menudo (Mt 9,14) y su ayuno no les salvaba. Los judíos tenían el precepto de ayunar cuatro veces al año, pero estos ayunos no los convertían al Señor: «Ayunáis entre ruinas y disputas, dando puñetazos sin piedad» (Is 58,4). El ayuno, sin amor y sin justicia, no es grato a Dios.

No va a ser sólo el ayuno el que nos salve. La salvación nos viene «del novio que está con nosotros» (Mt 9,15), del Hijo de Dios, que viene a esposarse en nupcias de amor con la humanidad, que de esclava del pecado pasa a ser esposa embellecida, santa e inmaculada de su Señor. Habrá también que ayunar de actos injustos contra la esposa del Verbo de Dios y «romper los cepos» (Is 58,6b), que quitan la libertad a la humanidad redimida por Jesús.

Tendremos que «partir el pan» con la Esposa hambrienta, hospedarla cuando está sin techo y vestir a esa humanidad que ha sido despojada y vaga sin vestido (Is 58,7), sin cerrarnos nunca a nuestra propia carne. Este es el ayuno que quiere el Señor (Is 58,6a).

«Me llamáis vuestro Esposo y lo soy. Más que vuestro ayuno, os pido vuestro amor sacrificado, fiel, perseverante. Cuando me veáis alejado y rechazado por los hombres, entonces, sí, ayunad, interceded y clamad por mi salvación y mi venida».

«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B  –  Ceferino Santos S.J.