Viernes 7ª Semana de Pascua
BANDERA DISCUTIDA
Los hombres se agrupan con frecuencia en torno a una insignia o a una bandera como señal o símbolo de una identidad nacional, partidista o asociativa. Hasta la bandera de un equipo de fútbol puede concitar el entusiasmo de sus partidarios y el rechazo de los opositores.
La persona de Cristo se ha convertido en bandera discutida y signo de contradicción entre sus seguidores y sus enemigos. Por causa de Jesús, Pablo es perseguido y atacado «porque sostiene que Jesús está vivo» (Hch 25,19). Pablo se ha adherido del todo a la persona de Cristo y «todo lo tiene por basura con tal de ganar a Cristo» (Flp 3,8).
Simón Pedro, después de la resurrección de Cristo, hace ante Él una triple confesión de amor, que borre de algún modo su triple negación en la noche del prendimiento de Jesús: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15b.16.17c). El compromiso de Pedro con Jesús ahora va en serio. Ahora ya no va a temer a los enemigos de Jesús ni a la muerte; ahora Pedro va a seguirle hasta dar la vida por Él: «cuando seas viejo, extenderás las manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Jn 21,18). Cristo aludía a la muerte con que Pedro iba a dar gloria a Dios (Jn 21,19).
El amor de Pedro por Cristo ya no se extiende sólo a su persona divina; alcanza ya todo aquello que es de Cristo y a todos aquellos por los que Cristo ha entregado su sangre y su vida. El compromiso de Pedro con Cristo abarca ahora a su pueblo y a su rebaño: «Apacienta mis corderos»; «pastorea mis ovejas», «apacienta mis ovejas» (Jn 21,15,16,17). El seguidor de Cristo ha optado radicalmente por Cristo y por los seguidores de su Reino. Entonces se convierte en un servidor convencido y entregado a los intereses de Jesús.
María, la Madre de Jesús, encarna el modelo de una vida totalmente orientada y consagrada a Cristo. Desde el primer momento de su ser y pasando por la Encarnación de su Hijo y por su pasión, ella es toda de Jesús… y de los que forman o están llamados a formar parte del Cuerpo místico de su Hijo. Ella vive para Jesús y para los suyos desde siempre y para siempre.
Enséñanos, María, a consagrarnos a Cristo, a ser sólo suyos en el servicio pleno a Él y a los intereses de su Reino, imitándote a ti, la esclava de nuestro Dios y Señor.
«Hijos míos: congregaos en torno a mí en nuevos cenáculos de oración para consagraros a Cristo y recibir la plenitud del Espíritu Santo. Entregad a Jesús vuestras vidas y Él os dará su Espíritu de santidad. Yo me entregué totalmente a mi Hijo y las promesas de Dios se cumplieron en mí. Amad a Jesús y recibiréis el don de su Espíritu Santo».
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo B – Ceferino Santos S.J.