Viernes de la 33ª Semana
CASAS DE ORACIÓN
Casas de oración (Lc 19,46) no lo son únicamente los templos edificados por los hombres para dar culto a Dios. Casa de oración tenía que ser el Templo de Jerusalén, que en el mes del Casléu (noviembre-diciembre) dedicó y purificó Judas Macabeo (1 M 4,52) para ofrecer sacrificios de comunión, adoración y de alabanza (1 M 4,56). En el mismo Templo restaurado entró Jesús un día y se puso a echar a los vendedores, porque el Templo tenía que ser «casa de oración y no cueva de bandidos» (Lc 19,45-46).
Casa de oración podemos ser también cada uno de nosotros, con tal de que Cristo habite con su Espíritu en nuestro interior y no intentemos retirarlo del centro de nuestras vidas, como pretendieron los judíos (Lc 19,47). Cuando Cristo mora en nosotros, tenemos que estar pendientes de su palabra y de sus labios (Lc 19,48) para que sus mensajes sean escuchados, meditados, gustados y asimilados en el templo de nuestro espíritu.
Cuando en nuestra casa interior de plegaria haya demasiado ruido y distracciones, tal vez, tengamos que refugiarnos para orar en la Casa de oración de la Santa Humanidad de Cristo, desde el templo de su divinidad y desde dentro de su Corazón, para unirnos a su oración incesante por nosotros desde cada Eucaristía y desde el trono de su gloria.
Casa maravillosa y pura de oración ardiente y templo excelso del Espíritu Santo siempre lo fue y lo es Santa María Madre de Dios, tabernáculo del Altísimo y casa de oración continua por sus hijos los hombres. Con María queremos meditar y orar; con María intercedemos por el mundo y nos quedamos en el sagrario de su Corazón misericordioso hasta que nuestras almas encuentren salvación, paz y descanso. Con María Santísima como maestra de oración aprenderemos a orar y a ser templos vivos de Dios.
Señor Jesús: enséñanos a orar Contigo y con tu Madre en tu escuela de oración. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.