Viernes de la 20ª Semana
¡VEN, ESPÍRITU!
No hay conocimiento verdadero de Dios, sino va acompañado del amor a Él. Dios mismo es amor, y el Amor que conoce y ama a Dios es su mismo Espíritu de amor. Es el amor personal del Padre y del Hijo, que ha sido derramado en nuestros corazones (Rm 5,5). Y sin Él no podemos amar a Dios.
«Ven, Espíritu Santo, y sopla sobre nuestras cenizas, que se apagan, para que reavives en nosotros el fuego del amor divino y verdadero». Sólo, ayudados por el Espíritu Santo, podemos amar a Dios «con todo el corazón, con toda el alma y con todo nuestro ser» (Mt 22,37).
Sin el Espíritu de Dios tampoco acertamos a amar al prójimo con santidad con limpieza, con desprendimiento, con sacrificio y perdón: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). El Antiguo Testamento nos ofreció ya muestras de amor sacrificado.
Rut, la moabita, aprendió a amar comprometidamente al Dios de Israel, a sus prójimos y a su anterior suegra, Noemí, acompañándola de vuelta a su tierra y sirviéndola: «Donde tú vivas yo viviré; tu pueblo es el mío y tu Dios es mi Dios» (Rt 1,16). El Espíritu de Dios guiaba a Rut en sus decisiones.
Señor y Padre nuestro: concédenos vivir y perseverar en el amor a Ti y al prójimo, hasta el sacrificio personal de los propios intereses. Danos, Padre, tu Espíritu para aprender a amar y para acertar a elegir lo que Te agrada. Amén.
«El Pan de la Palabra dánosle hoy» Ciclo A – Ceferino Santos S.J.